Skip to main content

Full text of "José"

See other formats


E 



JOSÉ 



i 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



CRÍTICA 

PESETAS 

Los Oradores del Ateneo, un tomo 2 

Los Novelistas Españoles, un tomo 2 

Nüevo Viaje al Parnaso, un tomo 2 

La Literatura en 1881 (en colaboración), un tomo. 2 

NOVELAS 

El Señorito Octavio, un tomo 3 

Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo 4 

El Idilio de un Enfermo, un tomo 4 

Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo 3 



US 



JOSÉ 



( NOVELA COSTUMBB.ES TvIArtÍTIJVIA.S ) 



ARMANDO PALACIO VALDES 



-O 



MADRID 

IMPRENTA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ 
Libertad, 16 duplicado 
1885 



ES PROPIEDAD 



JOSÉ 



i algún día venís á la provincia de 
Asturias, no os vayáis sin echar una 
ojeada á Rodillero. Es el pueblo más 
singular y extraño de ella, ya que 
no el más hermoso. Y todavía en punto á be- 
lleza considero que se las puede haber con 
cualquier otro, aunque no sea ésta la opinión 
general. La mayoría de las personas, cuando 
hablan de Rodillero, sonríen con lástima, lo 
mismo que cuando se mienta en la conver- 
sación á un cojo ó corcovado ó á otro mortal 
señalado de modo ridículo por la mano de 
Dios. Es una injusticia. Confieso que Rodi- 




6 



ARMANDO PALACIO VALDES 



llero no es gentil, pero es sublime, lo cual 
importa más. 

Figuraos que camináis por una alta meseta 
de la costa, pintoresca y amena como el res- 
to del país: desparramados por ella vais en- 
contrando blancos caseríos, medio ocultos 
entre el follaje de los árboles, y quintas, de 
cuyas huertas cuelgan en piños sobre el ca- 
mino las manzanas amarillas sonrosadas: un 
arroyo cristalino serpea por el medio, espar- 
ciendo amenidad y frescura; delante tenéis la 
gran mancha azul del océano; detrás las ci- 
mas lejanas de algunas montañas que forman 
oscuro y abrupto cordón en torno de la 
campiña, que es dilatada y llana. Cerca ya de 
la mar, comenzáis á descender rápidamente, 
siguiendo el arroyo, hacia un barranco negro 
y adusto: en el fondo está Rodillero. Pero 
este barranco se halla cortado en forma de 
hoz, y ofrece no pocos tramos y revueltas 
antes de desembocar en el océano. Las ca 
suchas que componen el pueblo están encla- 
vadas por entrambos lados en la misma 
peña, pues las altas murallas que lo cierran 
no dan espacio más que para el arroyo y 
una estrecha calle que lo ciñe: calle y arro- 
yo van haciendo eses, de suerte que algunas 



JOSÉ 



7 



veces os encontraréis con la montaña por de- 
lante, escucharéis los rumores de la mar de- 
trás de ella y no sabréis por dónde seguir 
para verla: el mismo arroyo os lo irá dicien- 
do. Salváis aquel tramo, pasáis por delante 
de otro montón de casas colocadas las unas 
encima de las otras en forma de escalinata, 
y de nuevo dais con la peña cerrándoos el 
paso. Los ruidos del océano se tornan más 
fuertes, la calle se va ensanchando: aquí tro- 
pezáis con una lancha que están carenando, 
más allá con algunas redes tendidas en el 
suelo; percibiréis el olor nauseabundo de los 
residuos podridos del pescado ; el arroyo co- 
rre más sucio y sosegado, y flotan sobre él 
algunos botes: por fin, al revolver de una 
peña os halláis frente al mar. El mar penetra, 
al subir, por la oscura garganta engrosando 
el arroyo. La playa que deja descubierta al 
bajar no es de arena, sino de guijo. No hay 
muelle ni artefacto alguno para abrigar las 
embarcaciones: los marineros cuando tornan 
de la pesca se ven precisados á subir sus 
lanchas á la rastra hasta ponerlas á seguro. 

Rodillero es un pueblo de pescadores. Las 
casas, por lo común, son pequeñas y pobres 
y no tienen vistas más que por delante; por 



8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



detrás se las quita la peña á donde están 
adosadas. Hay algunas menos malas, que 
pertenecen á las pocas personas de lustre 
que habitan en el lugar, enriquecidas la ma- 
yor parte en el comercio del escabeche; 
suelen tener detrás un huerto labrado sobre 
la misma montaña, cuyo ingreso está en el 
piso segundo. Hay, además, tres ó cuatro 
caserones solariegos, deshabitados, medio de 
rruídos; se conoce que los hidalgos que los 
habitaban han huido hace tiempo de la som- 
bría y monótona existencia de aquel pueblo 
singular. Cuando lo hayáis visitado , les da- 
réis la razón. Vivir en el fondo de aquel ba- 
rranco oscuro donde los ruidos de la mar y 
del viento zumban como en un caracol, debe 
de ser bien triste. 

En Rodillero, no obstante, nadie se abu- 
rre; no hay tiempo para ello. La lucha ruda, 
incesante, que aquel puñado de seres necesi- 
ta sostener con el océano para poder alimen- 
tarse, de tal modo absorbe su atención, que 
no se echa menos ninguno de los goces que 
proporcionan las grandes ciudades. Los 
hombres salen á la mar por la mañana ó á 
media noche, según la estación, y regresan 
á la tarde: las mujeres se ocupan en llevar el 



JOSÉ 



9 



pescado á las villas inmediatas, ó en freirlo 
para escabeche en las fábricas, en tejer y re- 
mendar las redes, coser las velas y en los 
demás quehaceres domésticos. Adviértese 
entre los dos sexos extraordinarias diferen- 
cias en el carácter y en el ingenio. Los hom- 
bres son comúnmente graves, taciturnos, su- 
fridos, de escaso entendimiento y noble co- 
razón! En la escuela se observa que los 
niños son despiertos de espíritu y tienen la 
inteligencia lúcida; pero según avanzan en 
años, se va apagando ésta poco á poco, sin 
poder atribuirlo á otra causa que á la vida 
exclusivamente material que observan, ape- 
nas comienzan á ganarse el pan: desde la 
mar á la taberna, desde la taberna á casa, 
desde casa otra vez á la mar, y así un día y 
otro día, hasta que se mueren ó inutilizan. 
Hay, no obstante, en el fondo de su alma una 
chispa de espiritualismo que no se apaga 
jamás, porque la mantiene viva la religión. 
Los habitantes de Rodillero son profunda- 
mente religiosos; el peligro constante en que 
viven les mueve á poner el pensamiento y 
la esperanza en Dios. El pescador todos los 
días se despide para el mar, que es lo desco- 
nocido; todos los días se va á perder en ese 



IO 



ARMANDO PALACIO VALDES 



infinito azul de agua y de aire sin saber si 
volverá. Y algunas veces, en efecto, no vuel- 
ve: no se pasan nunca muchos años sin que 
Rodillero pague su tributo de carne al océa- 
no: en ocasiones el tributo es terrible: en 
el invierno de 1852 perecieron 80 hombres 
que representaban una tercera parte de la 
población útil. Poco á poco esta existencia 
va labrando su espíritu, despegándoles de 
los intereses materiales, haciéndoles genero- 
sos, serenos, y con .la familia tiernos: no 
abundan entre los marinos los avaros, los in- 
trigantes y tramposos, como entre los cam- 
pesinos. 

La mujer es muy distinta: tiene las cua- 
lidades de que carece 'su esposo, pero tam- 
bién los defectos. Es inteligente, de genio 
vivo y emprendedor, astuta y habilidosa, 
por lo cual lleva casi siempre la dirección 
de la familia: en cambio suele ser codiciosa, 
deslenguada y pendenciera. Esto en cuanto 
á lo moral. Por lo que toca á lo corporal, 
no hay más que rendirse y confesar que no 
hay en Asturias y por ventura en España 
quien sostenga comparación con ellas. Al- 
tas, esbeltas, de carnes macizas y sonrosa- 
das, cabellos negros abundosos, ojos negros 



JOSÉ 



I I 



también y rasgados, que miran con severi- 
dad como los de las diosas griegas; ia nariz, 
recta ó levemente aguileña, unida á la frente 
por una línea delicada, termina con venta- 
nas un poco dilatadas y de movilidad extra- 
ordinaria, indicando bien su natural impe- 
tuoso y apasionado- la boca fresca, de un 
rojo vivo que contrasta primorosamente con 
la blancura de los dientes; caminan con ma- 
jestad, como las romanas; hablan velozmente 
y con acento musical, que las hace recono- 
cer en seguida donde quiera que van; sonríen 
poco, y eso con cierto desdén olímpico. No 
creo que en ningún otro rincón de España 
se pueda presentar un ramillete de mujeres 
tan exquisito. 

En este rincón, como en todos los demás 
de la tierra, se representan comedias y dra- 
mas, no tan complicados como en las ciuda- 
des, porque son más simples las costum- 
bres, pero quizá no menos interesantes. Uno 
de ellos se me ofrece que contar: es la his- 
toria sencilla de un pobre marinero. Escu- 
chadla los que amáis la humilde verdad, que 
á vosotros la dedico. 



I 



KAN las dos de la tarde. El sol res- 
plandecía vivo, centelleante, sobre 
el mar. La brisa apenas tenía fuer- 
za para hinchar las velas de las 
lanchas pescadoras que surcaban el océano 
á la ventura. Los picos salientes de la costa 
y las montañas de tierra adentro se veían á 
lo lejos envueltas en un finísimo cendal azu- 
lado. Los pueblecillos costaneros brillaban 
como puntos blancos en el fondo de las en- 
senadas. Reinaba silencio, el silencio solem- 
ne, infinito, de la mar en calma. La mayor 
parte de los pescadores dormían ó dormita- 
ban en varias y caprichosas actitudes; quié- 




14 



ARMANDO PALACIO VALDES 



nes de bruces sobre el carel , quiénes res- 
paldados, quiénes tendidos boca arriba so- 
bre los paneles ó tablas del fondo. Todos 
conservaban en la mano derecha los hilos 
de los aparejos, que cortaban el agua por 
detrás de la lancha en líneas paralelas: la 
costumbre les hacía no soltarlos ni en el sue- 
ño más profundo. Marchaban treinta ó cua- 
renta embarcaciones á la vista unas de otras, 
formando á modo de escuadrilla, y resbala- 
ban tan despacio por la tersa y luciente su- 
perficie del agua, que á ratos parecían in- 
móviles. La lona tocaba á menudo en los 
palos, produciendo un ruido sordo que con- 
vidaba al sueño. El calor era sofocante y 
pegajoso, como pocas veces acontece en 
el mar. 

El patrón de una de las lanchas abando- 
nó la caña del timón por un instante, sacó 
el pañuelo y se limpió el sudor de la fren- 
te; después volvió á empuñar la caña, y pa- 
seó una mirada escrutadora por el horizon- 
te, fijándose en una lancha que se había 
alejado bastante; presto volvió á su actitud 
descuidada, contemplando con ojos distraí- 
dos á sus dormidos compañeros. Era joven, 
rubio, de ojos azules ; las facciones, aunque 



i5 



labradas y requemadas por la intemperie, 
no dejaban de ser graciosas; la barba, cerra- 
da y abundante; el traje, semejante al de 
todos los marineros , calzones y chaqueta de 
algodón azul y boina blanca; algo más fino, 
no obstante, y mejor arreglado. 

Uno de los marineros levantó al cabo la 
frente del carel, y restregándose los ojos, ar- 
ticuló oscuramente y con mal humor: 

— ¡El diablo me lleve si no vamos á estar 
encalmados todo el día! 

— No lo creas — repuso el patrón escru- 
tando de nuevo el horizonte, — antes de una 
hora ventará fresco del Oeste; el semblante 
viene de allá: Tomás ya amuró para ir al 
encuentro. 

— ¿Dónde está Tomás? — preguntó el ma- 
rinero, mirando al mar con la mano puesta 
sobre los ojos á guisa de pantalla. 

— Ya no se le ve. 

— ¿Pescó algo? 

— No me parece...; pero pescará... y todos 
pescaremos. Hoy no nos vamos sin bonito 
á casa. 

— Allá veremos — gruñó el marinero echán- 
dose nuevamente de bruces para dormir. 
El patrón tornó á ser el único hombre 



i6 



ARMANDO PALACIO VALDES 



despierto en la embarcación. Cansado de 
mirar el semblante, el mar y las lanchas, 
puso los ojos en un marinero viejo que dor- 
mía boca arriba debajo de los bancos, con 
tal expresión de ferocidad en el rostro, que 
daba miedo. Mas el patrón, en vez de mos- 
trarlo, sonrió con placer. 

— Oye, Bernardo — dijo tocando en el hom- 
bro al marinero con quien acababa de hablar; 
— mira qué cara tan fea pone el Corsario 
para dormir. 

El marinero levantó otra vez la cabeza y 
sonrió también con expresión de burla. 

— Aguarda un poco, José, vamos á darle 
un chasco... Dame acá esa piedra... 

El patrón, comprendiendo en seguida, tomó 
un gran pedrusco que servía de lastre en la 
popa y se lo llevó en silencio á su com- 
pañero. Este fué sacando del agua con mucha 
pausa y cuidado el aparejo del Corsario, y 
cuando hubo topado con el anzuelo, le 
amarró con fuerza el pedrusco y lo dejó caer 
muy delicadamente en el agua: y con toda 
presteza se echó de nuevo sobre el carel en 
actitud de dormir. 

— ¡ Ay, María! — gritó despavorido el ma- 
rinero al sentir la fuerte sacudida del aparejo: 



JOSÉ 



17 



la prisa de levantarse le hizo dar un testerazo 
contra el banco; pero no se quejó. 

Los compañeros todos despertaron y se 
inclinaron de la banda de babor, por donde 
el Corsario comenzaba á tirar ufano de su 
aparejo. Bernardo también levantó la cabeza, 
exclamando con mal humor: 

— ¡Ya pescó el Corsario! ¡Se necesita que 
no haya un pez en la mar para que este re- 
condenado no lo aferré! 

Al decir esto guiñó el ojo á un marinero, 
que á su vez dió un codazo á otro, y éste á 
otro; de suerte que en un instante casi todos 
se pusieron al tanto de la broma. 

— ¿Es grande, Corsario? — dijo otra vez 
Bernardo. 

— ¿Grande?... Ven aquí á tener; verás 
cómo tira. 

El marinero tomó la cuerda que el otro 
le tendía, y haciendo grandes muecas de 
asombro frente á sus compañeros, exclamó 
en tono solemne: 

— ¡Así Dios me mate, si no pesa treinta 
libras! Será el mejor animal de la costera. 

Mientras tanto el Corsario, trémulo, son- 
riente, rebosando de orgullo, tiraba vigorosa- 
mente, pero con delicadeza, del aparejo, cui- 



i8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dando de arriar de vez en cuando para que 
no se le escapara la presa. Los rostros de 
los pescadores se inclinaban sobre el agua, 
conteniendo á duras penas la risa. 

— ¿Pero qué imán ó qué mil diablos traerá 
consigo este ladrón, que hasta dormido aferra 
los peces? — seguía exclamando Bernardo 
con muecas cada vez más grotescas. 

El Corsario notó que el bonito, contra 
su costumbre, tiraba siempre en dirección al 
fondo; pero no hizo caso, y siguió trayendo 
el aparejo, hasta que se vio claramente la 
piedra al través del agua. 

¡Allí fué Troya! Los pescadores soltaron 
todos á la vez el hilo de la risa, que harto lo 
necesitaban, prorrumpieron en gritos de ale- 
gría, se apretaban los ijares con los puños y 
se retorcían sobre los bancos sin poder so- 
segar el flujo de las carcajadas. 

— ¡Adentro con él, Corsario, que ya está 
cerca! 

— No es bonito, pero es un pez muy esti- 
mado por lo tierno y sabroso. 

— Sobre todo con aceite y vinagre y un 
si es no es de pimentón. 

— Apostad á que no pesa treinta libras 
como yo decía. 



JOSÉ 



19 



El Corsario, mohíno, fruncido y de malísi- 
mo talante, metió á bordo el pedrusco, lo 
desamarró y soltó de nuevo el aparejo al 
agua: después echó una terrible mirada á sus 
compañeros y murmuró. 

— ¡Cochinos , si os hubiérais visto en los 
apuros que yo, no tendríais gana de bro- 
mas! 

Y se tendió de nuevo, gruñendo feos 
juramentos. La risa de los compañeros no 
se calmó por eso; prosiguió viva un buen 
rato, reanimada, cuando estaba á punto de 
fenecer, por algún chistoso comentario. Al 
fin se calmó, no obstante, ó más bien, se fué 
trasformando en alegre plática, y ésta á la 
postre en letargo y sueño. 

Empezaba á refrescar la brisa: al ruido de 
la lona en los palos sucedió el susurro del 
agua en la quilla. 

El patrón, con la cabeza levantada, sin 
perder de vista las lanchas, aspiraba con de- 
licia este viento precursor del pescado: echó 
una mirada á los aparejos para cerciorarse 
de que no iban enredados, orzó un poco 
para ganar el viento, atesó cuanto pudo la 
escota y se dejó ir. La embarcación respondió 
á estas maniobras ladeándose para tomar 



2 O 



ARMANDO PALACIO VALDES 



vuelo. Los ojos de lince del timonel obser- 
varon que una lancha acababa de aferrar. 

— Ya estamos sobre el bonito — dijo en 
voz alta; pero nadie despertó. 

Al cabo de un momento, el marinero más 
próximo á la proa gritó reciamente: 

— ¡Ay, María! 

El patrón largó la escota para suspender 
la marcha. El marinero se detuvo antes de 
tirar, asaltado por el recuerdo de la broma 
anterior, y echando una mirada recelosa á 
sus compañeros, preguntó: 

— ;Es una piedra también? 

— ¡Tira, animal! — gritó José temiendo que 
el pescado se fuese. 

El bonito había arrastrado ya casi todo 
el aparejo. El marinero comenzó á tirar con 
fuerza. A las pocas brazas de hilo que me- 
tió dentro, lo arrió de nuevo, porque el pez 
lo mantenía harto vibrante, y no era difícil 
que lo quebrase; volvió á tirar y volvió á 
arriar; y de esta suérte, tirando y arriando, 
consiguió pronto que se distinguiese allá en 
el fondo un bulto oscuro que se revolvía 
furioso despidiendo destellos de plata: y 
cuanto más se le acercaba al haz del agua, 
mayores eran y más rabiosos sus esfuerzos 



JOSÉ 



2 I 



por dar la vuelta y escapar; y unas veces, 
cuando el pescador arriaba el cabo, parecía 
conseguirlo, remedando en cierto modo al 
hombre que, huyendo, se juzga libre de su 
fatal destino; y otras, rendido y exánime, 
se dejaba arrastrar dócilmente hacia la muer- 
te. Al sacarlo de su nativo elemento y meter- 
lo á bordo, con sus saltos y cabriolas sal- 
picó de agua á toda la tripulación. Después, 
cuando le arrancaron el anzuelo de la bo- 
ca, quedó inmóvil un instante, como si hi- 
ciese la mortecina; mas de pronto comenzó 
á sacudirse debajo de los bancos con tan- 
to estrépito y furor, que en poco estuvo 
no saltase otra vez al agua. Pero ya na- 
die hacía caso de él; otros dos bonitos se ha- 
bían aferrado casi al mismo tiempo, y los 
pescadores se ocupaban en meterlos dentro. 

La pesca fué abundante. En obra de tres ó 
cuatro horas, entraron á bordo ciento y dos 
bonitos. 

— ¿Cuántos? — preguntaron desde una lan- 
cha que pasaba cerca. 

— Ciento dos. ¿Y vosotros? 
— Sesenta. 

— ¡No os lo dije yo! — exclamó Bernardo 
dirigiéndose á sus compañeros. — Ya veréis 



22 



ARMANDO PALACIO VALDES 



como no llega á ochenta la que más lleve á 
casa. Cuando un hombre se quiere casar, 
aguza las uñas que asombra... 

Todos los rostros se entornaron sonrien- 
tes hacia el patrón, en cuyos labios también 
se dibujó una sonrisa, que hizo más bonda- 
dosa aún la expresión de su rostro. 

— ¿Cuándo te casas, José? — preguntó uno 
de los marineros. 

— Tomás y Manuel ya amuraron para tie- 
rra — dijo él sin contestar. — Suelta esa driza, 
Ramón; vamos á cambiar. 

Después que se hubo efectuado la manio- 
bra, dijo Bernardo: 

— ¿Preguntábais cuándo se casa José?... 
Pues bien claro está... En cuanto se bote al 
agua la lancha. 

— ¿Cuándo le dan brea? 

— Muy pronto: el calafate me dijo que 
antes de quince días quedaría lista — repuso 
Bernardo. 

— Habrá tocino y jamón aquel día; ¿eh, 

José? 

— Y vino de Rueda superior — dijo otro. 
— Y cigarros de la Habana — apuntó un 
tercero. 

— Yo se lo perdonaba todo— dijo Bernar- 



JOSÉ 



23 



do — con tal que el día de la boda nos lle- 
vase á ver la comedia á Sarrio. 

— Es imposible; ¿no reparas que aquella 
noche José no puede acostarse tarde? 

— Bien; pues entonces que nos dé los cuar- 
tos para ir, y que él se quede en casa. 

El patrón lo escuchaba todo sin decir pala- 
bra, con la misma sonrisa benévola en los 
labios. 

— ¡Qué mejor comedia — exclamó uno — 
que dormir con la hija de la maestra! 

— ¡Bah, bah! ten cuidado con lo que ha- 
blas — dijo José entre risueño y enfadado. 

Los compañeros celebraron la grosería co- 
mo el chiste más delicado, y siguió la broma 
y cantaleta, mientras el viento, que comen- 
zaba á sosegarse, los empujaba suavemente 
hacia tierra. 



II 





OMENZABA el crepúsculo cuando 
las barcas entraron en la ensenada 
de Rodillero. Una muchedumbre 
formada casi toda de mujeres y ni- 
ños, aguardaba en la ribera, gritando, riendo, 
disputando; los viejos se mantenían algo más 
lejos sentados tranquilamente sobre el carel 
de alguna lancha que dormía sobre el guijo 
esperando la carena, mientras la gente prin- 
cipal ó de media levita contemplaba la en- 
trada de los barcos desde los bancos de pie- 
dra que tenían delante las casas más vecinas 
á la playa. Antes de llegar, con mucho, ya 
sabía la gente de la ribera, por la experien- 




26 



ARMANDO PALACIO VALDES 



cía de toda la vida, que traían bonito. Y 
como sucedía siempre en tales casos, esta 
noticia se reflejaba en los semblantes en for- 
ma de sonrisa. Las mujeres preparaban los 
cestos á recibir la pesca, y se remangaban 
los brazos con cierta satisfacción voluptuo- 
sa; los chicos escalaban los peñascos más 
próximos á fin de averiguar prontamente lo 
que guardaba el fondo de las lanchas. Estas 
se acercaban lentamente: los pescadores, gra- 
ves, silenciosos, dejaban caer perezosamente 
los remos sobre el agua. 

Una tras otra fueron embarrancando en el 
guijo de la ribera; los marineros se salían 
de ellas dando un gran salto para no mojar- 
se; al gunos se quedaban á bordo para des- 
cargar el pescado, que iban arrojando pieza 
tras pieza á la playa. Recogíanlas las muje- 
res, y con increíble presteza las despojaban 
de la cabeza y la tripa, las amontonaban des - 
pués en los cestos, y remangándose las ena- 
guas, se entraban algunos pasos por el agua 
á lavarlas. En poco tiempo, una buena parte 
de ésta, y el suelo de la ribera, quedaron te- 
ñidos de sangre. 

En cuanto saltaron á tierra, los patro- 
nes formaron un grupo y señalaron el pre- 



JOSÉ 



2 7 



ció del pescado. Los dueños de las bode- 
gas de escabeche y las mujer ucas que co- 
merciaban con lo fresco esperaban recelo- 
sas á cierta distancia el resultado de la plá- 
tica. 

Una mujer vestida con más decencia que 
las otras, vieja, de rostro enjuto, nariz afi- 
lada y ojos negros y hundidos, se acercó á 
José cuando éste se apartó del grupo, y le 
preguntó con ansiedad: 

— ¿A cómo? 

— A real y medio. 

— ¡A real y medio! — exclamó con acen 
to colérico. — <iY Cuándo pensáis bajarlo? 
¿Pensáis que lo vamos á pagar lo mismo 
cuando haya mucho que cuando haya poco? 

— A mí no me cuente nada, señá Isabel — 
repuso avergonzado José. — Yo no he dicho 
esta boca es mía. Allá ellos lo arreglaron. 

— Pero tú has debido advertirles — replicó 
la vieja con el mismo tono irritado — que no 
es justo; que nos estamos arruinando mise- 
rablemente; y en fin, que no podemos se- 
guir así... 

— Vamos, no se enfade, señora... yo haré 
lo que pueda por que mañana se baje. Ade- 
más, ya sabe... 



28 



ARMANDO PALACIO VALDES 



-¿Qué? 

— Que los dos quiñones de la lancha y 
el mío los puede pagar como quiera. 

— No te lo he dicho por eso — manifestó 
la señá Isabel endulzándose repentinamen- 
te; — pero tú bien te haces cargo de que 
perdemos el dinero; que el maragato siguien- 
do así nos devolverá los barriles... Mira, allí 
tienes á Elisa pesando; ve allá, que más ga- 
na tendrás de dar la lengua con ella que 
conmigo. 

José sonrió, y diciendo adiós, se alejó, 
unos cuantos pasos. 

—-Oyes, José — le gritó la señá Isabel en- 
viándole una sonrisa zalamera. — ¿Conque al 
fin, á cómo me dejas eso? 

— A como V. quiera: ya se lo he dicho. 

— No, no; tú lo has de decidir. 

— ¿Le parece mucho á diez cuartos? — 
preguntó tímidamente. 

— Bastante — respondió la vieja sin dejar 
la sonrisa aduladora. — -Vamos, para no an- 
dar en más cuestiones, será á real, ¿te pa 
rece? 

José se encogió de hombros en señal de 
resignarse, y encaminó los pasos hacia una 
de las varias bodegas que, con el pomposo 



JOSÉ 



2 9 



nombre de fábricas, rodeaban la playa. A la 
puerta estaba una hermosa joven, alta, fres- 
ca, sonrosada, como la mayor parte de sus 
convecinas, aunque de facciones más finas 
y concertadas que el común de ellas. Vestía 
asimismo de modo semejante, pero con más 
aliño y cuidado; el pañuelo, atado á la espal- 
da, no era de percal, sino de lana; los zapa- 
tos de becerro fino, las medias blancas y pu- 
lidas; tenía los brazos desnudos, y, cierto, 
eran de lo más primoroso y acabado en su or- 
den. Estaba embebecida y atenta á la opera- 
ción de pesar el bonito que en su presencia 
ejecutaban tres ó cuatro mujeres ayudadas 
de un marinero: á veces ella misma toma- 
ba parte sosteniendo el pescado entre las 
manos. 

Cuando sintió los pasos de José, levantó 
la cabeza, y sus grandes ojos rasgados y ne- 
gros sonrieron con dulzura. 

— Hola José; ¿ya has despachado? 

— Nos falta arrastrar los barcos. ¿Traje- 
ron todo el pescado? 

— Sí, aquí está ya. Dime — continuó, acer- 
cándose á José, — ¿á cómo lo habéis puesto? 

— A real y medio; pero á tu madre se lo 
he puesto á real. 



3o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



El rostro de Elisa se enrojeció súbita- 
mente. 

— ¿Te lo ha pedido ella? 
—No. 

— Sí, sí; no me lo niegues; la conozco 
bien... 

— Vaya, no te pongas seria... Se lo he 
ofrecido yo á ese precio, porque comprendo 
que no puede ganar de otro modo... 

— Sí gana, José, sí gana — dijo con acen- 
to triste la joven. — Lo que hay es que quie- 
re ganar más... El dinero es todo para ella. 

— Bah, no me arruinaré por eso. 

— ¡Pobre José! — exclamó ella después de 
una pausa, poniéndole cariñosamente una 
mano sobre el hombro; — ¡qué bueno eresl.... 
Por fortuna, pronto se concluirán estas mise- 
rias que me avergüenzan. ¿Cuándo piensas 
botar la lancha? 

—Veremos si puede ser el día de San 
Juan. 

— Entonces, ¿por qué no hablas ya con 
mi madre? El plazo que ha señalado ha sido 
ese: bueno fuera írselo recordando. 

—¿Te parece que debo hacerlo? 

— Claro está; el tiempo se pasa, y ella no 
se da por entendida. 



JOSÉ 



31 



— Pues la hablaré en seguida; así que 
arrastremos la lancha... si es que me atrevo 
— añadió un poco confuso. 

— El que no se atreve, José, no pasa la 
mar — contestó la joven sonriendo. 

— ¿Hablaré á tu padrastro también? 

— Lo mismo da; de todos modos, ha de 
ser lo que ella quiera. 

— Hasta luego, entonces. 

— Hasta luego; procura abreviar, para 
que no nos cojas cenando. 

José se encaminó de nuevo á la ribera, 
donde ya los marineros comenzaban á poner 
la lancha en seco, con no poca pena y es- 
fuerzo. El crepúsculo terminaba, y daba co- 
mienzo la noche. Las mujeres y los chicos 
ayudaban á sus maridos y padres en aquella 
fatigosa tarea de todos los días. Oíanse los 
gritos sostenidos de los que empujaban, para 
hacer simultáneo el esfuerzo; y entre las som- 
bras, que comenzaban á espesarse, veíanse 
sus siluetas formando apretado grupo en 
torno de las embarcaciones: éstas subían 
con marcha interrumpida por la playa arri- 
ba haciendo crugir el guijo. Cuando las ale- 
jaron bastante del agua para tenerlas á sal- 
vo, fueron recogiendo los enseres de la pes- 



32 ARMANDO PALACIO VALDES 



ca que habían dejado esparcidos por la ribera, 
y echando una última mirada al mar, inmó- 
vil y oscuro, dejaron aquel sitio y se entra- 
ron poco á poco en el lugar. 

José también enderezó los pasos hacia él 
cuando hubo dado las órdenes necesarias 
para el día siguiente. Siguió rápidamente la 
única calle, bastante clara á la sazón por el 
gran número de tabernas que estaban abier- 
tas: de todas salía formidable rumor de vo- 
ces y juramentos. Y sin hacer caso de los 
amigos que le llamaban á gritos invitándole 
á beber, llegó hasta muy cerca de la salida 
del pueblo y entró en una tienda cuya cla- 
ridad rompía alegremente la oscuridad de la 
calle. En aquella tendezuela angosta y baja 
de techo como la cámara de un barco, se 
vendía de todo; bacalao, sombreros, cerillas, 
tocino, catecismos y coplas. Ocupaban lugar 
preferente, no obstante, los instrumentos de 
pesca y demás enseres marítimos; tres ó 
cuatro rollos grandes de cable yacían en el 
suelo sirviendo de taburetes; sartas de an- 
zuelos colgaban de un remo atravesado de 
una pared á otra; y algunos botes de alqui- 
trán á medio consumir, esparcían por la 
estancia un olor penetrante que mareaba á 



JOSÉ 



33 



quien no estuviese avezado á sufrirlo. Pero 
la nariz de los tertulianos asiduos de la 
tienda, no se daba por ofendida; quizá no 
advertía siquiera la presencia de tales pe- 
beteros. 

Sentada detrás de la tabla de pino que ser- 
vía de mostrador, estaba la señá Isabel. Su 
esposo, D. Claudio, maestro de primeras le- 
tras (y últimas también, porque no había 
otras) de Rodillero, se mantenía en pie á un 
lado cortando gravemente en pedazos una 
barra de jabón: la luenga levita que usaba, 
adornada á la sazón por un par de mangui- 
tos de percalina sujetos con cintas al brazo, 
y la rara erudición y florido lenguaje de que 
á menudo hacía gala , no eran parte á des- 
viarle de esta ocupación grosera; diez años 
hacía que estaba casado con la viuda del di- 
funto Vega, tendero y fabricante de escabe- 
che, y en todo este tiempo había sabido com- 
partir noblemente, y sin daño, las altas ta- 
reas del magisterio con las menos gloriosas 
del comercio, prestando igual atención, co- 
mo él solía decir, á Minerva y á Mercurio. 
Tenía cincuenta años, poco más ó menos, 
el color tirando á amarillo, la nariz abierta, 
el cabello escaso, los ojos salidos, con expre- 



34 ARMANDO PALACIO VALDES 



sión inmutable de susto ó sorpresa, cual si 
estuviese continuamente en presencia de al- 
guna escena trágica visible sólo para él. Era 
de condición apacible y benigna, menos en 
la escuela, donde atormentaba á los chicos 
sin piedad, no por inclinación de su tempe- 
ramento, sino por virtud de doctrinas arrai- 
gadas en el ánimo profundamente. Las dis- 
ciplinas, la palmeta, los estirones de orejas 
y los coscorrones formaban para D. Claudio 
parte integral del sistema de la ciencia, lo 
mismo que las letras y los números-, todo 
ello estaba comprendido bajo el nombre 
genérico de castigo. D. Claudio pronunciaba 
siempre esta palabra con veneración; eleván- 
dose de golpe á las cimas de la metafísica, 
pensaba que el castigo no era un mal, sino 
uno de los dones más deleitables y sabro- 
sos que el hombre debía á la providencia de 
Dios. En este supuesto, el que castigaba de- 
bía ser considerado como ángel tutelar, á 
semejanza del que restaña una herida. Pro- 
curaba rodear los castigos de aparato, á fin 
de obtener corrección y ejemplaridad; nunca 
los infligía con ímpetu y apresuradamente; 
primero se enteraba bien de la falta cometi- 
da, y después de pesarla en la balanza de la 



JOSÉ 



35 



justicia, sentenciaba al reo y apuntaba la 
condena en un papel; el penado iba á juntar 
se en un rincón de la escuela con otros ga- 
leotes, y allí esperaba con saludables espas- 
mos de terror la hora fatal. Al terminarse 
las lecciones, recorría D. Claudio el boletín 
de castigos, y en vista de él, comenzaba, 
por orden de antigüedad, á ejecutar los su- 
plicios en presencia de toda la escuela. Una 
vez que daba remate á esta tarea , solía apli- 
car algunas palmaditas paternales en los ros- 
tros llorosos de los chicos vapuleados, di- 
ciéndoles cariñosamente: 

— Vaya, hijos míos, á casa ahora, á casa; 
algún día me agradeceréis estos azotes que 
os he dado. 

En el lugar era bien quisto y se le recibía 
en todas partes con la benevolencia no exen- 
ta de desdén con que se mira siempre en 
este mundo á los seres inofensivos. Los ve 
cinos todos sabían que D. Claudio vivía en 
casa aherrojado, que su mujer «le tenía en 
un puño:» no sólo porque su condición hu- 
milde y apocada se prestase á ello, sino tam- 
bién porque en la sociedad conyugal él era 
el pobre y su mujer la rica. La riqueza de la 
señá Isabel, no obstante, era sólo temporal, 



3¿ 



ARMANDO PALACIO VALDES 



porque procedía del difunto Vega; toda de- 
bía recaer á su tiempo en Elisa; mas como 
ella la manejaba y la había de manejar aún 
por mucho tiempo, pues Elisa sólo contaba 
doce años á la muerte de su padre, D. Clau- 
dio pensó hacer una buena boda casándose 
con la viuda: tal era por lo menos la opinión 
unánime del pueblo. Por eso no se compa- 
decían como debieran sus sinsabores domés- 
ticos; antes solían decir las comadres del lu- 
gar en tono sarcásticoi-^No quería mujer 
rica?... Pues ya la tiene. 



III 



UENA marea hoy ¿eh José? 

— A última hora. Bien pensé no 
traer veinte libras á casa. 
— ¿Cuántas pesó el pescado? 
— No lo sé... allá la señá Isabel. 
Esta, que debía de saberlo perfectamente, 
levantó, sin embargo, la vista hacia Eli^a, y 
preguntó: 

— ¿Cuántas, Elisa? 
— Mil ciento cuarenta. 
— Pues estando á real y medio, tú debes 
de levantar hoy muy cerca de veinte duros 
— dijo el primer interlocutor, que era el juez 
de paz de Rodillero en persona. 




33 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Elisa, al oír estas palabras, se encendió 
de rubor otra vez. José bajó la cabeza algo 
confuso y dijo entre dientes: 

— No tanto, no tanto. 

La señá Isabel siguió impasible cosiendo. 

— ¿Cómo no tanto? — saltó D. Claudio 
recalcando fuertemente las sílabas, según te- 
nía por costumbre. — Me parece que aún se 
ha quedado corto el señor juez. Nada más 
fácil que justipreciar exactamente lo que te 
corresponde; es una operación sencillísima 
de aritmética elemental. Espera un poco — 
añadió dirigiéndose á un estante y sacando 
papel y pluma de ave. 

La señá Isabel le clavó una mirada fría 
y aguda que le hubiera anonadado á no en- 
contrarse en aquel instante de espaldas. Sa- 
có del bolsillo un tintero de asta y lo des- 
tornilló con trabajo. 

— Vamos á ver. Problema. Mil ciento cua- 
renta libras de bonito á real y medio la libra, 
¿cuántos reales serán? Debemos multiplicar 
mil ciento cuarenta por uno y medio. Es la 
multiplicación de un entero por un mixto. 
Necesitamos reducir el mixto á quebrado... 
uno por dos es dos. Tenemos dos medios 
mas un medio. Tienen el denominador co- 



JOSÉ 



39 



mún: sumemos los numeradores. Dos y uno 
tres; tres medios. Multipliquemos ahora el 
entero por el quebrado: tres por cero es 
cero; tres por cuatro doce, llevo uno... 

— ¿Quieres dejarnos en paz, querido? — in- 
terrumpió la señá Isabel, conteniendo á du- 
ras penas la cólera. — Estamos cansados de 
que lleves y traigas tantos quebrados y tan- 
tos mixtos para nada. 

— Mujer... ¿quieres que yo cuente por los 
dedos?... La ciencia... 

— ¡Bah, bah, bah!... aquí no estás en la es- 
cuela: hazme el favor de callar. 

D. Claudio hizo una mueca de resigna- 
ción, volvió á atornillar el tintero, lo sepul- 
tó en el fondo de la levita y se puso de nue- 
vo á partir jabón. 

Después de una pausa, el juez municipal 
mitigó el desaire de D. Claudio haciendo una 
apología acabada de la aritmética; para él no 
había más ciencias que las exactas. Pero don 
Claudio, aunque agradecido al socorro, se 
mostró contrario á las afirmaciones de la 
autoridad, y se entabló disputa acerca del 
orden y dignidad de las ciencias. 

El juez municipal de Rodillero era un ca- 
pitán de Infantería, retirado hacía ya bastan- 



4 o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



tes años: vivía ó vegetaba en su pueblo na- 
tal con los escasos emolumentos que el Go- 
bierno le pagaba tarde y de mal modo: una 
hermana, más vieja que él, cuidaba de su casa 
y hacienda: era hombre taciturno, caviloso y 
en grado sumo susceptible; gozaba fama de 
pundonoroso y justificado: se le achacaban 
como defectos la sobrada rigidez de carácter 
y el apego invencible á las propias opi- 
niones. 

A su lado estaba un caballero anciano, de 
nobles y correctas facciones, con grandes bi- 
gotes blancos y perilla prolongada hasta el 
medio del pecho; el cabello largo también y 
desgreñado, los ojos negros y ardientes, la 
mirada altiva y la sonrisa desdeñosa: su figu- 
ra exigua y torcida no era digno pedestal 
para aquella hermosa cabeza; además, la levi- 
ta sucia y raída que gastaba, los pantalones 
de paño burdo y los zapatos claveteados de 
labrador, contribuían mucho á menoscabar 
su prestigio. Llamábase D. Fernando de 
Meira, y pertenecía á una antigua y noble 
familia de Rodillero, totalmente arruinada 
hacía ya muchos años. Los hijos de esta 
familia se habían desparramado por el mun- 
do en busca del necesario sustento: el único 



JOSÉ 



41 



que permanecía pegado al viejo caserón 
solariego como una ostra era D. Fernando, 
al cual su carrera de abogado no le había 
servido jamás para ganarse la vicia, ó por 
falta de aptitudes para ejercerla, ó por el 
profundo desprecio que al noble vástago de 
la casa de Meira le inspiraba toda ocupación 
que no fuese la caza ó la pesca. Vivía en una 
de las habitaciones menos derruidas de su 
casa, la cual se estaba viniendo abajo por 
diferentes sitios no hacía ya poco tiempo: 
servíanle de compañeros en ella los ratones 
que escaramuzaban y batallaban libremente 
por todo su ámbito, las tímidas lagartijas 
que anidaban en las grietas de las paredes, y 
una muchedumbre de murciélagos que vol- 
teaba por las noches con medroso rumor. 
Nadie le conocía renta ó propiedad de don- 
de se sustentase, y pasaba como artículo de 
fe en el pueblo que el anciano caballero veía 
el hambre de cerca en bastantes ocasiones. 

Cuando más joven, salía de caza y acos- 
tumbraba á traer provisión abundante, pues 
era el más diestro cazador de la comarca; al 
faltarle las fuerzas, consagróse enteramente á 
la pesca; los días en que la mar estaba bella 
salía el Sr. de Meira en su bote al calamar, 



4^ 



ARMANDO PALACIO VALDES 



al chicharro, á la robaliza ó á los muiles, se- 
gún la estación y las circunstancias del agua: 
en este arte dio señales de ser tan avisado 
como en la caza; del pescado que le sobraba 
solía regalar á los particulares de Rodillero, 
porque D. Fernando se hubiera dejado mo- 
rir de hambre antes que vender un solo pez 
cogido por su mano; pero estos regalos en- 
gendraban en justa correspondencia otros, y 
merced á ellos, el caballero podía atender á 
las más apremiantes necesidades de su coci- 
na, la leña, el aceite, los huevos, etc., y aun 
autorizarse en ocasiones algún exceso: él 
mismo se aderezaba los manjares que comía 
y no con poca inteligencia, al decir de las 
gentes; se hablaba con mucho encomio de 
una caldereta singular que el Sr. de Meira 
guisaba como ningún cocinero. Pero llegó 
un día en que el pueblo supo con sorpresa 
que el caballero había vendido su bote á un 
comerciante de Sarrio: la razón todos la adi- 
vinaron, por más que él la ocultó diciendo 
que lo había enajenado para comprar otro 
mejor. Desde entonces, en vez de salir al 
mar, pescaba desde la orilla con la caña, ó lo 
que es igual, en vez de ir al encuentro de los 
peces los esperaba pacientemente sentado 



JOSÉ 



43 



sobre alguna peña solitaria. Cuando no ve- 
nían, observaban los vecinos que no salía 
humo por la chimenea de la casa de Meira. 

— ¿Madre, no arregla la cuenta á José?... 
es ya hora de cenar — dijo Elisa á la señá 
Isabel. 

— ¿Tienes despierto el apetito? — con- 
testó ésta, dibujándose en sus labios una son- 
risa falsa. — Pues aguárdate, hija mía, que 
necesito concluir lo que tengo entre manos. 

Desde que José había entrado en la tienda, 
Elisa no había dejado de hacerle señas con 
disimulo, animándole á llamar aparte á su 
madre y decirle lo que tenían convenido. El 
marinero se mostraba tímido, vacilante, y 
manifestaba á su novia, también por señas, 
que aguardaba á que los. tertulianos se fue- 
sen. Ella replicaba que éstos no se irían sino 
cuando llegase el momento de cenar. José no 
acababa de decidirse. Finalmente, la joven 
cansada de la indecisión de su novio, se 
arrojó á proponer á su madre lo que acaba 
mos de oír, con el fin de que pasase á la 
trastienda y allí se entablase la conversación 
que apetecía. La respuesta de la señá Isabel 
los dejó tristes y pensativos. 

Habían entrado en la tienda, después de 



44 



ARMANDO PALACIO VALDES 



nuestro José, otros tres ó cuatro marineros, 
entre ellos Bernardo. La conversación roda- 
ba, como casi siempre, sobre intereses; quién 
tenía más, quién tenía menos. Se habló de 
un potentado de la provincia, que acababa 
de adquirir en aquella comarca algunas 
tierras. 

— ¿Es muy rico ese señor conde? — pre- 
guntó un marinero. 

D. Fernando extendió la mano solemne- 
mente^ dijo: 

— Mi primo el conde de la Mata tiene cua- 
tro mil fanegas de renta por su madre en 
Piloña. De su padre le habrá quedado poco: 
el mayorazgo de los Vélaseos nunca fué muy 
grande, y lo ha mermado mucho mi tío. 

— Las doscientas fanegas que ha compra- 
do en Riofontán — dijo el juez — son lo mejor 
del concejo: en veintidós mil duros han sido 
baratas. 

— D. Anacleto estaba necesitado de fon- 
dos; su hijo le ha gastado un capital en 
Madrid, según dicen — apuntó D. Claudio. 

— También á él le salieron baratas cuando 
las compró hace años — manifestó uno de los 
marineros. 

— ¿A quién se las compró — preguntó otro. 



JOSÉ 



45 



D. Fernando extendió de nuevo la mano 
con igual majestad, diciendo: 

— A mi primo el marqués de las Quin- 
tanas... Pero éste no tenía necesidad de di- 
nero: las vendió para trasladar sus rentas á 
Andalucía. 

— ¿También ese señor es su primo? — dijo 
Bernardo levantando la cabeza y haciendo 
una mueca cómica que hizo sonreír á los 
presentes. 

D. Fernando le dirigió una mirada ira- 
cunda. 

— Sí señor, es mi primo... ¿y qué hay con 
eso?... 

— Nada, nada — manifestó Bernardo con 
sorna, — que me pareció demasiada primacía. 

— Pues has de saber — exclamó D. Fer- 
nando con exaltación, — que mi casa es dos 
siglos más antigua que la suya. Cuando los 
Quintanas eran unos petates, unos hidal- 
güelos de mala muerte en Andalucía, ya los 
señores de Meira levantaban pendón en As- 
turias y tenían fundada su colegiata y ar- 
mada la horca en los terrenos que hoy son 
de Pepe Llanos. Un Quintanas vino de allá á 
pedir la mano de una dama de la casa de 
Meira, teniéndolo á mucho honor... En mi 



46 



ARMANDO PALACIO VALDES 



casa había entonces dotes cuantiosas para 
todas las hembras que se casaban... De mi 
casa salieron dotes para la casa de Miranda, 
para la de Peñalta, para la de Santa Cruz, 
para la de Guzmán... 

— Vamos — dijo Bernardo sonriendo, — 
por eso se quedó V. tan pobre. 

Los ojos de D. Fernando centellaron de 
ira al escuchar estas malignas palabras. 

— Oyes tú, cochino, zambombo, ¿te he 
pedido algo á ti? ¿Qué tienes que partir en mi 
riqueza ni en mi pobreza? Has de saber que 
tú y yo no hemos mamado la misma leche, 
grandísimo pendejo... 

— D. Fernando, sosiégúese V. — dijo don 
Claudio. — La cólera es mala consejera. 

— No le haga V. caso, D. Fernando — 
manifestó la señá Isabel. 

— Paz, paz, paz, señores — exclamó el 
juez municipal levantando las manos con 
autoridad . 

Bernardo reía cazurramente, sin dársele 
nada, al parecer, de las injurias que le vomi- 
taba el Sr. de Meira. Estas escenas eran 
frecuentes entre ambos: el festivo marinero 
gustaba de mortificarle y verle encolerizado: 
después, se arrepentía de lo dicho, hacían 



JOSÉ 



47 



las paces, y hasta otra. El anciano caballero 
no podía guardar rencor á nadie; sus cóleras 
eran como la espuma del vino. 

— Madre, ya es hora de cenar — dijo Elisa 
aprovechando el silencio que siguió á la 
reyerta. — José tendrá ganas de irse. 

La señá Isabel no contestó; su ojo avizor 
había descubierto, hacía ya rato largo, que 
D. Fernando trataba de hablar reservada- 
mente con su esposo. En el momento en que 
Elisa volvía á su tema, observó que el Sr. de 
Meira tiraba disimuladamente de la levita á 
D. Claudio, marchándose después hacia la 
puerta como en ademán de investigar el 
tiempo: el maestro le siguió. 

— Claudio — dijo la señá Isabel antes de 
que pudiesen entablar conversación; — al- 
cánzame el paquete de los botones de nácar 
que está empezado. 

D. Claudio volvió sobre sus pasos; arrimóse 
á la estantería, y empinándose cuanto pudo, 
sacó los botones del último estante. En el 
instante de entregarlos, su esposa le dijo 
por lo bajo con acento perentorio. 

— Sube. 

El maestro abrió más sus grandes ojos 
saltones, sin comprender. 



4 8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Que te vayas de aquí — dijo su esposa 
tirándole de una manga con fuerza. 

D. Claudio se apresuró á obedecer sin 
pedir explicaciones; salió por la puerta que 
daba al portal, y subió las escaleras de la 
casa. 

— El señor de la casa de Meira necesita 
cuartos — dijo Bernardo ai oído del marinero 
que tenía cerca. — ¿No has visto qué pronto 
lo ha olido la señá Isabel? ¡Si se descuida 
en echar fuera at maestro!... 

El marinero sonrió mirando al caballero, 
que seguía á la puerta en espera de don 
Claudio. 

— Señores, ¿gustan VV. de cenar? — dijo 
la señá Isabel levantándose de la silla. 

Los tertulianos se levantaron también. 

— José, tú subirás con nosotros, ¿verdad? 

— Como V. quiera. Si mañana le viene 
mejor arreglar eso... 

— Bien; si á ti te parece... 

Elisa no pudo contener un gesto de dis- 
gusto, y dijo precipitadamente: 

— Madre, mañana es mal día; ya lo sabe... 
tenemos que cerrar una porción de barriles... 
y luego la misa, que siempre enreda algo... 

— No te apures tanto, mujer... no te apu- 



JOSÉ 



49 



res... lo arreglaremos hoy todo — contestó 
la señá Isabel clavando en su hija una mirada 
fría y escrutadora que la hizo turbarse. 

Los tertulianos se fueron, dando las bue- 
nas noches. La señá Isabel, después de atran- 
car la puerta, recogió el velón y subió la 
escalera, seguida de Elisa y José. 

La salita donde entraron era pequeña, al 
tenor de la tienda; gracias á los cuidados de 
Elisa, ofrecía grata disposición y apariencia; 
los muebles viejos, pero relucientes; un es- 
pejillo de marco dorado cubierto con gasa 
blanca para preservarlo de las moscas; sobre 
la mesa dos grandes caracoles de mar, y en 
medio de ellos un barquichuelo de cristal 
toscamente labrado. Estos atributos marinos 
suelen adornar las salas de las casas decentes 
de Rodillero. Colgaban de las paredes algu- 
nas malas estampas con marco negro, repre- 
sentando la conquista* de Méjico, dando la 
preferencia á las escenas entre Hernán-Cor- 
tés y D. a Marina; por bajo del espejo había 
algunas fotografías, con marco también, en 
qué figuraba la señá Isabel y el difunto Vega 
poco después de haberse unido en lazo matri- 
monial; media docena de sillas y un sofá con 
funda de hilo, completaban el mobiliario. 

4 



5o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Cuando entraron en la sala, D. Claudio, 
que estaba asomado al corredor, se salió de- 
jándoles el recinto libre. La señá Isabel pasó 
á la alcoba en busca del cuaderno sucio y 
descosido donde llevaba las cuentas todas de 
su comercio; Elisa aprovechó aquel momento 
para decir rápidamente á su novio: 

— No dejes de hablarle. 

Hizo un signo afirmativo José, aunque 
dando á- entender el miedo y la turbación 
que le producía aquel paso. La joven se salió 
también cuando su madre tornó á la sala. 

— El domingo, trescientas siete libras — 
dijo la señá Isabel, colocando el velón sobre 
la mesa y abriendo el cuaderno, — á real y 
cuartillo. El lunes, mil cuarenta, á real; el 
martes, dos mil doscientas, á medio real; el 
miércoles no habéis salido; el jueves, doscien- 
tas treinta y cinco, á dos reales; el viernes 
nada; hoy, mil ciento cuarenta, á real y me 
dio... ¿No es esto, José? 

— Allá V., señora; yo no llevo apunte. 

— Voy á echar la cuenta. 

La vieja comenzó á multiplicar; no se oía 
en la sala más que el crugido de la pluma. 
José esperaba el resultado de la operación 
dando vueltas á la boina que tenía en la mano. 



JOSÉ 



5 



No el interés ó el afán de saber cuánto dinero 
iba á recibir ocupaba en aquel instante su 
ánimo; todo él estaba embargado y perplejo, 
ante la idea de tratar el negocio de su ma- 
trimonio; buscaba con anhelo manera hábil 
de entrar en materia, concluida que fuese 
la cuenta. 

- Son cuatro mil setecientos tres reales y 
tres cuartillos — dijo la señá Isabel, levantan- 
do la cabeza. 

José calló en señal de asentimiento. Hubo 
una pausa. 

— Hay que quitar de esto — manifestó la 
vieja bajando la voz y dulcificándola un 
poco — la rebaja que me has hecho en tu 
quiñón y en los de la lancha... El domingo 
me lo has puesto á real; el lunes á tres 
cuartillos; el martes no hubo rebaja por estar 
barato; el jueves, á real y medio, y hoy á 
real. ¿No es eso? 

— Sí, señora. 

— La cuenta es mala de echar... ¿Quieres 
que lo pongamos á siete cuartos, para evitar 
equivocaciones?... Me parece que pierdo 
en ello... 

José consintió, sin pararse á pensar si ga- 
naba ó perdía. La vieja comenzó de nuevo 



52 



ARMANDO PALACIO VALDES 



á trazar números en el papel, y José á esco- 
gitar los medios de salir de aquel mal paso. 

Terminó al fin la señá Isabel; aprobó José 
su propio despojo y recibió de mano de 
aquélla un puñado de oro, para repartir al 
día siguiente entre sus compañeros. Después 
que lo hubo encerrado en un bolsillo de 
cuero y colocado entre los pliegues de la faja, 
se puso otra vez á dar vueltas á la boina con 
las manos temblorosas. Había llegado el ins 
tante crítico de hablar. José nunca había sido 
un orador elocuente, pero en aquella sazón se 
sintió desposeído como nunca de las cuali- 
dades que lo constituyen. Un flujo de sangre 
le subió á la garganta y se la atascó; apenas 
acertaba á contestar con monosílabos á las 
preguntas que la señá Isabel le dirigía acerca 
de los sucesos de la pesca y de las esperanzas 
que.cifraba para lo sucesivo; la vieja, después 
de haberle chupado la sangre, se esforzaba 
en mostrarse amable con él. Mas la conver- 
sación, á pesar de esto, fenecía, sin que el 
marinero lograse dar forma verbal á lo que 
pensaba. Y ya la señá Isabel se disponía á 
darla por terminada, levantándose de la silla, 
cuando Elisa abrió repentinamente la puerta 
y entró, con pretexto de recoger unas tijeras 



JOSÉ 



53 



que le hacían falta; al salir, y á espaldas de 
su madre, le hizo un sin número de señas y 
muecas, encaminadas todas á exigirle el cum- 
plimiento de su promesa; fueron tan impera- 
tivas y terminantes, que el pobre marinero, 
sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un 
esfuerzo supremo, se atrevió á decir: 
— Señá Isabel... 

El ruido de su voz le asustó, y sorpren- 
dió también por lo extraño á la vieja. 

— ¿Qué decías, querido? 

La mirada que acompañó á esta pregunta 
le hizo bajar la cabeza; estuvo algunos [ins- 
tantes suspenso y acongojado: al cabo sin 
levantar la vista y con la voz enronquecida 
dijo: 

— Señá Isabel , el día de San Juan pienso 
botar la lancha al agua... 

Contra lo que esperaba, la vieja no le ata- 
jó con ninguna palabra; siguió mirándole 
fijamente. 

— No sé si recordará lo que en el invier- 
no me ha dicho... 

La señá Isabel permaneció muda. 

— Yo no quisiera incomodarla... pero co- 
mo el tiempo se va pasando, y ya no hay 
mayormente ningún estorbo... y después la 



54 



ARMANDO PALACIO VALDES 



gente le pregunta á uno para cuándo y 

tengo la casa apalabrada lo mejor sería 

despachar el negocio antes de que el invier- 
no se eche encima 

Nada; la maestra no chistaba. José se iba 
turbando cada vez más: miraba al suelo 
con empeño, deseando quizá que se abriese. 

La vieja se dignó al fin exclamar alegre- 
mente: 

— ¡ Vaya un susto que me has dado, queri- 
do! Pensé al verte tan azorado que ibas á 
soltarme una mala noticia y resulta que me 
hablas de lo que más gusto me puede dar. 

El semblante del marinero se iluminó re- 
pentinamente. 

—¡Qué alegría, señora! Tenía miedo... 

— ¿Por qué? ¿No sabes que yo lo deseo 
con tanto afán como tú?... José, tú eres un 
buen muchacho, trabajador, listo, nada vi- 
cioso. ¿Qué más puedo desear para mi hija? 
Desde que empezaste á cortejarla te he mi- 
rado con buenos ojos, porque estoy segura 
de que la harás feliz. Hasta ahora hice cuan- 
to estaba en mi mano por vosotros, y Dios 
mediante,' pienso seguir haciéndolo. En todo 
el día no os quito del pensamiento; no hago 
otra cosa que dar vueltas para ver de qué 



JOSÉ 



55 



modo arreglamos pronto ese dichoso caso- 
rio... Pero los jóvenes sois muy impacientes 
y echáis á perder las cosas con vuestra pre- 
cipitación... ¿Por qué tanta prisa? Lo mismo 
tú que Elisa sois bastante jóvenes, y aunque, 
gracias á Dios, tengáis lo bastante para vi- 
vir, mañana ú otro día si os vienen muchos 
hijos acaso no podáis decir lo mismo... Te- 
ned un poco de paciencia: trabaja tú cuanto 
puedas para que nunca haya miedo al ham- 
bre, y lo demás ya vendrá.. 

El semblante de José se oscureció de 
nuevo. 

— Mientras tanto — prosiguió la vieja, — - 
pierde cuidado en lo que toca á Elisa: yo ve- 
laré porque su cariño no disminuya y sea 
siempre tan buena y hacendosa como hasta 
aquí... Vamos, no te pongas triste; no hay 
tiempo más alegre que el que se pasa de 
novio. Bota pronto la lancha al agua para 
aprovechar la costera del bonito. Cuando 
concluya, si ha sido buena, ya habla- 
remos. 

Al decir esto se levantó: José hizo lo mis- 
mo sin apartar los ojos del suelo ; tan triste 
y abatido, que inspiraba lástima. La seña 
Isabel le dió algunas palmaditas cariñosas en 



56 



ARMANDO PALACIO VALUES 



el hombro, empujándole al mismo tiempo 
hacia la puerta. 

— Ea, vamos á cenar, querido, que tú ya 
tendrás gana y nosotros también. Elisa — 
añadió alzando la voz, — alumbra á. José, 
que se va. Vaya, buenas noches, hasta ma- 
ñana... 

— Que V. descanse, señora — contestó José 
con voz apagada. 

Elisa bajó con él la escalera, y le abrió 
la puerta. Ambos se miraron tristemente. 

— Tu madre no quiere — dijo él. 

— Lo. he oído todo. 

Guardaron silencio un instante- él, de la 
parte de fuera, ella dentro del portal con el 
velón en una mano y apoyándose con la otra 
en el quicio de la puerta. 

— Ayer — dijo la joven — había soñado con 
zapatos... es de buen agüero: por eso tenía 
tanto empeño en que la hablases. 

— Ya ves — replicó él sonriendo con me- 
lancolía — que no hay que fiar de sueños. 

Después de otro instante de silencio, los 
dos extendieron las manos y se las estre- 
charon diciendo casi al mismo tiempo: 

— Adiós, Elisa. 

— Adiós, José. 



IV 




UANDO la pesca anda escasa por 
la costa de Vizcaya, suelen venir 
algunas lanchas de aquella tierra á 
pescar en aguas de Santander y de 
Asturias. Sus tripulantes eligen el puerto 
que más les place y pasan en él la costera 
del bonito, que dura próximamente desde 
Junio á Setiembre. Mientras permanecen á su 
abrigo, observan la misma vida que los ma- 
rineros del país, salen juntos á la mar y tor- 
nan á la misma hora : la única diferencia es 
que los vizcaínos comen y duermen en sus 
lanchas , donde se aderezan toscamente una 
vivienda para la noche, protegiéndolas con 



58 



ARMANDO PALACIO VALDES 



toldos embreados y tapizándolas con alguna 
vela vieja que les permita acostarse, mien- 
tras los naturales se van tranquifamente á 
reposar á sus casas. Ni hay rivalidades ni 
desabrimientos entre ellos: los vizcaínos son 
de natural pacífico y bondadoso; los astu- 
rianos , más vivos de genio y más astutos, 
pero generosos y hospitalarios. Cuando na- 
vegan, se ayudan y se comunican cordial- 
mente el resultado que obtienen: después 
que saltan en tierra, acuden juntos á las ta- 
bernas y departen amigablemente, apurando 
algunas copas de vino. Los vizcaínos son 
más sobrios que los asturianos ; rara vez se 
embriagan: estos, dados como los pueblos 
meridionales á la burla y al epigrama, los 
embroman por su virtud. 

Uno de tales vizcaínos fué el padre de 
José. Cuando vino con otros un verano á 
la pesca, la madre era una hermosa joven, 
viuda, con dos hijas de corta edad, que se 
veía y deseaba para alimentarlas trabajando 
de tostadora en una bodega de escabeche. 
El padre de José trabó relaciones con ella, y 
la sedujo dándola palabra de casamiento. 
La bella Teresa esperó en vano por él: á los 
pocos meses supo que había contraído ma- 



JOSÉ 



59 



trimonio con otra en su país, cuando ya José 
bullía en sus entrañas. 

Teresa era de temperamento impetuoso 
y ardiente, apasionada en sus amores como 
en sus odios, pronta á enojarse por livianos 
motivos, desbocada y colérica: tenía el amor 
propio brutal de la gente ignorante , y le fal- 
taba el contrapeso del buen sentid o que ésta 
suele poseer • sus reyertas con las vecinas 
eran conocidas de todos; se había hecho te- 
mible por su lengua, tanto como por sus 
manos. Cuando la cólera la prendía, se me- 
tamorfoseaba en una furia; sus grandes ojos 
negros y hermosos adquirían expresión fe- 
roz y todas sus facciones se descomponían. 
Los habitantes de Rodillero al oírla voci- 
ferar en la calle , sacudían la cabeza con 
disgusto, diciendo: «Ya está escandalizando 
esa loca de Ramón de la Puente» (así llama- 
ban á su difunto marido). 

La traición de su amante la hizo adolecer 
de rabia: hubiera quedado satisfecha con to- 
mar de él sangrienta venganza. Las pobres 
hijas pagaron durante una temporada el de- 
lito del seductor: no se dirigía á ellas sino 
ton gritos que las aterraban; la más míni- 
ma falta les costaba crueles azotes : en todo 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



el día no se oían mas que golpes y lamen- 
tos en la oscura bodega donde la viuda ha- 
bitaba. 

Bajo tales auspicios salió nuestro José á 
la luz del día. Teresa no pudo ni quiso criar- 
lo: entrególo á una aldeana que se avino á 
hacerlo mediante algunos reales, y siguió de- 
dicada á las penosas tareas de su oficio. 
Cuando al cabo de dos años la nodriza se lo 
trajo, no supo qué hacer de él; dejólo entre- 
gado á sus hermanitas, que á su vez le aban- 
donaban para irse á jugar: el pobre niño llo- 
raba horas enteras tendido sobre la tierra 
apisonada de la bodega, sin recibir el consue- 
lo de una caricia: cuando lo arrastraban con- 
sigo á la calle era para sentarlo en ella me- 
dio desnudo con riesgo de ser pisado por 
las bestias ó atropellado por un carro. Si 
alguna vecina lo recogía por caridad, Tere- 
sa, al llegar á casa, en vez de agradecér- 
selo, la apostrofaba «por meterse en la vida 
ajena. » 

Cuando José creció un poco, esta aversión 
se manifestó claramente en los malos tratos 
que le hizo padecer. Si había sido siempre 
fiera y terrible con sus hijas legítimas, cual- 
quiera puede figurarse lo que sería con aquel 



JOSÉ 



61 



niño hijo de un hombre aborrecido, testimo- 
nio vivo de su flaqueza. José fué mártir en 
su infancia. No se pasaba día sin que por un 
motivo ó por otro no sintiese los estragos de 
la mano maternal: cuando por inadvertencia 
ejecutaba la más leve falta, el pobre niño se 
echaba á temblar y corría á ocultarse en 
cualquier rincón del pueblo; mas no le valía: 
Teresa, encendida por la ira, con el palo de 
la escoba en la mano, iba por las calles en 
su busca, vomitando amenazas, desgreñada 
como una furia, seguida por los chiquillos, 
que gustan siempre de presenciar los espec- 
táculos trágicos, hasta que daba con él y lo 
traía arrastrando para casa. Si algún vecino 
de buen corazón, desde la puerta de su vi- 
vienda la recriminaba por tanta crueldad f 
¡eran de oír los denuestos y los insultos que 
salían vibrantes y agudos de la boca de la 
viuda contra el imprudente censor! el cual, 
corrido y avergonzado, la mayor parte de 
las veces se veía obligado á retirarse. 

Asistió poco tiempo á la escuela, donde 
mostró una inteligencia viva y lúcida, que 
se apagó muy pronto con las rudas faenas 
de la pesca. A los doce años le metió su 
madre de rapaz en una lancha, á fin de que 



62 



ARMANDO PALACIO VALDES 



con el medio quiñón que le tocaba en el re- 
parto ayudase al sostenimiento de la casa. 
Halló el cambio favorable: pasar el día en 
la mar era preferible á pasarlo en la escuela 
recibiendo los palmetazos del maestro: el 
patrón rara vez le pegaba, los marineros le 
trataban casi como un compañero; la mayor 
parte de los días se iba á la cama sin haber 
recibido ningún golpe: sólo á la . hora de le- 
vantarse para salir á la mar acostumbraba 
su madre á despavilarle con algunos mo- 
jicones. Además, sentía orgullo en ganar el 
pan por sí mismo. 

A los diez y seis años era un muchacho 
robusto, de facciones correctas, aunque algo 
desfiguradas por los rigores déla intemperie, 
tardo en sus movimientos como todos los 
marinos, que hablaba poco y sonreía triste- 
mente, sujeto á la autoridad maternal, lo 
mismo que cuando tenía siete años. Mostró 
ser en la mar diligente y animoso, y ganó 
por esta razón primero que otros la soldada 
completa. A los diez y nueve años, seduci- 
do por un capitán de barco, dejó la pesca 
y comenzó á navegar en una fragata que 
seguía la carrera de América. Gozó enton- 
ces de independencia completa, aunque vo- 



JOSÉ 



¿3 



luntariamente remitía á su madre una parte 
del sueldo. Pero el apego á su pueblo, el re- 
cuerdo de sus compañeros de infancia, y por 
más que parezca raro, el amor á su familia, 
fueron poderosos á hacerle abandonar, al 
cabo de algunos años, la navegación de al- 
tura, y emprender nuevamente el oficio de 
pescador. Fué, no obstante, con mejor pro- 
visión y aparejo, pues en el tiempo que na- 
vegó, consiguió juntar de sus pacotillas al-* 
gún dinero, y con él compró una lancha. 
Desde entonces cambió bastante su suer- 
te: el dueño de una lancha, en lugar tan po- 
bre como Rodillero, juega papel principal; 
entre los marineros fué casi un personaje, 
uniéndose al respeto de la posición el apre- 
cio á su valor y destreza. Comenzó á traba- 
jar con mucha fortuna: en obra de dos años, 
como sus necesidades no eran grandes, aho- 
rró lo bastante para construir otra lancha. 

Por este tiempo fijó su atención en Elisa, 
que era hermosa entre las hermosas de Ro- 
dillero, buena, modesta, trabajadora y con 
fama de rica: si no la hubiera fijado, le hu- 
bieran obligado á ello las palabras de sus 
amigos y los consejos de las comadres del 
pueblo: — «José, ¿por qué no cortejas á la hi- 



64 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ja de la maestra? No hay otra en Rodillero 
que más te convenga. — José, tú debías ca- 
sarte con la hija de la maestra; es una chi- 
ca como una plata, buena y callada; no seas 
tonto, dile algo. — La mejor pareja para ti, 
José, sería la hija de la maestra...» — Tanto 
se lo repitieron, que al fin comenzó á mi- 
rarla con buenos ojos. Por su parte ella es- 
cuchaba idénticas sugestiones respecto al 
marinero, donde quiera que iba; no se can- 
saban de encarecerla su gallarda presencia, 
su aplicación y conducta. 

Pero José era tímido con exceso; en cuan- 
to se sintió enamorado , lo fué mucho más. 
Por largo tiempo, la única señal que dió del 
tierno sentimiento que Elisa le inspiraba fué 
seguirla tenazmente con la vista donde quie- 
ra que la hallaba, huyendo, no obstante, el 
tropezar con ella cara á cara. Lo cual no 
impidió que la joven se pusiera al tanto muy 
pronto de lo que en el alma del pescador' 
acaecía. Y en justa correspondencia, comen- 
zó á dirigirle con disimulo alguna de esas mi- 
radas como relámpagos con que las donce- 
llas saben iluminar el corazón de los enamo- 
rados. José las sentía, las gozaba, pero no 
osaba dar un paso para acercarse á ella. Un 



JOSÉ 



65 



día confesó á su amigo Bernardo sus ansias 
amorosas, y el vivo deseo que tenía de ha- 
blar con la hija de la maestra. Aquel se rió 
no poco de su timidez, y le instó fuertemen- 
te para que la venciese; mas por mucho que 
hizo, no consiguió nada. 

El tiempo se pasaba y las cosas seguían 
en tal estado, con visible disgusto de la jo- 
ven, que desconfiaba ya de verlas nunca en 
vías de arreglo. Bernardo, observando á su 
amigo cada día más triste y vergonzoso* de- 
terminó sacarle de apuros. Una tarde de ro- 
mería paseaban ambos algo apartados de la 
gente por la pradera, cuando vieron llegar 
hacia ellos, también de paseo, á varias jó- 
venes : Elisa venía entre ellas. Sonrió mali- 
ciosamente el festivo marinero, halagado por 
una idea que en aquel momento se le ocu- 
rrió; hizo algunas maniobras á fin de pasar 
muy cerca de las jóvenes, y cuando le fué 
posible '¡zás! da un fuerte empujón á su ami- 
go, y le hace chocar con Elisa, diciendo al 
mismo tiempo: — «Elisa, ahí tienes á José.» 
Después se alejó velozmente. José confuso 
y ruborizado quedó frente á frente de la her- 
mosa joven, también ruborizada y confusa. 
— «Buenas tardes,» — acertó al fin á decir. 

5 



66 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— «Buenas tardes,» — respondió ella. Y fué 
cosa hecha. 

El amor en los hombres reflexivos, calla- 
dos y virtuosos, prende, casi siempre, con 
fortaleza. La pasión de José, primera y úni- 
ca de su vida, echó profundas raíces en po - 
co tiempo: Elisa pagó cumplidamente su 
deuda de cariño: mostróse propicia la astu- 
ta maestra: los vecinos lo vieron con agra- 
do; todo sonrió en un principio á los enamo- 
rados. 

Mas he aquí que á la entrada misma 
j del puerto, cuando ya el marinero tocaba 
I su dicha con la mano, comienza el barco á 
l hacer agua. Quedó aturdido y confuso; el 
corazón le decía que el obstáculo no era de 
poco momento, sino grave. Una tristeza 
grande, que semejaba desconsuelo, se apo- 
deró de su ánimo al sentir detrás el golpe 
de la puerta de Elisa, y quedar en las tinie- 
blas de la calle. Cruzaron por su imaginación 
muchos presentimientos; el pecho se le opri- 
mió, y sin haber corrido nada, se detuvo un 
instante á tomar aliento. Después, mientras 
caminaba, hizo esfuerzos vanos para apar- 
tar de sí la tristeza por medio de cuerdas 
reflexiones: nada estaba perdido todavía: la 



JOSÉ 



6 7 



señá Isabel no había hecho más que aplazar 
la boda sin oponerse á ella ; en último resul- 
tado, sin su anuencia se podía llevar á cabo. 

Sumido en sus cavilaciones , no vió el 
bulto de una persona que venía por la calle 
hasta tropezar con ella. 

— Buenas noches, D. Fernando — dijo al 
reconocerlo. 

— Hola, José; me alegro de encontrarte: 
tú rrie podrás decir cuál es el camino mejor 
para ir al Robledal... mejor dicho, á la casa 
de D. Eugenio Soliva. 

— El mejor camino es el de Sarrio hasta 
Antromero, y allí tomar el de Nueva, pasan- 
do por delante de la iglesia. Es un poco más 
largo, pero ahora de noche hay peligro en 
ir por la playa... ¿Pero cómo hace V. un via- 
je tan largo á estas horas? Son cerca de dos 
leguas... 

— Tengo negocios que ventilar con don 
Eugenio — dijo el Sr. de Meira con ademán 
misterioso. 

Los labios del marinero se contrajeron con 
una leve sonrisa. 

— Yo voy a" entrar en la taberna á tomar 
algo. ¿Quiere acompañarme antes de seguir 
su viaje, D. Fernando? 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Gracias, José; acepto el convite para 
darte una prueba más de mi estimación 
— respondió el Sr. de Meira, colocando su 
mano protectora sobre el hombro del ma- 
rinero. 

Ambos entraron en la taberna más próxi- 
ma y se fueron á sentar en un rincón aparta- 
do: pidió José pan, queso y vino; comió y 
bebió el Sr. de Meira con singular apetito; 
el joven le miraba con el rabillo del ojo y 
sonreía. Cuando terminaron, salieron otra 
vez á la calle despidiéndose como buenos 
amigos. El pescador siguió un instante con 
la vista al caballero y murmuró: 

— ¡Pobre D. Fernando! ¡Tenía hambre! 

La figura de éste se borró entre las som- 
bras de la noche. Iba, como otras muchas 
veces, á pedir dinero á préstamo. En el pue- 
v blo todos tenían noticia de estas escursiones 
secretas por los pueblos comarcanos; á veces 
extendía sus correrías hasta los puntos más 
lejanos de la provincia, siempre de noche y 
con sigilo. Por desgracia, el Sr. de Meira 
tornaba casi siempre como había ido, con los 
bolsillos vacíos ; pero erguido siempre y con 
alientos para emprender otra campaña. 

Prosiguió José su camino hacia casa, á 



JOSÉ 



6 9 



donde llegó á los pocos instantes. Halló á 
su madre en la cocina y cerca de ella á sus 
dos hermanas. Al verlas se oscureció aún 
más su semblante. Estas hermanas, de más 
edad qu^ él, estaban casadas hacía ya largo 
tiempo; una de ellas tenía seis hijos. Vivían 
cada cual en su casa; el marinero sabía por 
experiencia que siempre que se juntaban 
con su madre, de quien habían heredado el 
genio y la lengua, caía sobre él algún daño- 
Aquel conciliábulo á hora inusitada le pare- 
ció de muy mal agüero; y él, que todos los 
días arrostraba las iras del océano, se echó 
á temblar delante de aquellas tres mujeres 
reunidas á modo de tribunal. Antes de que 
la borrasca, que presentía, se desatase, trató 
de marchar á la cama, pretestando can- 
sancio. 

— ¿No cenas, José? — le preguntó su madre. 
— No tengo gana: he tomado algo en la 
taberna. 

— ¿Has hecho cuenta con la señá Isabel? 

Esta pregunta era el primer trueno. José 
la escuchó con terror, contestando, no obs 
tante, en tono indiferente: 

— Ya la hemos hecho. 

— ¿Y cuánto te ha tocado de estas ma- 



7o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



reas? — volvió á preguntar la madre mien- 
tras revolvía el fuego afectando distracción. 

El segundo trueno había estallado mucho 
más cerca. 

— No lo sé — respondió José, fingiendo 
como antes indiferencia. 

— ¿No traes ahí el dinero? 

— Sí señora, pero hasta mañana que haga 
cuenta con la compaña, no sé á punto fijo 
lo que me corresponde. 

Hubo una pausa larga. El marinero, aun- 
que tenía los ojos en el suelo, sentía sobre el 
rostro las miradas inquisitoriales de sus her- 
manas, que hasta entonces no habían abierto 
la boca. Su madre seguía revolviendo el 
fuego. 

— ¿Y á cómo le has puesto el bonito hoy? 
— dijo al fin ésta. 

— ¿A cómo se lo había de poner, madre... 
no lo sabe? — contestó José titubeando. 

— No; no lo sé — replicó Teresa dejando 
el hierro sobre el hogar y levantando con 
resolución la cabeza. 

El marinero bajó la suya y balbució más 
que dijo: 

— Al precio corriente á real y medio... 

— ¡Mientes! ¡mientes! — gritó ella con furor 



JOSÉ 



71 



avanzando un paso y clavándole sus ojos lla- 
meantes. 

— ¡Mientes! ¡mientes! — dijeron casi al mis- 
mo tiempo sus hermanas. 

José guardó silencio sin osar disculparse. 

— ¡Lo sabemos todo!... ¡todo! — prosiguó 
Teresa en el mismo tono. — Sabemos que 
me has estado engañando miserablemente 
desde que comenzó la costera, gran tuno; 
que estás regalando el bonito á esa bribona, 
mientras tu madre está trabajando como una 
perra, después de haber sudado toda su vida 
para mantenerte... 

— Si trabaja es porque quiere; bien lo 
sabe — dijo el marinero humildemente. 

— ¡Y todo por quién! — siguió Teresa sin 
querer escuchar la advertencia de su hijo. — 
Por esa sin vergüenza que se ríe de ti, que 
te roba el sudor echándote de cebo á su hija, 
para darte á la postre con la puerta en los 
hocicos... 

Estas palabras hirieron á José en lo más 
vivo del alma. 

— Madre — exclamó con emoción, — no sé 
por qué ha tomado tanta ojeriza á Elisa y á 
su madre. Aunque me case, por eso no la 
abandono. La lancha que ahora tengo queda 



7 2 



ARMANDO PALACIO VALDES 



para V... y si más le hace falta, más ten- 
drá... 

— ¿Pero tú crees casarte, inocente? — dijo 
una de las hermanas sonriendo sarcástica- 
mente. 

— Nada tenéis que partir vosotras en este 
negocio — replicó el marinero volviéndose 
airado hacia ella. 

— Tiene razón tu hermana ¡tonto! ¡tonto! 
— vociferó de nuevo la madre. — ¿No ves que 
estás sirviendo de hazme reír al pueblo? ¿No 
ves que esa bruja te está engañando como á 
un chino para chuparte la sangre? 

El pobre José, hostigado de tan cruel ma- 
nera, no pudo guardar más tiempo la actitud 
humilde que tenía frente á su madre, y repli- 
có alzando la cabeza con dignidad: 

— Soy dueñp de dar lo que es mío á quien 
me parezca. Usted, madre, no tiene razón 
ninguna para quejarse... Hasta ahora lo que 
he ganado ha sido de V... 

— ¿Y me lo echas en cara, picaro? — gritó 
aquélla cada vez más furiosa. ¡No me faltaba 
ya más que esoK.. Después de haber pasado 
tantos trabajos para criarte; después de que- 
marme la cara al pie de las calderas, y an- 
dar arrastrada de día y de noche para lie- 



JOSÉ 



73 



varte á ti y á tus hermanas un pedazo de 
pan, ¿me insultas de ese modo?... 

Aquí Teresa se dejó caer sobre una silla 
y comenzó á sollozar fuertemente. 

— ¡Quiero morir antes de verme insultada 
por mi hijo! — siguió diciendo entre gemidos 
y lágrimas. ¡Dejadme morir!... ¡Para qué es- 
toy yo en el mundo si el único hijo que ten- 
go me echa en cara el pan que conio!... 

Y á este tenor prosiguió desatándose en 
quejas y lamentos, sacudiendo la cabeza con 
desesperación y alzando las manos al cielo. 

Las hijas acudieron solícitas á consolarla. 
José, asustado del efecto de sus palabras, no 
sabía qué hacer; ni tuvo ánimo para contes- 
tar á sus hermanas, que mientras cuidaban 
de su. madre se volvían hacia él apostro- 
fándole: * 

«¡Anda tú, mal hijo! ¡Vergüenza había de 
darte! ¿Quieres matar á tu madre, verdad? 
Algún día te ha de castigar Dios...» 

Aguantó el chubasco con resignación, y 
cuando vió á su madre un poco más sosega- 
da, se retiró silenciosamente á su cuarto. 
Llevaba el corazón tan oprimido, que no 
pudo en largo espacio conciliar el sueño. 



V 




ON la llegada del nuevo día miti- 
góse su pesar, y entendió claramen- 
te que no había motivo para tan- 
to apesadumbrarse: e^ obstáculo 
que de noche le había parecido insuperable, 
á la luz del sol lo juzgó liviano; crecieron sus 
ánimos para vencerlo, y la esperanza vol- 
vió á inundar su corazón. 

Y en efecto, los acontecimientos pareció 
que justificaban este salto repentino de la 
tristeza á la alegría. En los días siguientes 
halló á la señá Isabel más amable que nunca, 
favoreciendo con empeño sus amores, dán- 
dole á entender con obras, ya que no de 



7 6 



ARANDO PALACIO VALDES 



palabra, que sería, más tarde ó más tempra- 
no, el marido de Elisa. Esta cobró también 
confianza y se puso á hacer cuentas galanas 
para lo porvenir , esperando vencer la resis- 
tencia de su madre y abreviar el plazo del 
casamiento. 

Por otra parte, la fortuna siguió sonrien- 
do á José. El día de San Juan, según tenía 
pensado, botó al agua la nueva lancha, la 
cual comenzó á brincar suelta y ligera sobre 
las olas, prometiéndole muchos y buenos días 
de pesca: vino el cura á bendecirla y hubo 
después en la taberna el indispensable jolgo- 
rio entre la gente llamada á tripularla. En- 
cargóse el mismo José del mando de ella, 
dejando la vieja á otro patrón, y desde el 
día siguiente principió á hacerla trabajar en 
la pesca del bonito. Esta fué abundante, co- 
mo pocas veces se había visto; tanto que 
nuestro marinero, apesar de las sangrías que 
la señá Isabel le hacía en cada saldo de 
cuentas, iba en camino de hacerse rico. 

jQué verano tan dichoso aquél! Elisa, á 
fuerza de instancias , consiguió arrancar á su 
madre el permiso para casarse al terminar 
la costera, ó sea en el mes de Octubre. Y 
dormidos inocentemente sobre esta prome- 



JOSÉ f 



77 



sa, los amantes gozaron de la dulce pers- 
pectiva de su próxima unión; entraron en 
esa época de la vida, risueña como ninguna, 
en que el cielo sólo ofrece sonrisas y la tie- 
rra flores á los enamorados. El trabajo era 
para ambos un manantial riquísimo de place- 
res: cada bonito que prendía en los anzuelos 
de José y entraba saltando en su lancha, pa- 
recía un heraldo que le anunciaba su boda: 
cuando tornaba á casa con doscientas piezas 
bullendo sobre los paneles, pensaba que 
aquel día había dado un gran paso hacia Eli- 
sa. Esta, dentro de la fábripa, no se daba 
tampoco punto de reposo; todo el día ocu- 
pada en vigilar las operaciones de pesar, cor- 
tar, salar, tostar y empaquetar el pescado; 
al llegar la noche ya no podía tenerse en pie; 
pero se dejaba caer en la cama con la sonrisa 
en los labios, diciendo para sí: «Es necesario 
trabajar de firme; mañana tendremos hijos...» 
La hora más feliz para Elisa era la que pre- 
cedía á la cena; entonces llegaba José á la 
tienda y se formaba una sabrosa tertulia, que 
les consentía acercarse uno á otro y cam- 
biar frecuentes palabras y miradas. Rara vez 
se decían amores: no había necesidad; para 
los que aman mucho, cualquier conversa- 



78 



ARMADO PALACIO VALDES 



ción va empapada de amor. De esta hora, 
los minutos más dichosos eran aquellos en 
que se despedían; ella con el velón en la 
mano, como la hemos visto la noche en que 
la conocimos; él de la parte de fuera, apo- 
yado en el marco de la puerta; en estos 
momentos solían cambiar con labio trému- 
lo algo de lo que llenaba por entero sus co- 
razones, hasta que la voz de la señá Isabel, 
llamando á su hija, rompía tristemente el en- 
canto. 

Aún por el día gozaba la hermosa don- 
cella de otra hora feliz: era la de la siesta 
Cuando su madre, después de comer, se acos- 
taba un poco sobre la cama, acostumbraba 
Elisa salirse de casa y subir á uno de los 
montes que rodean el pueblo á disfrutar de 
la vista y del fresco de la mar. A esta hora, 
en los días de Julio y Agosto, el calor era so- 
focante en Rodillero: la brisa del océano no 
penetraba más que en las primeras revueltas, 
dejando la mayor parte del lugar asfixiada 
entre las montañas laterales. La joven ascen- 
día lentamente por un ancho sendero abierto 
entre los pinos, hasta la capilla de San Esté- 
barf, colocada en la cima del monte, y se 
sentaba á la sombra. Desde aquel punto se 



JOSÉ 



79 



oteaba una gran extensión de mar, sobre el 
cual irradiaba el sol su fuego: el cielo mos- 
traba un azul oscuro por la parte de tierra; 
por la del mar, más claro, trasformándose 
en color gris al cerrar el horizonte. Algunas 
nubes blancas é hinchadas se amontonaban 
por la parte de Levante, sobre el pico de 
Peñas, el más saliente de la costa cantábrica: 
éste y los demás cabos lejanos se mostraban 
apenas entre la faja gris del horizonte, mien- 
tras el de San Antonio, más cercano, detrás 
del cual estaba la bahía de Sarrio, recibiendo 
de lleno los rayos del sol, ofrecía grato co- 
lor de naranja. Los ojos de Elisa iban pre- 
surosos á buscar en las profundidades del 
mar las lanchas pescadoras que acostumbra- 
ban á mantenerse frente á la boca de Ro- 
dillero, á larga distancia, borrándose casi en- 
tre la tenue ceniza suspendida sobre el hori- 
zonte. Contaba con afán aquellos puntos 
blancos, y se esforzaba con ilusión en ave- 
riguar cuál de ellos sería la lancha de su no- 
vio. — «Aquella que va un poco apartada á 
la izquierda, aquella debe de ser; se conoce 
porque la vela es más blanca; ¡como que es 
nueva! Además, á él le gusta siempre ir un 
- poco separado y campar por sus respetos... 



/ 



8o 



ARMANDO PALACIO VALDES 



No hay quien huela el pescado como él.» — 
Y mecida por esta ilusión, seguía con anhelo 
las maniobras de aquella lancha, que ora se 
alejaba hasta perderse de vista, bien se acer- 
caba. A veces advertía que tomaban todas el 
camino del puerto: entonces torcía el gesto, 
exclamando: — «¡Malo! hoy no hay mucho 
bonito.» — Pero en el fondo de su alma lu- 
chaba el gozo con la tristeza, porque de este 
modo iba á ver antes á su amante. Aguarda- 
ba todavía un rato hasta verlas salir poco á 
poco del vapor ceniciento que las envolvía , 
y entrar en la región luminosa. Parecían con 
sus velas apuntadas, blancos fantasmas res- 
balando suavemente sobre el agua; y cual si 
obedeciesen á un signo hecho por mano in- 
visible , todas se iban acercando entre sí y 
formaban al poco tiempo una diminuta es- 
cuadra. Cuando ya las veía próximas se ba- 
jaba al pueblo á toda prisa; á nadie daba 
cuenta, ni aun al mismo José, de aquellos 
instantes de dicha que en la soledad del mon- 
te de San Esteban gozaba. 

El tiempo se iba deslizando, no tan veloz 
como nuestros enamorados deseaban, pero 
sí mucho más de lo que á la señá Isabel 
convenía. Esta no podía pensar en el matri- 



JOSÉ 



8 



monio de Elisa sin sentir movimientos de 
terror y de ira, pues al realizarse era forzo- 
so dejar la fábrica y otros bienes de su di- 
funto esposo en poder del de su hija. Y 
aunque estaba resuelta en cualquier caso á 
oponerse con todas sus fuerzas á esta boda, 
todavía le disgustaba mucho el verse obli- 
gada á poner de manifiesto su oposición, 
temiendo que el amor guiase á Elisa á al- 
gún acto de rebeldía. Por eso su cabeza, re { 
llena de maldades, no se cansaba de trabajar 
arbitrando recursos para deshacer aquel la- 
zo y volver sobre la promesa que le habían 
arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro, 
mediante cierta infame maquinación que el 
demonio, sin duda, le sugirió, estando des- 
velada en la cama. 

Había en el pueblo un mozo reputado 
entre la gente por tonto ó mentecato, hijo 
del sacristán de la parroquia; contaba ya 
veinte años bien cumplidos y no conocía 
las letras , ni se ocupaba en otra cosa que 
en tocar las campanas de la iglesia (por 
cierto con arte magistral), y en discurrir 
solitario por las orillas de la mar extrayendo 
de los huecos de las peñas lapas, cangrejos, 
bígaros y pulpos, en cuyas operaciones era 

6 



82 



ARMANDO PALACIO VALDES 



también maestro. Mofábanse de él los mu- 
chachos, y le corrían á menudo por la calle 
con grita intolerable: lo que más le vejaba 
al pobre Rufo (tal era su nombre) era el oír 
que su casa se estaba cayendo; bastaba esto 
para que los chiquelos le dieran en lo vivo 
sin cansarse jamás: donde quiera que iba, 
oía una voz infantil que de lejos ó de cerca, 
ordinariamente de lejos, le gritaba: — «Cayó, 
Rufo, cayó.» — Enojábase el infeliz al es- 
cucharlo, como si fuese una injuria sangrien- 
ta; llameaban sus ojos y echaba espuma por 
la boca, y en esta disposición corría como 
una fiera detrás del chicuelo, que tenía buen 
cuidado de poner al instante tierra por me- 
dio , cuanta más , mejor; alguna vez el ex- 
ceso de la ira le había hecho dar sin sen- 
tido en el suelo. Los vecinos le compade- 
cían, y no dejaban de reprender ásperamen- 
te á los muchachos su crueldad, cuando pre- 
senciaban tales escenas. 

Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba 
en su pecho una pasión viva y ardiente ha- 
cia la hija de la maestra; esto servía tam- 
bién de pretexto para embromarlo , si bien 
eran hombres ya los que se placían en ello. 
Al pasar por delante de un grupo de mari- 



JOSÉ 



$3 



ñeros, le llamaban casi siempre para darle 
alguna noticia referente á Elisa: una vez le 
decían que ésta se había casado por la ma- 
ñana, lo cual dejaba yerto y acongojado al 
pobre tonto- otro día le aconsejaban que 
fuese á pedir su mano á la señá Isabel, por- 
que sabían de buena tinta que la niña esta- 
ba enamorada de él en secreto, ó bien que 
la robase, si la maestra no consentía en ha- 
cerlos felices. También mezclaban el nombre 
de José en estas bromas; decían pestes de él 
llamándole feo, intrigante y mal pescador, 
lo cual hacía reir y hasta dar saltos de ale- 
gría al idiota, y poniéndole en parangón 
con él, aseguraban muy serios que Rufo era 
incomparablemente más gallardo, y que si 
no pescaba tanto, en cambio tocaba mejor 
las campanas. De esta suerte, al compás que 
iba creciendo en el pecho del tonto la afición 
á Elisa, iba aumentando también el odio ha- 
cia José, á quien consideraba como su ene- 
migo mortal, hasta el punto de que no tro- 
pezaba jamás con él sin que dejase de echarle 
miradas iracundas y murmurase palabras in- 
juriosas, de las cuales, como era natural, se 
reía el afortunado marinero. 

Elisa se reía también de este amor, que li- 



8,4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sonjeaba, no obstante, su vanidad de mujer; 
porque la admiración es bien recibida, aun- 
que venga de los tontos. Cuando encontra- 
ba á Rufo por la calle íe ponía semblante 
halagüeño y le hablaba en el tono protector 
y cariñoso que se dispensa á los niños: go- 
zaba con las muecas y carocas de perro fiel 
en que se deshacía el tonto al verla: le pro- 
metía formalmente casarse con él, siempre 
que obedeciese á su padre y no pegase á los 
chicos. Rufo preguntaba con expresión de 
anhelo: — ¿Para cuándo? — Amigo, no lo sé — 
respondía ella,— -pregúntaselo al Santo Cris- 
to, á ver lo que te dice. — Y el pobre se pa- 
saba horas enteras de rodillas en la iglesia, 
preguntando al célebre Cristo de Rodillero 
cuándo sería su boda, sin obtener contesta- 
ción. — Es que todavía no quiere que nos 
casemos — le decía Elisa, — ten paciencia y 
sé bueno, que ya se ablandará. 

La señá Isabel imaginó utilizar la pasión 
de este mentecato para romper, ó por lo 
menos aplazar la unión de su hija con José. 
• Un día salió paseando por las orillas de la 
mar, donde sabía que Rufo se hallaba á ca- 
za de cangrejos, y se hizo con él encon- 
tradiza. 



JOSÉ 



«5 



— ¿Qué tal, Rufo, caen muchos? 

El tonto levantó la cabeza, y al ver á la 
madre de Elisa, sonrió. 

— Marea muerta, coge poco — contestó en 
el lenguaje incompleto y particular que 
usaba. 

— Vaya, vaya, no son tan pocos — repli- 
có la seña Isabel acercándose más y echan- 
do una mirada al cestillo donde tenía la pes- 
ca. — Buena fortuna tiene contigo tu padre; 
todos los días le llevas á casa un cesto de 
cangrejos. 

— Padre no gusta cangrejos... tira to- 
dos á la calle... y pega á Rufo con un 
palo... 

— ¿Te pega porque coges congrejos? 
— Sí, señá Isabel. 

— Pues no tiene gusto tu padre; los can- 
grejos son muy ricos. Mira, cuando tu padre 
no los quiera, me los llevas á mí; á Elisa 
le gustan mucho. 

El rostro flaco y taciturno del idiota se 
animó repentinamente al escuchar el nom- 
bre de Elisa. 

— ¿Gusta Elisa cangrejos? 

— Mucho. 

— Todos, Elisa; todos, Elisa — dijo con 



86 



ARMANDO PALACIO VALDES 



énfasis, extendiendo las manos y señalando 
la orilla de la mar. 

— Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mu- 
cho á Elisa, ¿verdad? 

— Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa. 

— ¿Te casarías con ella de buena gana? 

El rostro del tonto se contrajo extrema- 
damente por una sonrisa; quedó confuso y 
avergonzado mirando á la señá Isabel sin 
atreverse á contestar. 

— Vamos, di, ¿no te casarías? 

— Usté no quiere — dijo al fin tímida- 
mente. 

— ¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso? 
— Usté quiere José. 

— ¡Bah! si José fuese pobre no le querría: 
tú me gustas más; eres más guapo, y no 
hay en Rodillero quien toque como tú las 

campanas. 

— José no sabe — dijo el idiota con acen- 
to triunfal, manifestando una gran alegría. 

— ¡Qué ha de saber 1 José no sabe más que 
pescar bonito y merluza... 

— Y besugo — apuntó Rufo, pasando sú- 
bito del gozo á la tristeza. 

— Bueno; besugo también, ¿y qué? En cam- 
bio tú pescas cangrejos y pulpos... y lapas... 



JOSE 



87 



y bígaros... y erizos... y ostras. Además, tú 
pescas solo, sin ayuda de nadie, mientras 
José necesita que le ayuden los amigos: ¿quie 
res decirme lo que pescaría José si no tuvie- 
se una lancha? 

— Tiene dos — volvió á apuntar tristemen- 
te Rufo. 

— Bien, pero la vieja ya vale poco.'. ¡Si no 
fuese por la nueva!... Si no fuese por la nue- 
va no le daría yo á Elisa, ¿sabes tú? 

^os ojos zarcos y apagados del idiota 
brillaron un instante con expresión de ira. 

— Yo echo pique lancha nueva — excla- 
mó dando con las tenazas que tenía en la 
mano sobre la peña. 

— Porque José tiene obligaciones á que 
atender — siguió la vieja, como si no hubie- 
se oído estas palabras. — Necesita alimentar 
á su madre, que pronto dejará de trabajar, 
mientras que tú eres libre: tu padre gana 
bastante para mantenerse; además, tienes 
un hermano rico en la Habana... 

— -Tiene reloj — dijo Rufo interrumpién- 
dola. 

— Sí, ya lo sé. 

— Y cadena de oro que cuelga, señá 
Isabel. 



83 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si 
te casases con mi hija. Serías amo de la fá- 
brica, y ganarías mucho dinero... y compra- 
rías un caballo para ir á las romerías con 
Elisa; ella delante y tú detrás, como va el 
señor cura de Arnedo con el ama... y ten- 
drías botas de montar, como el hijo de don 
Casimiro. 

La vieja fué desenvolviendo un cuadro de 
dicha inocente sin olvidar ningún pormenor, 
por sandio que fuese, que pudiese halagar 
al tonto. Este la escuchaba embebecido y 
suspenso, sonriendo beatíficamente, como si 
tuviese delante una visión celestial. Cuando 
terminó la señá Isabel su descripción, hubo 
un rato de silencio: al fin volvió á decir, sa- 
cudiendo la cabeza con pesar: 

— ¡Si no fuese por José! — Y se quedó mi- 
rando reflexivamente al mar. 

Rufo se estremeció como si le hubiesen 
pinchado; puso el semblante hosco, y miró 
también fijamente al horizonte. 

— Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que 
ya me estará esperando Elisa; hasta la 
vista. 

— Adiós — dijo el tonto, sin volver siquie- 
ra la cabeza. 



JOSÉ 



S 9 



La señá Isabel se alejó lentamente. Cuan- 
do estuvo ya á larga distancia, se volvió 
para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos 
clavados en el mar, como le había dejado. 



VI 




CAECIÓ, como todos los años, que 
el número harto considerable de 
lanchas vizcaínas ocasionó, al fin 
de la costera del bonito, algún mal- 
estar en Rodillero. Eran tantas las embar- 
caciones que se juntaban por las tardes en 
la ribera, que los pescadores no podían bo- 
tarlas todas á tierra; por muy arriba que 
subiesen las primeras que llegaban de la 
mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían 
precisados sus dueños á dejarlas en los do- 
minios de la marea, amarradas á las otras. 
Esto causaba algunos disgustos y desazones; 
se murmuraba bastante, y se dirigían de vez 



92 



ARMANDO PALACIO VALDES 



en cuando vivas reclamaciones al cabo de 
mar; pero éste no podía impedir que los 
vizcaínos continuasen en el puerto, mientras 
la comandancia de Sarrió no ordenase su 
partida. Las reyertas, sin embargo, no eran 
tantas ni tan ásperas como pudiera espe- 
rarse, debido al temperamento pacífico, lo 
mismo de los naturales, que de los foras- 
teros. 

Mientras el tiempo fué propicio (y lo es 
casi siempre allí en los meses de Junio, Julio 
y Agosto), todo marchó bastante bien; mas 
al llegar Setiembre, creció la discordia y la 
murmuración, con el peligro de las embar- 
caciones que quedaban á flote. Aunque el 
cielo se muestre sereno en este mes y el 
viento no sople recio, á menudo se levanta 
marejada, la cual procede Se temporales que 
se forman en otras regiones apartadas. Estas 
mares gruesas, que reinan en aquella costa 
gran parte del otoño, inquietaban á los ar- 
madores, temiendo que la hora menos pen- 
sada rompiesen las amarras de los barcos, y 
diesen con ellos al través. No había más que 
bajar por la noche á la ribera para conven- 
cerse de que tales temores eran fundados. 
La mar hacía bailar á las lanchas; embestían 



JOSÉ 



93 



unas contra otras duramente, y rechinaban 
cual si se quejasen de los testerazos, produ- 
ciendo en el silencio y la oscuridad rumor 
semejante al de una muchedumbre agitada; 
parecía en ocasiones plática sabrosa que 
unas con otras tenían entablada acerca de 
los varios lances de su vida azarosa; otras 
veces disputa acalorada, donde todas á la 
vez querían mezclarse y dar su opinión; 
otras, grave y encendida pelea, en que algu- 
nas iban á perecer deshechas. 

Un suceso desdichado vino al fin á dar la 
razón á los que más levantiscos andaban y 
con más afán pedían la salida de los viz- 
caínos. En cierta noche oscura, aunque se- 
rena, del citado mes, la conversación de las 
lanchas empezó á ser muy animada desde 
las primeras horas; pronto degeneró en dis- 
puta, que por momentos se fué acalorando; 
á la una de la madrugada estalló una verda- 
dera y descomunal batalla entre ellas, como 
nunca antes se había visto. Los vizcaínos, 
que dormían á bordo, se vieron necesitados 
á ponerse en pie á toda prisa, y á maniobrar 
oportunamente para no padecer avería; más 
de una hora trabajaron esforzadamente im- 
pidiendo la ruina de muchas lanchas, tanto 



94 



ARMANDO PALACIO VALDES 



suyas como de Rodillero, y la deserción de 
otras, pues las sacudidas eran terribles, y 
había peligro de que los cabos se quebra- 
sen. Al fin redobló de tal modo la furia de 
la marejada, que juzgándose impotentes pa- 
ra evitar una catástrofe, corrieron por el 
pueblo dando la voz de alarma. Acudieron 
al instante la mayor parte de los hombres y 
bastantes mujeres; cuando llegaron, algunos 
barcos se habían abierto ya á poder de las 
repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con 
violencia á la puerta de José. 

— José, levanta en seguida; tienes perdida 
lancha. 

El marinero se alzó despavorido de la ca- 
ma, se metió los pantalones y la chaqueta 
apresuradamente, y corrió descalzo y sin na- 
da en la cabeza á la ribera. Antes de llegar 
con mucho, su oído delicado percibió . entre 
el estruendo de las olas un ruido seco de 
malísimo agüero. El espectáculo que confu- 
samente se ofreció á su vista le dejó sus- 
penso. 

La mar estaba picada de veras; el trajín 
de las lanchas que habían quedado á flote 
era vertiginoso: las embestidas menudeaban; 
entre el rumor estruendoso de las olas escu- 



JOSÉ 



95 



chábase más claramente aquel ruido seco 
semejante al crujido de huesos. Uníase á es- 
te formidable rumor las voces de los hom- 
bres, cuyas siluetas se agitaban también vi- 
vamente entre las sombras, acudiendo á sal- 
var sus barcos: increpábanse mutuamente 
por no evitar el choque de las lanchas; pe- 
dían cabos para sujetarlas; procuraban á to- 
da costa apartarlas y dejarlas aisladas; gri- 
taban las mujeres temiendo más por la vida 
de los suyos que por la ruina de los barcos; 
contestaban los hombres á sus llamamientos 
con terribles interjecciones: todo ello for- 
maba un ruido infernal que infundía tristeza 
y pavor. La oscuridad no era tanta que no 
consintiese distinguir los bultos: muchos ha- 
bían traído farolillos, que cruzaban veloz- 
mente de un lado á otro como estrellas 
filantes. 

Repuesto José de la sorpresa, corrió al si- 
tio donde había quedado su lancha nueva, 
que era la que estaba en peligro, pues la 
vieja se encontraba en seco. Su temor, sin 
embargo, no era grande, porque había te- 
nido la fortuna de llegar á tiempo para an- 
clarla detrás de una peña que avanzaba por 
el mar formando un muelle natural. Saltó en 



9 6 



ARMANDO PALACIO VALDES 



la embarcación más próxima á la orilla y de 
una en otra fué pasando hasta el sitio donde 
la había dejado; pero al llegar se halló con 
que había desaparecido. En vano la buscó 
con los ojos por la vecindad; en vano pre- 
guntó á sus compañeros; nadie daba cuenta 
de ella. Por fin uno que llevaba farol le gritó 
desde tierra: 

— José, yo he visto hace rato escapar una 
lancha; no sé si sería la tuya. 

El pobre José recibió un golpe en el cora- 
zón: no podía ser otra, porque las demás es- 
taban allí. 

— Si es la tuya, no pudo ir muy lejos — le 
dijo el marinero que estaba á su lado. — El 
poco viento que hay es forano; la mar la ha- 
brá echado en seguida á tierra. 

Estas palabras fueron dichas con áni- 
mo de darle algún consuelo y nada más: 
bien sabía el que las pronunció que con 
la resaca de aquella noche tanto montaba 
ser arrastrada por la mar, como echada á 
tierra. 

Sin embargo, José concibió esperanzas. 
— Gaspar , dame el • farol — gritó al de 
tierra. 

— ¿Dónde vas? 



josé 97 

— Por la orilla adelante á ver si la en- 
cuentro. 

El marinero que le había consolado, mo- 
vido de lástima, le dijo: 

— Yo te acompaño, José. 

El del farol dijo lo mismo. Y los tres jun- 
tos dejaron apresuradamente la ribera de Ro. 
dillero y siguieron el borde de la mar, re- 
gistrando escrupulosamente todos los para- 
jes donde pensaban que la lancha pudiera 
quedar barada. Después de caminar cerca de 
una milla entre peñas, salieron á una vasta 
playa de arena: allí era donde José tenía 
cifrada principalmente su esperanza : si la 
lancha hubiese barado en ella, estaba salva- 
, da. Mas después de recorrerla toda despacio, 
nada vieron. 

— Me parece que es inútil ir más adelante, 
José — dijo Gaspar; — el camino de las peñas 
debe de estar ya tomado por la mar; está su- 
biendo todavía... 

José insistió en seguir: tenía esperanza de 
* hallar su lancha en la pequeña ensenada 
de los Angeles. Pero la ribera estaba, en 
efecto, invadida por el agua, y por mucho que 
se arrimaban á la montaña, todavía los gol- 
pes de mar les salpicaban. Uno de estos, al 

7 



9 8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



fin, bañó completamente á José y le apagó 
el farol. Entonces los marineros se negaron 
resueltamente á dar un paso más; nadie traía 
cerillas para encenderlo de nuevo; caminar 
sin luz, era expuesto á romperse la cabeza, 
ó por lo menos una pierna, entre las peñas. 
José los animó á volverse, pero negándose 
á seguirlos. 

Quedó solo y á oscuras entre la montaña 
que se alzaba á pico sobre su cabeza, y la mar 
hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar á tie- 
rra, semejaban enormes y oscuras fauces que 
quisieran tragarlo. Mas á nuestro marinero 
no le arredraban las olas ni la oscuridad: 
saltando de peña en peña y aprovechando los 
instantes de calma para salvar los pasos difí- 
ciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, á 
la bahía de los Ángeles. Tampoco allí vió 
nada, por más que se entretuvo buen espacio 
á reconocer una por una las peñas todas que 
la cerraban. Rendido, al fin, y maltrecho, con 
los pies abiertos, empapado y transido, dió 
la vuelta para casa. 

Cuando llegó á la gran playa cercana á 
Rodillero ya había amanecido. El sol brilla 
ba sobre el horizonte y comenzaba á ascen- 
der majestuosamente por un cielo azul y se 



JOSÉ 



99 



reno. El mar seguía embravecido. El agua 
que bañaba la costa estaba turbia, como 
siempre que la marejada es de fondo, y se re- 
volvía airada contra los peñascos de la orilla 
y los batía con fragor: unas veces los tapaba 
enteramente con un blanco manto de espu- 
ma; otras veces los escalaba llena de cóle- 
ra y antes de llegar á la cima caía jadeante; 
otras, en fin, se contentaba con entrar al 
arma por todos sus huecos y concavidades 
para enterarse de si había allí algún enemi- 
go escondido y darle muerte; y no hallando 
á nadie en quien cebar su furor, se retiraba 
gruñendo y murmurando amenazas para tor- 
nar de nuevo y con más bríos á la carga. So- 
bre la gran playa arenosa, venían las olas 
en escuadrones cerrados que se renovaban 
sin cesar; llegaban en línea de batalla altas 
y formidables sacudiendo su melena de es- 
puma; avanzaban majestuosamente sobre la 
alfombra dorada, esperando encontrar resis- 
tencia; pero al ver libre el campo, se deja- 
ban caer perezosamente, no rendidas á nin- 
gún adversario, sino á su misma pesadum- 
bre y fortaleza. Y en pos de estas venían 
otras, y otras después al instante, y des- 
pués otras, y así siempre, sin dar punto de 



IOO 



ARMANDO PALACIO VALDES 



tregua; y todavía allá á lo lejos se colum- 
braban infinitas legiones de ellas que acu- 
dían iracundas y erizadas de todos los pa- 
rajes del globo en socorro de sus compa- 
ñeras. 

La agitación inmensa del océano, puesto 
por arcana razón en movimiento; aquel vai- 
vén confuso que se extendía hasta la línea 
indecisa del horizonte, formaba contraste 
singular con la serenidad riente del firma- 
mento. José detuvo un instante el paso de- 
lante de las olas y contempló el panorama 
con la curiosidad del marino, la cual jamás 
se agota; no había en su mirada rencor ni 
desesperación. Avezados á tener su vida y 
su hacienda en poder de la mar y á ser de- 
rrotados en las luchas que con ella sostienen, 
los pescadores sufren sus inclemencias con 
resignación y respetan su cólera como la de 
un Dios irritado y omnipotente. En aquel 
momento le preocupaba más al marinero 
un barco que veía allá en los confines del 
horizonte, batiéndose con las olas, que su 
propia lancha. Después de observar con 
atención inteligente sus maniobras un buen 
rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al 
divisar las primeras casas le asaltó una idea 



JOSÉ 



1 OI 



muy triste; pensó que la pérdida de la 
lancha iba á estorbar de nuevo su matri- 
monio ya próximo; y como si entonces tan 
sólo se diese cuenta de que iba medio 
desnudo y mojado, comenzó á tiritar fuerte- 
mente. 




VII 



L daño causado en Rodillero por 
aquella gran «vaga de mar» (así 
llaman los pescadores á la mar 
alta), fué harto considerable: cua- 
tro ó cinco lanchas desbaratadas, y mucha 
parte de las otras con avería. Los vizcaínos, 
á quienes se suponía causantes de él, y lo 
eran en realidad, aunque de un modo ino- 
cente, andaban confusos y avergonzados; en 
cuanto la mar se aplacó, á los dos días del 
suceso, izaron vela para su tierra, dejando el 
puerto más despejado y el lugar tranquilo. 

La lancha de José había sido la única 
arrastrada por el agua, lo cual llamó un 




104 



ARMANDO PALACIO VALDES 



poco la atención, porque las amarras de tie- 
rra no estaban rotas, sino que habían mar- 
chado enteras con el barco; esto no era fácil 
de explicar, suponiendo, como es lógico, 
que estuviesen anudadas. Cuando en la baja 
mar sacó José del agua el ancla de cuatro 
lengüetas que usan las lanchas, fué grande 
su sorpresa al ver que el cable no estaba 
roto por la fuerza de un tirón, sino por me- 
dio de cuchillo ó navaja. En vano trató de 
explicarse de un modo natural aquel ex- 
traordinario fenómeno; todo el trabaj o de su 
cerebro era inútil ante la realidad que tenía 
delante. Al fin, y bien á su pesar, brotó en 
su alma la sospecha de que allí había anda- 
do una mano alevosa. Pero esto le causaba 
aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser 
aquella mano? Solamente de un enemigo, y 
él no tenía ninguno; en el pueblo no había, 
á su entender, persona capaz de tal villanía. 
Y para no calumniar mentalmente á nadie, 
obrando con su acostumbrada lealtad, deter- 
minó no pensar más en ello, ni dar noticia 
del terrible descubrimiento. Guardólo, pues, 
en el fondo de su espíritu, haciendo lo posi- 
ble por olvidarlo enteramente. La pérdida 
de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho 



JOSÉ 



menos; pero las consecuencias que consigo 
trajo le llenaron de amargura. 

La señá Isabel mostró tomar parte muy 
principal en su pesadumbre; se deshizo en 
quejas y lamentos; rompió en apostrofes 
violentísimos contra los vizcaínos. En todas 
sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir 
que consideraba muy grave el contratiempo. 

— ¿No es una vergüenza que esos zánganos 
forasteros sean los causantes de la ruina de 
los vecinos de Rodillero?... 

Y dirigiéndose ájosé: 

— No te apures, querido, no te apures por 
quedar arruinado... No te faltará Dios, co- 
mo no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con 
fe, que mientras uno es joven, siempre hay 
esperanza de mejorar de fortuna. 

Estas palabras de consuelo, dejaban pro- 
fundamente desconsolado á nuestro marine- 
ro, pues le advertían bien claramente de que 
no había que hablar de matrimonio por en- 
tonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin 
soltar palabra alguna referente á él, ni delan- 
te de la maestra ni á solas con su novia. 
Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, 
acusaba perfectamente el pesar que embar- 
gaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer 



ioó 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sereno y risueño en la tienda del maestro, y 
procurabalntervenir alegremente en la con- 
versación; mas á lo mejor quedaba serio sin 
poderlo remediar, y se pasaba la mano por 
la frente con abatimiento. Algo semejante le 
acontecía á Elisa: también comprendía que 
era inútil hablar de boda á su madre, y tra- 
taba de ocultar su desazón sin conseguirlo. 
En las breves conversaciones que con José 
tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de 
aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, 
en las tristes y largas miradas que se dirigían 
y en el ligero temblar de sus manos al des- 
pedirse, manifestaban sin necesidad de ex 
plicarse más claramente que la misma idea 
los hacía á ambos desgraciados. Lo peor de 
todo era que no podían calcular ya cuándo 
se calmarían sus afanes, pues pensar en que 
José ahorrase de nuevo para comprar otra 
lancha, valía tanto como dilatar su unión al- 
gunos años. 

Mientras los amantes padecían de esta suer- 
te, comenzó á correr por el pueblo, sin saber 
quién la soltara, la especie, de que la pérdi- 
da de la lancha no había sido fortuita, sino 
intencional. La circunstancia de haber mar- 
chado enteras las amarras se prestaba mu- 



JOSÉ 



I07 



cho á este supuesto; además, se había sabido 
también que el cable del ancla no estaba 
roto, sino cortado. Teresa fué una de las pri- 
meras en tener noticia de ello; y con la pe- 
culiar lucidez de la mujer y de los tempera- 
mentos fogosos, puso en seguida el dedo en 
la llaga: 

— ¡Aquí anduvo la mano de la maestra! 

En vano las comadres le insinuaban la 
idea de que José tenía en el lugar envidiosos 
de su fortuna: no quiso oirías. 

— A mi hijo nadie le quiere mal; aunque 
haya alguno que le envidie, no es capaz de 
hacerle daño. 

Y de esto no había quien la moviera. Irri- 
tósele la bilis pensando en su enemiga, hasta 
un punto que causaba miedo: aquellos días 
primeros apenas osaba nadie dirigirla la pala- 
bra; se puso flaca y amarilla; pasaba el tiem- 
po gruñendo por casa como una fiera ham- 
brienta. 

Por fin una vez se plantó delante de José 
con los brazos en jarra, y le dijo: 

— ¿Cuánto vamos á apostar á que cojo á 
la madre de tu novia por el pescuezo y se 
lo retuerzo? 

José quedó aterrado. 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¿Por qué, madre? — preguntó con voz 
temblorosa. 

— Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué 
tienes que decir á esto? — repuso ella cla- 
vándole una mirada altiva. 

El marinero bajó la cabeza sin contestar; 
conociendo bien á su madre, esperó á que se 
desahogara. 

Viendo que él no replicaba, Teresa pro- 
siguió, pasando de súbito de su aparente 
calma á una furiosa exaltación: 

— Sí; un día la cojo por los pocos pelos 
que le quedan y la arrastro hasta la ribera... 
¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa 
\ ' sin vergüenza!... 

Y siguió recorriendo fogosamente todo el 
catálogo de los dicterios. José permaneció 
mudo mientras duró la granizada; cuando se 
fué calmando, tornó á preguntar: 

— ¿Por qué, madre? 

— ¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha 
sido, ¡esa infame! quien te hizo perder la 
lancha... 

— ¿Y cómo sabe V. eso? — preguntó el 
pescador con calma. 

Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero 
la ira la hizo mantener en aquel momento 



JOSÉ 



109 



que sí, que lo sabía á ciencia cierta, y no 
teniendo datos ni razones que exponer en 
apoyo de su afirmación, las suplía con gri- 
tos, con insultos y amenazas. 

José trató de disuadirla con empeño, re- 
presentándola el grave pecado que era acha- 
car á cualquiera persona una maldad seme- 
jante sin estar bien seguro de ello; pero la 
viuda no quiso escucharle; siguió cada vez 
con mayor cólera profiriendo amenazas. En- 
tonces el marinero, atribulado, pensando en 
que si su madre llegaba á hacer lo que decía 
sus relaciones con Elisa quedaban rotas para 
siempre, exclamó con angustia: 

— ¡Madre, por Dios le pido que no me 
pierda! 

Fué tan dolorido el acento con que estas 
palabras se pronunciaron, que tocó el cora- 
zón de Teresa, el cual no era perverso sino \ 
cuando la ira le cegaba. Quedó un momento 
suspensa; murmuró aún algunas frases duras; 
finalmente se dejó ablandar, y prometió es- 
tarse quieta. Mas á los tres ó cuatro días, en 
un arranque de mal humor, rompió otra vez 
en amenazas contra su enemiga. Con esto 
José andaba triste y sobresaltado, esperando 
que la hora menos pensada se armase un, es- 



no 



ARMANDO PALACIO VALDES 



cándalo que diera al traste con sus vacilan- 
tes relaciones. 

Teresa no sosegaba tampoco, queriendo 
á toda costa convertir en certidumbre la sos- 
pecha que la roía el corazón. Corría por las 
casas del pueblo interrogando á sus amigas, 
indagando con más destreza y habilidad que 
un experimentado agente de policía. Al cabo 
pudo averiguar que, días antes del suceso, 
la señá Isabel había tenido larga plática con 
Rufo el tonto á la orilla del mar. Este dato 
bañó de luz el tenebroso asunto; ya no había 
duda: la maestra era la inteligencia y Rufo 
el brazo que había cometido el delito. En- 
tonces Teresa, para obtener la prueba de 
ello, se valió de un medio tan apropiado á 
su genio como oportuno en aquella sazón. 
Buscó inmediatamente á Rufo; hallólo en la 
ribera rodeado de unos cuantos marineros 
que se solazaban zumbándole, y dirigiéndo- 
se á él de improviso, lanzando rayos de có- 
lera por los ojos, le dijo: 

— ¿Conque has sido tú, gran picaro, el 
que soltó los cabos de la lancha de mi hijo, 
para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas á 
morir á mis manos! 

El tonto, sorprendido de este modo, cayó 



JOSÉ 



en el lazo; dió algunos pasos atrás, empali- 
deció horriblemente, y plegando las manos 
comenzó á decir lleno de miedo: 

— ¡Peldóneme, señá Telesa!... ¡Peldóneme, 
señá Telesa!... 

Entonces ella se vendió á su vez; en lugar 
de seguir en aquel tono irritado y amenaza- 
dor, dejó que apareciese en su rostro una 
sonrisa de triunfo. 

— ¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... 
Pero de ti no ha salido esa picardía... eres 
demasiado tonto... Alguien te ha inducido á 
ello... ¿Te lo ha aconsejado la maestra, 
verdad? 

El tonto, repuesto ya del susto y adver- 
tido por aquella sonrisa, tuvo la suficiente 
malicia para no comprometer á la madre de 
su ídolo. 

— No señóla; no señóla; fui yo sólo... 

Teresa trató con empeño de arrancarle el 
secreto; pero fué en vano. Rufo se mantuvo 
firme; los marineros, cansados de aquella bre- 
ga, dijeron á una voz: 

— Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sa- 
cará nada en limpio. 

La viuda persuadida, hasta la evidencia de 
que la autora de su infortunio era la señá 



112 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habér- 
selo podido sacar del cuerpo al idiota, corrió 
derechamente á casa de aquélla. 

Estaba á la puerta de la tienda cosiendo. 
Teresa la vio de lejos y gritó con acento 
jocoso: 

— Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? 
Allá voy á ayudarla á V. un poquito. 

No sabemos lo que la señá Isabel encon- 
traría en aquella voz de extraordinario, ni 
lo que vería en los ojos de la viuda al le- 
vantar la cabeza; lo cierto es que se alzó 
súbitamente de la silla, se retiró con ella y 
atrancó la puerta, todo con tal presteza, que 
por mucho que Teresa corrió, ya no pudo 
alcanzarla. Al verse defraudada, empujó con 
rabia la puerta gritando: 

— ¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?... 

Pero al instante apareció en la ventana 
la señá Isabel diciendo con afectado sosiego. 

— No me escondo, no; aquí me tienes. 

— Baje V. un momento, señora — replicó 
Teresa, disfrazando con una sonrisa el tono 
amenazador que usaba. 

— ¿Para qué me quieres abajo? ¿Para ver- 
te mejor esa cara de zorra vieja que te ha 
quedado? 



JOSÉ 



"3 



Este feroz insulto fué dicho con voz tran* 
quila, casi amistosa. Teresa se irguió brava- 
mente sintiendo el acicate, y alzando los pu- 
ños á la ventana, gritó: 

— ¡Para arrancarte esa lengua de víbora 
y echársela á los perros, malvada! 

Algunos curiosos rodeaban ya á la viuda-, 
otros se asomaban á las ventanas de las ca- 
sas vecinas esperando con visible satisfac- 
ción el espectáculo traji-cómico que se ini- 
ciaba. En Rodillero las pendencias entre 
mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado 
el genio vivo y exaltado de la mayoría de 
ellas: la mala educación, la ausencia de ur- 
banidad propias de la plebe, no sólo hace 
que menudeen, sino que les da siempre un 
aspecto grosero y repugnante: además, en 
Rodillero, el asunto de las riñas tiene algo 
de tradicional y privativo; desde muy anti- 
guo gozan fama en Asturias las disputas de 
las mujeres de este pueblo, y se sabe que no 
las hay más desvergonzadas y temibles cuan- 
do se desbocan. Así que, acostumbradas 
desde niñas á presenciarlas y á tomar parte 
muy á menudo, casi todas conocen bastante 
bien el arte de reñir y algunas llegan á ser 
consumadas maestras. Este mérito no queda 

8 



ii 4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



oculto; se dice, por ejemplo: «Fulana riñe 
bien; Zutana se acalora demasiado prontq; 
Mengana da muchos gritos y no dice nada,» 
lo mismo que en Madrid se comentan y 
aquilatan las dotes de los oradores impor- 
tantes. Había no hace mucho tiempo en Ro- 
dillero una persona que eclipsaba á todas las 
reñidoras del lugar y las derrotaba siempre 
que entraba en liza con ellas: era un hombre, 
aunque por sus gustos é inclinaciones tenía 
mucho de mujer; se llamaba, ó se llama, Pedro 
Regalado, pero nadie le conoce allí por otro 
nombre que por el de el marica de D. Cán- 
dido. Teresa, aunque había reñido innume- 
rables veces, no había llegado á adquirir, 
debido á su natural impetuoso, el grado de 
perfección que la retórica de las comadres 
exigía; aquel velar las injurias para herir al 
adversario sin descubrirse; aquel subir y ba- 
jar la voz con oportunidad, aquel manotear 
persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel ale- 
jarse con majestad y venir de improviso con 
un nuevo insulto en la boca. La señá Isabel, 
por su posición un tanto más alta, descendía 
pocas veces á la palestra de la calle, pero 
era comúnmente temida á causa de su astu- 
cia y malevolencia. 



I 



JOSÉ 115 



— A los perros hace tiempo que estás 
echada tú, pobrecilla — dijo contestando sin 
inmutarse á la terrible amenaza de Teresa. 

— ¡Eso quisieras tú; echarme á los perros! 
Para empezar me quieres echar á pedir li- 
mosna, quitándome el pan. 

— ¿Qué te he quitado yo? 

— La lancha nueva de mi hijo, ¡infame! 

— ¿Que me he comido yo la lancha de 
tu hijo? ¡No creía tener tan buenas traga- 
deras! 

Los curiosos rieron. Teresa, encendida de 
furor, gritó: 

— Ríete, picara, ríete, que ya sabe todo 
el pueblo que has sido tú la que indujo al 
tonto del sacristán á cortar los cables de 
la lancha. 

La maestra empalideció y quedó un ins- 
tante suspensa; pero repuesta en seguida, 
dijo: 

— Lo que sabe todo el pueblo es que hace 
tiempo que debieras estar encerrada, por 
loca. 

— Encerrada, pronto lo serás tú en la cár- 
cel. ¡Te he de llevar á la cárcel, ó poco he 
de poder! 

— Calla, tonta, calla — dijo la maestra, de 

# 



lió 



ARMANDO PALACIO VALDES 



jando aparecer en su boca una sonrisa, — ¿no 
ves que se están riendo de ti? 

— ¡A la cárcell ¡á la cárcel! — repitió la 
viuda con energía, y volviéndose á los cir 
cunstantes, preguntó enfáticamente: — ¿Ha- 
béis visto nunca mujer más perversa?... La 
madre murió de un golpe que le dió esta 
bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó 
de casa á su hermano y le obligó á sentar 
plaza... A su marido, que era un buen hom- 
bre, le dejó morir como á un perro, sin mé- 
dico y sin medicinas, por no gastarse los 
cuartos... que tampoco eran suyos; y si no 
mata á este que ahora tiene, consiste en que 
es un calzonazos que no la estorba para 
nada... 

En este momento, D. Claudio, que estaba 
detrás de su mujer sin atreverse á intervenir 
en la contienda, sacó su faz deprimida y más 
fea aún por la indignación que reflejaba, di- 
ciendo: 

— ¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de 
aquí ó doy parte en seguida al señor alcalde! 

Pero la maestra, que refrenaba con gran- 
dísimo trabajo la ira, halló medio de darla 
algún respiro sin comprometerse, y exten- 
diendo el brazo, le pegó un soberbio mojicón 



JOSÉ 



i!7 



de mano vuelta en el rostro. El pobre peda- 
gogo, al verse maltratado tan inopinada- 
mente, sólo tuvo ánimo para exclamar, lle- 
vándose las manos á la parte dolorida: 

— ¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas? 

Teresa estaba tan embebida en la enume- 
ración de las maldades de su enemiga, que 
no advirtió aquel chistoso incidente y siguió 
diciendo á la muchedumbre que la rodeaba: 

— Ahora roba el dinero de su hija, lo que 
el difunto tenía de sus padres, y no la deja 
casarse por no soltar la tajada... j Antes de- 
jará los dientes en ella!... 

La señá Isabel lanzó una carcajada estri- 
dente. 

— ¡Vamos, ya pareció aquello! ¿Estás 
ofendida porque no quiero que mi hija se 
case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las 
uñas á mi dinero y divertirte con él, verdad? 
Lámete, pobrecilla, lámete, que tienes el 
hocico untado. 

La viuda se puso encarnada como una 
brasa. 

— Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu di- 
nero. Lo que queremos es que no nos robes. 
¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona! 

El furor de que estaba poseída le hizo re- 



n8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



petir innumerables veces esta injuria, expo- 
niéndose á ser procesada; en cambio la 
maestra procuraba insultarla á mansalva. 

— ¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo 
que tenías, ya no se acuerda nadie de cuándo 
te lo han robado... 

— ¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona! — gritaba 
la viuda, á quien ahogaba el coraje. 

■ — Calla, tonta, calla — decía la seña Isabel 
sin caérsele la sonrisa de los labios. — Va- 
mos, por lo visto, tú quieres que te llame 
aquello... 

— ¡Has de parar en la horca, bribona! 

— No te empeñes en que te llame aquello, 
porque no quiero. — Y volviéndose á los cir 
cunstantes, exclamaba con zumba: 

— ¡Será terca esta mujer, que se empeña 
en que le llame aquello!.. . ¡Y yo, no quiero!... 
¡Y yo, no quiero!... 

Al decir estas palabras abría los brazos 
con una resolución tan graciosa, que excita- 
ba la risa de los presentes. El furor de Te- 
resa había llegado al punto máximo; las 
injurias que salían de su boca eran cada vez 
más groseras y terribles. 

Por grande que sea nuestro amor á la ver- 
dad, y vivo el deseo de representar fielmente 



JOSÉ 



119 



una escena tan señalada, el respeto que de- 
bemos á nuestros lectores nos obliga á ha- 
cer alto. Su imaginación podrá suplir fácil- 
mente lo que resta. La reyerta prosiguió 
encendida largo rato y en la misma disposi- 
ción; esto es, la señá Isabel esgrimiendo la 
burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose á 
todos los denuestos imaginables: la acción 
acompañaba á la violencia de sus palabras; 
iba y venía con portentosa celeridad; daba 
vueltas en redondo como una peonza; sacu- 
día los brazos en todas direcciones; desga- 
rraba el pañuelo de la garganta que le sofo- 
caba; todo su cuerpo se estremecía cual si 
estuviese sometido á una corriente magné- 
tica. Más de cien veces se alejó de aquel 
sitio, y otras tantas volvió para arrojar con 
voz enronquecida un nuevo insulto á la faz 
de su enemiga. Por último, rendida á tanto 
esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó defi- 
nitivamente. Los curiosos la perdieron de 
vista entre las revueltas de la calle. La señá 
Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ven- 
tana: 

— ¡Anda, anda; vete á casa y toma tila y 
azahar; no sea cosa que te dé la perlesía, y 
revientes! 



I20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Teresa padecía, en efecto, del corazón, y 
solía resentirse cuando experimentaba al- 
gún disgusto. En cuanto llegó á casa cayó 
en un accidente tan grave, que fué necesa- 
rio llamar apresuradamente al cirujano del 
lugar. 




VIII 




UANDO á la tarde llegó José de la 
mar y se enteró de lo acaecido, 
experimentó el más fiero dolor de 
su vida. No pudo medirlo bien, sin 



embargo, hasta que su madre salió del acci- 
dente; los cuidados que exigía y la zozobra 
que inspiraba le hacían olvidar en cierto mo- 
do su propia desdicha. Mas al ponerse bue- 
na á los dos ó tres días, sintió tan viva y 
tan cruel la herida de su alma, que estuvo á 
punto de adolecer. No salió de sus labios, 
á pesar de esto, una palabra de recrimina- 
ción-, enterró su dolor en el fondo del pecho 
y siguió ejecutando la tarea cotidiana con 



122 



ARMANDO PALACIO VALDÉV 



el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de 
la mar por las tardes, en vez de ir á la tien- 
da de la maestra ó de pasar un rato en la 
taberna con sus amigos como antes, se 
metía en casa, así que despachaba los ne- 
gocios del pescado, y no volvía á salir 
hasta el siguiente día á la hora de embar- 
carse. 

Esta resignación mortificaba aun más á 
Teresa que una reyerta cada hora: andaba 
inquieta y avergonzada: su corazón de ma- 
dre padecía al ver el dolor mudo y grave de 
su hijo: aunque no se hubiese apagado ni 
mucho menos en su alma la hoguera de la 
cólera, y desease frenéticamente tomar ven- 
ganza acabada de la señá Isabel, empezaba 
á sentir algo parecido al remordimiento. Pe- 
ro no fué parte esto á impedir que deman- 
dase judicialmente al sacristán reclamándole 
los daños causados por su hijo Rufo, el cual 
por su inocencia no era responsable ante la 
ley. Y como el hecho estaba bien probado, 
el juez de Sarrio condenó al cabo al sacris- 
tán á encerrar en casa al tonto y á resarcir 
el valor de la lancha á José. Lo primero fué 
ejecutado al punto; mas á lo segundo no era 
fácil darle cumplido efecto, porque el sacris- 



JOSÉ 



123 



tán vivía de los escasos emolumentos que el 
cura le pagaba, y no se le conocían más bie- 
nes de fortuna: cuando el escribano fué á 
embargarle la hacienda vióse necesitado á 
tomar los muebles, los enseres de cocina y 
las ropas de cama, todo lo cual, viejo y es- 
tropeado, produjo poquísimo dinero. Mas 
la sacristana debía de estimarlo como si fue- 
se de oro y marfil, á juzgar por el llanto y 
los suspiros que le costó desprenderse de 
ello. Tenía esta mujer opinión de bruja en 
el pueblo; las madres la miraban con terror 
y ponían gran cuidado en que no besara á 
sus pequeños; los hombres la consultaban 
algunas veces cuando hacían un viaje largo 
para saber su resultado. Ella, en vez de 
trabajar por deshacer esta opinión, la fo- 
mentaba con su conducta, á semejanza de 
lo que en otro tiempo hacían algunas des- 
dichadas que la Inquisición mandaba á la 
hoguera: la vanidad femenina puede llegar 
á tales extravíos. Decía la buenaventura por 
medio de las cartas ó las rayas de la mano; 
sacaba el maleficio al que no podía usar del 
matrimonio; propinaba untos y polvos para 
ser querido de la persona deseada, y se daba 
aire de suficiencia y aparato de misterio que 



I2 4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



excitaba grandemente la fantasía de los 
pobres pescadores. 

Al ver que le arrebataban de casa sus 
muebles, prorrumpió en maldiciones tan es- 
pantosas contra Teresa y su hijo, que consi- 
guió horrorizar á los curiosos, que como su- 
cede siempre en tales casos, habían seguido 
al escribano y al alguacil. 

— ¡Permita Dios que esa bribona pida li- 
mosna por las calles y la ahorquen después 
por ladrona! Permita Dios que se le haga 
veneno lo que coma! ¡Permita Dios que su 
hijo vaya un día á la mar y no vuelva! 

Mientras los ministros de la justicia des- 
empeñaron su tarea, no cesó de invocar al 
cielo y al infierno contra sus enemigos. Los 
vecinos que se hallaban presentes marcharon 
aterrados. 

— Por todo lo que tiene D. Anacleto — 
decía un marinero viejo á los que iban con 
él — no quisiera estar ahora en el pellejo de 
José el de la viuda. Hay que temer las maldi- 
ciones de esa mujer. 

— No será tanto — repuso otro más joven 
y más despreocupado. 

— Te digo que sí: tú eres mozo y no pue- 
des acordarte, pero aquí están Casimiro y 



JOSÉ 



125 



Juan, que bien saben lo que á mí me ha pa- 
sado con ella hace ya algunos años... Iba yo 
una tarde á la ribera para salir á la merluza, 
cuando me llamó para pedirme que llevase 
conmigo á su Rufo y le hiciese rapaz de la 
lancha. Yo me negué á ello, claro está, por- 
que ese bobo nunca ha servido para nada. Se 
puso entonces como una perra rabiosa con- 
tra mí, y me llenó de insultos y maldiciones. 
Yo sin hacer caso seguí mi camino y entré 
á bordo: llegamos á la playa de la merluza á 
eso de las nueve y tuvimos los aparejos 
echados hasta el amanecer. ¿Querrás creer 
que no aferré más de tres merluzas? Las demás 
lanchas vinieron con cada ochenta, cien- 
to y hasta la hubo de ciento treinta. Al día 
siguiente me sucedió poco más ó menos 
lo mismo, y al otro igual, y al otro igual... 
En fin, muchacho, que no tuve más remedio 
que ir á su casa y pedirle por Dios que me 
levantase la maldición... 

Los marineros viejos apoyaron lo que su 
compañero afirmaba. Cuando los demás ve- 
cinos tuvieron noticia de las tremendas mal- 
diciones proferidas por la mujer del sacris- 
tán, también compadecieron sinceramente á 
José. La misma Teresa, al saberlo, se sintió 



126 



ARMANDO PALACIO VALDES 



atemorizada, por más que la soberbia le hi- 
ciese ocultar el miedo. 

A la hora de comer, la señá Isabel, que 
lo había aprendido en la calle, se lo notició 
á su hija con extremado deleite. 

— ¿No sabes una cosa, Elisa? 

-¿Qué? 

— Que hoy fueron á embargar los mue- 
bles á Eugenia la sacristana por lo que hizo 
su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero 
anda, que no les arriendo la ganancia ni á 
éste ni á su madre!... Las maldiciones que 
aquella mujer les echó no son para dichas... 
Creo que daban miedo. 

Elisa, cuya alma impresionable y supers- 
ticiosa conocía bien la maestra, se puso 
pálida. 

— ¡Fueron espantosas, según cuentan! — 
prosiguió la vieja relamiéndose interiormen- 
te. — Que había de verles pidiendo limosna 
por las calles... que ojalá José necesitase ro- 
bar para comer y le viese después colgado 
de una horca, ó que saliese un día á la mar 
y no volviese... 

Las manos de Elisa temblaban al llevar 
la cuchara á la boca, mientras su madre, con 
j refinada crueldad, repetía una por una las 



JOSÉ 



127 



atrocidades que por la mañana había profe- 
rido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas 
salieron rodando de sus ojos hermosos. La 
maestra, al verlas, se indignó terriblemente. 

— ¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en 

el mundo muchacha más bobalicona? 

¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo 
para llorar! 

Y levantándose de la silla, la aplicó un 
par de soberbias bofetadas, que enrojecieron 
las mejillas de la cándida doncella. 

Mientras tales sucesos acaecían, estaba 
feneciendo en Rodillero la costera del boni- 
to; por mejor decir, había terminado entera- 
mente. Corrían los postreros días de Octu 
bre; el tiempo estaba sereno; la mar se riza- 
ba levemente en toda su extensión al paso 
de las brisas frías del otoño; el cielo, á la 
caída de la tarde, se presentaba diáfano y 
pálido; algunas nubes de color violeta per- 
manecían suspendidas en el horizonte; los 
cabos de la costa parecían más cercanos por 
la pureza del ambiente; cuando las ráfagas 
de la brisa eran más vivas corrían por la 
superficie del mar fuertes temblores de frío, 
cual si al monstruo se le pusiese carne de 
gallina. 



128 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Había llegado la época propicia para la 
pesca de la sardina, más descansada y de 
menos peligro que la del bonito. Desgracia- 
damente, aquel año se presentó muy poca en 
la costa, las lanchas salían por mañana y 
tarde y regresaban la mayor parte de los 
días sin traer sobre los paneles el valor de 
la raba que habían echado al agua como 
cebo. ¡Qué distinto aquel año del anterior, 
en que se pescaba en una hora lo bastante 
para tornarse á casa satisfechos; en que las 
gaviotas se cernían en bandadas sobre las 
barcas para recoger las migajas del botín-, 
en que los muchachos, encaramados sobre 
las peñas, veían brillar de lejos la sardina en 
el fondo de las lanchas como montones enor- 
mes de lingotes de platal Y no habiendo 
sardina, tampoco tenían cebo para salir al 
congrio y la merluza, ni pescar cerca de la 
costa la robaliza, el rollo, el salmonete y 
otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, 
á presentarse muy pronto en Rodillero, por- 
que los pescadores viven ordinariamente 
para el día, sin acordarse del siguiente. Al- 
gunos de ellos, no obstante, se defendían de 
la miseria persistiendo en salir al bonito, 
puesto que éste andaba escaso también, y 



JOSÉ 



129 



se corría ya, por lo avanzado de la estación, 
grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta 
época, se alborota presto; el viento, á veces, 
también cae de un modo repentino, y las 
lanchas necesitan alejarse mucho para hallar 
aquel pescado. José era uno de estos mari- 
neros temerarios; pero vencido al fin de las 
amonestaciones de los viejos y de su propia 
experiencia, que también se lo mandaba, de- 
terminó de suspender las salidas al bonito y 
dedicarse á la sardina, aunque con poquísi- 
mas esperanzas de obtener buen resultado. 

Antes de emprender esta pesca se fué una 
mañana por tierra á Sarrio con el objeto de 
comprar raba. Había amanecido un día se- 
reno: el mar presentaba un color lechoso: el 
sol se mantuvo largo rato envuelto en una 
leve gasa blanca; los cabos en vapor tras- 
parente y azulado. Sobre la llanura del mar, 
el cielo aparecía estriado de nubes matiza- 
das de violeta y rosa. A las diez de la maña- 
na el sol rompió su envoltura, disipáronse las 
nubes, y comenzó á ventar fresco del N. E. 
A la una de la tarde la brisa se fué cal- 
mando, y aparecieron por la parte de tierra 
algunas nubecillas blancas como copos de 
lana: se indicó el contraste: á la media hora 



9 



130 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ya se había declarado. El viento del Oeste 
consiguió la victoria sobre su enemigo, y 
comenzó á soplar reciamente, pero sin ins- 
pirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fué 
aumentando poco á poco, de suerte que á 
las tres soplaba ya huracanado. Los mari- 
neros que estaban en el pueblo habían acu- 
dido todos á la ribera. A partir de esta ho 
ra, fué aumentando por momentos la fuerza 
del vendaval. Comenzó á sentirse en el pue- 
blo la agitación del miedo: un rumor sordo 
y confuso producido por las idas y venidas 
de la gente, por las preguntas que los veci- 
nos se dirigían unos á otros. Las mujeres 
dejaban las ocupaciones de la casa y salían 
á las puertas y á las ventanas, y se miraban 
asustadas, y se interrogaban con los ojos y 
con la lengua. 

— ¿Han llegado las lanchas? 

— ¿Están las lanchas fuera? 

Y unas después de otras, las que tenían 
á los suyos en el mar, enderezaron sus 
pasos hacia la ribera, formando grupos y 
comunicándose sus temores. Mas antes de 
que pudiesen llegar allá, el viento se desató 
violento é iracundo, como pocas veces se 
había visto: en pocos minutos se convirtió 



JOSÉ 



en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar 
por el estrecho barranco de Rodillero, con 
ruido infernal, batió furiosamente las puertas 
de las casas, arrebató algunas redes que se 
hallaban tendidas en las ventanas, y arrojó 
remolinos de inmundicia á los ojos de los 
vecinos. Las mujeres , embargadas por el 
miedo, suspendieron toda conversación y 
corrieron desaladas á la playa: los demás 
habitantes, hombres, mujeres y niños, que 
no tenían ningún pariente en la mar, dejaron 
también sus casas, y las siguieron; por la 
calle no se oía más que este grito: « ¡Las 
lanchas! ¡las lanchas!» 

Al desembocar aquella muchedumbre en 
la ribera, el mar ofrecía un espectáculo her- 
moso, más que imponente^ Los vientos re- 
pentinos no traen consigo gran revolución 
en las aguas por el momento, sino una ma- 
rejada viva y superficial. Así que, la vasta 
llanura sólo estaba fuertemente fruncida-, bri 
liaban en toda su extensión infinitos puntos 
blancos, surgiendo y desapareciendo alter 
nativamente á modo de mágico chisporroteo. 
Pero los centenares de ojos clavados en el 
horizonte con ansiedad, no vieron señal nin- 
guna de barco. Entonces una voz gritó: — «¡A 



132 



ARMANDO PALACIO VALDF.S 



San Esteban!... ¡á San Esteban!» — Todos de- 
jaron la ribera para subir á aquel monte, que 
señoreaba una extensión inmensa de agua. 
La mayoría se fué á buscar corriendo el ca- 
mino que por detrás del pueblo conducía á 
él; mas los niños y las pobres mujeres que 
tenían á sus esposos y hermanos en la mar, 
se pusieron á escalarlo á pico; la impacien- 
cia, el terror, el ansia, les daba fuerza para 
trepar por las rocas puntiagudas y la maleza. 

Cuando llegaron á la cima y tendieron la 
vista por la gran planicie del océano, vieron 
en los confines del horizonte tres ó cuatro 
puntos blancos; eran las lanchas. Después 
fueron apareciendo sucesivamente otros va- 
rios, mostrándose unos y otros cada vez 
con más precisión. 

— Vienen todas en vuelta de tierra, con ei 
borriquete de proa solamente — dijo uno de 
los marineros que acababan de llegar. 

— En vuelta de tierra, sí; pero á buscar 
pronto el abrigo de la costa: tienen la proa 
puesta á Peñascosa — repuso otro. 

El grupo de los espectadores colocado en 
la cima del monte, se fué engrosando rápi- 
damente con los que llegaban á toda prisa. 
El viento hacía tremolar vivamente los pa- 



JOSÉ 133 



ñuelos de las mujeres, y obligaba á los hom- 
bres que gastaban sombrero á tenerlo suje- 
to con la mano. Reinaba silencio ansioso en 
aquel puñado de seres humanos: el huracán 
zumbaba con fuerza en los oídos, hasta atur- 
didos y ensordecerlos: todos los ojos esta- 
ban clavados en aquellos puntitos blancos 
que parecían inmóviles allá en el horizonte. 
De vez en cuando, los marineros se comuni 
caban rápidamente alguna observación. 

— La salsa les debe de incomodar. 

— Phs... eso importa poco: por ahora, la 
mar no les hace mayor daño. Si consiguen 
abrigarse, no hay cuidado. 

— Necesitan orzar mucho. 

— Claro; todo lo que dé el viento...; y aun 
así, no sé si podrán meterse detrás del cabo. 

Las lanchas, al fin, se fueron ocultando 
una en pos de otra donde el marinero decía. 

El grupo respiró. Sin embargo, aquel 
consuelo se fué trocando poco á poco en 
angustia á medida que el tiempo avanzaba 
y los barcos no parecían sobre la punta de 
tierra más próxima á Rodillero, denominada 
el Cuerno. 

Trascurrió media hora; el grupo de los 
vecinos, tenía los ojos fijos en este cabo con 



134 ARMANDO PALACIO VALDES 

expresión de anhelo: el viento seguía cada 
vez más soberbio y embravecido. 

— Mucho tardan — dijo un marinero al 
oído de otro. 

— Se habrán metido quizá en la concha 
de Peñascosa — contestó este. 

— O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla. 

Tenía razón el primero. Después de aguar- 
dar largo rato, apareció por el Cuerno una 
lancha con el borriquete solamente y á me- 
dio izar. 

— ¡Es la de Nicolás de la Tejera! — dije- 
ron á un tiempo varias voces. 

— ¡Alabado sea Dios! — ¡Bendita sea la 
Virgen Santísima! — ¡El Santo Cristo hermo- 
so los ha salvado! — dijeron casi á un tiempo 
las esposas y las madres de los que la tripu- 
laban. 

Y bajaron corriendo á la ribera para es- 
perarlos. 

Al poco rato, apareció otra. 

— ¡Es la de Manuel de Dorotea! — excla- 
maron en seguida en el grupo. 

Se escucharon las mismas bendiciones y 
gritos de alegría, y otro golpe de mujeres 
y niños se destacó corriendo á la playa. 

Luego vino otra, y luego otra, y así suce- 



JOSÉ 



135 



sivamente fueron apareciendo unas tras otras 
las lanchas. El grupo del monte de San Es- 
téban iba mermando poco á poco á medida 
que las barcas entraban en la ensenada de 
Rodillero. Pronto quedó reducido á un pu- 
ñado de personas. Faltaba una sola lancha. 
En la ribera, se sabía ya que aquella lancha 
no había de llegar, porque había zozobrado; 
pero nadie osaba subir á San Estéban á no- 
ticiarlo. Las pobres mujeres que allí esta- 
ban, esperaban con sus pequeñuelos de la 
mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su 
desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar 
del pensamiento la terrible idea. 

El sol se ocultaba ya entre rojizos res- 
plandores: el viento aún persistía en soplar 
furiosamente: las aguas del océano dejaban 
de fruncirse y comenzaban á hincharse con 
soberbia. Las esposas y madres seguían con 
los ojos clavados en el mar esperando siem- 
pre ver aparecer los suyos: nadie se decía 
una palabra ni de temor ni de consuelo; mas, 
sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas 
saltaban á los ojos: el viento las secaba 
prontamente. 

Mientras esto acaecía en Rodillero, José 
caminaba apresuradamente la vuelta de él 



136 



ARMANDO PALACIO VALDES 



por la carretera de Sarrio. Como marino ex- 
perimentado, comprendió á las primeras se- 
ñales de contraste que iba á caer un viento 
peligroso. Al observar la violencia inusitada 
de las ráfagas, se dijo, lleno de tristeza: — «Es 
imposible que hoy no suceda una desgracia 
en Rodillero.» — Y apretó cuanto pudo el pa- 
so. De vez en cuando se detenía algunos 
intantes para subir á alguna eminencia del 
camino y escrutar atentamente los horizon- 
tes de la mar en busca de las lanchas. Cuan- 
do el huracán llegó á su mayor poder, no le 
fué dado resistir la impaciencia: dejó el ba- 
rril de raba, que había comprado, en manos 
de otro caminante que halló por casualidad, 
y se dió á correr como un gamo hasta per- 
der el aliento. 

Cuando alcanzó las primeras casas del 
pueblo, era ya muy cerca del oscurecer. Un 
grupo de chicos estaba jugando á los bolos 
en las afueras: al pasar por delante, uno de 
ellos le dijo: 

— José-, la lancha de Tomás se perdió. 

El marinero detuvo el paso, y preguntó 
visiblemente conmovido: 

— ¿Dónde iba mi cuñado Nicasio? 

El muchacho bajó la cabeza sin conten 



JOSÉ 



37 



tar, asustado ya y arrepentido de habérselo 
dicho. 

José se puso terriblemente pálido, quitóse 
la boina y comenzó á mesarse los cabellos, 
dejando escapar palabras de dolor y gemi- 
dos. Siguió caminando hacia el pueblo, y 
entró en él escoltado por el grupo de chicos 
y por otros muchos que se les fueron agre- 
gando. — «Ahí va José; ahí va José de la viu- 
da:» — se decían los vecinos acercándose á 
las puertas y ventanas para verle pasar des- 
colorido y con la boina en la mano. Al cru- 
zar por delante de una taberna, salieron de 
ella tres ó cuatro voces llamándole; y otros 
tantos marineros acudieron á detenerle, y le 
hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; 
otro el Corsario. 

— Acaban de decirme que se perdió la 
lancha de Tomás... ¿No se salvó ninguno? — 
preguntó temblándole la voz, al poner el 
pie en la taberna. 

Ninguno de los marineros esparcidos por 
ella, le contestó. Después de algunos instan- 
tes de silencio, uno le dijo: 

— Vamos, José; toma un vaso de vino, y 
serénate: todos estamos sujetos á lo mismo. 

José se dejó caer sentado sobre el banco 



I38 ARMANDO PALACIO "VALDES 



próximo al mostrador, y metió la cabeza 
entre las manos sin hacer caso del vaso que 
su compañero le puso delante. Al cabo de 
un rato, sin embargo, alargó la mano para 
cogerlo y bebió todo el vino con avidez. 

— ¡Qué se va á hacer! ¡Vaya todo por 
Dios! — dijo al colocarlo otra vez sobre el 
mostrador: y limpiándose con la boina algu- 
nas lágrimas que le rodaban por el rostro, 
preguntó ya con voz entera: 

— ¿Y cómo fué eso? 

— Pues nada, muchacho, se fueron á pique 
porque quisieron — le contestó uno. — Cuando 
veníamos todos con el borriquete medio re- 
lingado y con muchísimo ojo, y que no nos 
llegaba la camisa al cuerpo, vemos que 
Tomás iza el trinquete en el palo del medio... 
Me parece que no había acabado de relingar 
cuando ¡zásl dió vuelta la lancha... 

— ¿No quedó flotando alguno? — preguntó 
Bernardo. 

— Sí; vimos tres ó cuatro. 

— ¿Y por qué no los recogisteis? 

— Porque pasábamos-muy lejos de ellos... 
Detrás de nosotros y bien á barlovento ve- 
nía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él 
los recogería. 



JOSÉ 



139 



— ¡Pensabais! ¡pensabais! — exclamó Ber- 
nardo indignado. — ¡Lo que yo pienso es que 
debierais ir entre guardias civiles á la cárcel 
así que saltasteis en la riberal 

— ¿Por qué, morral, por qué? — preguntó el 
otro lleno de ira. — ¿Qué íbamos á hacer 
nosotros, pasando más de un tiro de cara- 
bina lejos de ellos? ¿Querías que por salvar- 
los á ellos nos ahogáramos todos? 

— ¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fué 
esal... ¿Y por qué no arriasteis de plan la 
vela y no os acercasteis bogando? 

— ¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que 
estaba la mar para que hiciéramos dulces 
con ella? 

— La mar estaba bella... un poco de salsa 
y nada más. 

— ¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar 
si estabas en tierra rascándote la barriga? 

— La mar estaba bella, te digo... Y ade- 
más, en último resultado, ¿por qué no dis- 
teis fondo y no aguardasteis á que ellos se 
fueran acercando á vosotros? 

Mientras Bernardo y el otro marinero dis- 
putaban, José permanecía silencioso, tenien 
do la cabeza entre las manos en actitud de 
profundo abatimiento. Pensaba que su her- 



I40 ARMANDO PALACIO VALDES 


mana quedaba con seis niños, el mayor de 
once años, sin más amparo que la capa del 
cielo: y por más que sus hermanas jamás 
habían sido buenas para él y le habían oca- 
sionado muchos pesares, todavía les dedica- 
ba en su corazón un cariño inmenso. La ta- 
bernera, gorda* y linfática, le miraba con 
lástima y hacía esfuerzos por consolarle, 
presentándole de vez en cuando el vaso lleno 
de vino: él alargaba el brazo distraídamente 
para cogerlo y lo bebía hasta el tope, sin 
darse cuenta cabal de lo que hacía. 

Cuando más encendida estaba la disputa 
entre Bernardo y su compañero, he aquí 
que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi 
en el mismo instante entra en la taberna con 
violencia la hermana de nuestro marinero, 
la que acababa de quedar viuda, suelto el 
cabello, el rostro demudado y rodeada de 
sus hijos. Se abalanza á José y se arroja en 
sus brazos, rompiendo en agudos gemidos, 
que dejan silenciosos y graves á todos los 
marineros. Aquél la recibe también llorando. 
Cuando se separan, la mujer recoge sus 
niños, y, empujándolos hacia José, les dice, 
con cierta expresión teatral que repugna á 
los circunstantes, bien enterados de lo mu- 



JOSÉ 



141 



cho que aquél había sufrido por su causa: 
. — Hijos míos, ya no tenéis quien os man- 
tenga; pedid de rodillas á vuestro tío que 
sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os 
amparará. 

El noble marinero no advierte, como los 
demás, la hipocresía de su hermana; abraza 
á los niños y les besa diciendo: 

— No tengáis cuidado, pobrecitos; mien- 
tras yo tenga un pedazo de pan, será vuestro 
y de vuestra madre. 

Después se limpia las lágrimas y dice á su 
hermana: 

— Vaya, llévalos á casa, que ya es noche. 

Así que la mujer y los chicos salieron de 
la taberna, se enredó de nuevo la disputa 
sobre el percance de la tarde: poco á poco 
todos los marineros fueron tomando parte 
en ella, hasta no entenderse nadie. 

José permanecía silencioso al lado del 
mostrador, apurando de vez en cuando el 
vaso de vino que la tabernera le presentaba. 
Al fin, tanto fué lo que bebió, sin advertirlo, 
que perdió la cabeza y fué preciso traspor- 
tarlo á casa, en completo estado de em- 
briaguez. 



IX 



ECOGIÓ, en efecto, á la viuda y sus 
hijos en casa y los mantuvo todo lo 
bien que le consentían sus escasos 
recursos. Pero éstos, en vez de au- 
mentar, fueron disminuyendo: la costera de 
la sardina fué desdichada hasta el fin; no 
hubo apenas congrio ni merluza: cuando lle- 
gó la del besugo, por los meses de Diciem- 
bre y Enero, José estaba empeñado en más 
de mil reales, y aún le faltaba pagar cuatro 
barriles de raba, que ascendían á una res- 
petable cantidad. Viéndose perseguido pol- 
los acreedores, se deshizo de su lancha, la 
cual por ser vieja y venderse con prisa, le 




144 



ARMANDO PALACIO VALDES 



valió poco dinero. Una vez sin lancha, no 
tuvo más remedio que entrar de simple com- 
pañero en otra, ganando como los demás, 
una soldada, que aquel año era cortísima. 

Agregábase á estas calamidades la de no 
tener sosiego en casa. Su madre no sufría 
con paciencia los reveses de la fortuna y 
se rebelaba contra ella, armando por el más 
liviano motivo una batahola, que se oía de 
todos los rincones del pueblo. Dentro de 
casa, su hija, sus nietos y el mismo José, 
cuando llegaba de la mar, eran víctimas de 
aquella cólera que se le había derramado 
por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra 
parte, la hermana casada no veía con bue- 
nos ojos que la viuda y sus hijos se estuvie- 
sen comiendo todo lo que había en casa de 
su madre y la dejasen arruinada, cuando ella 
no había sacado ni un mal jergón (eran 
sus palabras); y no dejaba de echárselo 
en cara siempre que podía, y de ahí se ori- 
ginaban pendencias repugnantes que con- 
vertían la vivienda en un verdadero infierno. 

Para salir de él temporalmente, y no mo- 
rirse de tristeza, nuestro desgraciado mari- 
nero asistía de vez en cuando á la taberna y 
se*pasaba allí algunas horas charlando y be- 



JOSÉ 



145 



biendo con sus compañeros. Poco á poco el 
vicio de la bebida, que tanto había aborreci- 
do, se fué apoderando de él, y si no le do- 
minó por entero como á otros, haciéndole 
olvidar sus obligaciones, todavía fué lo bas- 
tante para que en el pueblo se dijese que 
«estaba convertido en un borracho.» La señá 
Isabel se daba prisa á propalar esta especie 
entre las comadres. 

La miseria, el trabajo, la discordia do- 
méstica, no serían poderosos á abatir el áni- 1 
mo del pescador si á ellas no se añadiese la 
soledad del corazón, que es el desengaño. 
Educado en la desgracia, padeciendo desde 
que nació todos los rigores de la suerte, lu- 
chando con la ferocidad de la mar y con los 
caracteres no menos feroces de su madre y 
hermanas, poco le importaría un latigazo 
más de la fortuna si su vida no hubiera sido 
iluminada un instante por e! sol de la dicha. 
Pero había tropezado con el amor en su mo- 
nótona existencia, y había tropezado al tiem- 
po mismo en que alcanzaba también el bien - 
estar material. De pronto, bienestar y amor 
se habían huido: apagóse el rayo de luz: 
quedó sumido en las tinieblas de la miseria 
y la soledad. Y si es cierto, como afirma el 



10 



146 



ARMANDO PALACIO VALDES 



poeta, que no existe mayor dolor que recor- 
dar el tiempo feliz en la desgracia, no es 
maravilla que el pobre José buscase un leni- 
tivo al suyo y el olvido momentáneo de sus 
penas en la ficticia alegría que el vino co- 
munica. 

Desde la reyerta de su madre con la señá 
Isabel no había vuelto á hablar con Elisa, ni 
la había visto sino de lejos; en cuanto divi- 
saba su figura (y era pocas veces porque se 
pasaba el día entero en la mar), se alejaba 
corriendo ó se mezclaba en un grupo para 
no tropezar con ella, ó buscaba asilo en la 
taberna inmediata. Al principio esto fué por 
vergüenza y miedo: temía que Elisa estuvie- 
se ofendida y no le quisiera saludar. Más 
adelante la maledicencia, que en tales casos 
nunca deja de andar suelta, trajo á sus oídos 
la noticia de que la joven estaba ya inclina- 
da á despreciarle, que su madre había logra- 
do persuadirla á ello, y que pronto se casa 
ría con un piloto de Sarrio. Entonces por 
dignidad evitó cuidadosamente su encuentro. 
Los contratiempos que después padeció 
ayudaron también mucho á alejarle de ella: 
pensaba, y no le faltaba razón, que un hom- 
bre arruinado y con tantas obligaciones como 



JOSÉ 



147 



él tenía, no era partido para ninguna mu- 
chacha, y menos para una tan codiciada 
como la hija de la maestra. 

Así estaban las cosas cuando un día en 
que por falta de viento no salieron á la mar, 
le propuso su madre ir á Peñascosa, distan- 
te de Rodillero poco más de media legua: 
tenía allí Teresa una hermana que le había 
ofrecido patatas de su huerta y algunas otras 
legumbres, que en el estado de pobreza en 
que se hallaban, eran un socorro muy acepta- 
ble. Decidieron ir por la tarde y tornar al 
oscurecer, para que José no pasase en medio 
del día, cargado, por el pueblo. Aunque había 
camino real para ir á Peñascosa, la gente de 
este pueblo y la de Rodillero acostumbraba 
servirse, cuando no llevaban carro ó caballe- 
ría, de una trocha abierta á orillas de la mar; 
ésta fué la que siguieron madre é hijo cuan- 
do ya el sol declinaba. 

Era un día trasparente y frío del mes de 
febrero; el mar ofrecía un color azul oscuro. 
Como la vereda no consentía que fuesen 
pareados, la madre caminaba delante y el 
hijo la seguía: marchaban silenciosos y tris- 
tes: hacía tiempo que la alegría había huido 
de sus corazones. Cuando se hallaban á me- 



148 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dio camino próximamente, en un paraje en 
que la trocha dejaba las peñas de la costa y 
entraba por un vasto y alegre campo, vieron 
á lo lejos otras dos personas que hacia ellos 
venían. Teresa no fijó la atención en ellas; 
pero José, por su costumbre de explorar lar- 
gas distancias, no tardó en descubrir que 
aquellas dos personas eran la señá Isabel y 
su hija: dióle un salto el corazón, pensando 
en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba á 
pasar allí! No se atrevió á decir nada á su 
madre y la dejó caminar distraída, con los 
ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, 
y fijándose en las dos figuras lejanas, se vol- 
vió hacia él preguntando: 

— Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te 
parece que son la señá Isabel y Elisa? 

— Creo que sí — respondió el marinero sor- 
damente. 

— ¡Ah! — exclamó Teresa con feroz rego- 
cijo, y apretó un poco el paso sin pronun- 
ciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo 
tratase de estorbar el proyecto que había 
nacido súbitamente en su imaginación. 

José la siguió con el corazón angustiado, 
sin osar decirle nada. No obstante, después 
que hubieron caminado algunos pasos, pudo 



JOSÉ 



149 



más el temor de una escena violenta y es - 
candalosa que el respeto filial, y se aventuró 
á decir severamente: 

— Madre, haga el favor, por Dios, de no 
comprometerse ni comprometerme. 

Pero Teresa siguió caminando sin contes- 
tarle, como si quisiera evitar razonamientos. 

Un poco más allá, tornó á decirle aún con 
más severidad: 

— ¡Mire bien lo que va á hacer, madre! 

El mismo silencio por parte de Teresa. 
En esto se habían, acercado ya bastante los 
que iban y los que venían de Peñascosa. 
Cuando estuvieron á un tiro de piedra, pró- 
ximamente, la señá Isabel detuvo el paso y 
vaciló un instante entre seguir ó retroceder, 
porque había advertido la resolución nada 
pacífica con que Teresa caminaba hacia ella. 
Por fin, adoptó el término medio de estarse 
quieta. Teresa avanzó rápidamente hacia 
ella-, pero al hallarse á una distancia de vein- 
te ó treinta pasos, se detuvo también, y po- 
niendo los brazos en jarras, comenzó á pre- 
guntar á su enemiga en el tono sarcástico 
que la ira le hacía siempre adoptar: 

— ¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., seño- 
ra?... ¿Está V. buena?... ¿El esposo bueno 



ARMANDO PALACIO VALDES 



también? .. Hacía tiempo que no tenía el 
gusto de verla... 

— José, ten cuidado con tu madre, que 
está loca! — gritó la señá Isabel con el sem- 
blante demudado. 

— ¡ Ah, señora! ¿Conque después de haber- 
le echado á pedir limosna y haberse reído de 
él, le pide V. todavía que la socorra? — Y cam- 
biando repentinamente la^expresión irónica 
de su rostro por otra iracunda y feroz, sal^ó 
como un tigre la distancia que la separaba 
de su enemiga, y se arrojó sobre ella gritan- 
do: — ¡Tú me has vuelto loca,bribona!... ¡Pero 
ahora me las vas á pagar todas! 

La lucha fué tan rabiosa como repugnan- 
te. La viuda, más fuerte y más nerviosa, con- 
siguió en seguida arrojar al suelo á la señá 
Isabel; pero ésta, apelando á todos los me- 
dios de defensa, arrancó los pendientes á su 
enemiga, rajándole las orejas y haciéndole 
sangrar por ellas copiosamente. 

José de un lado y Elisa del otro, se habían 
precipitado á separar á sus madres, y se es- 
forzaban inútilmente por conseguirlo. Elisa 
tenía el rostro bañado de lágrimas; José es- 
taba pálido y conmovido. Sus manos en uno 
de los lances de la faena, se encontraron ca- 



JOSÉ 



sualmente; y por un movimiento simultáneo, 
alzaron ambos la cabeza; se miraron con 
amor, y se las estrecharon tiernamente. 

Al fin José, cogiendo á su madre por me- 
dio del cuerpo, la levantó en el aire y fué á 
depositaría algunos pasos lejos: Elisa ayudó 
á levantarse á la suya. Unos y otros se apar- 
taron siguiendo su camino. Las madres iban 
delante murmurando sin cesar injurias: los 
hijos volvían á menudo la cabeza para 
mirarse, hasta que se perdieron enteramente 
de vista. 




X 



ON Fernando, de la gran casa de 
Meira, se paseaba una noche, dos 
meses después del suceso que aca- 
bamos de referir, por el vasto salón 
feudal de su casa solariega. Alguien hubiera 
echado menos en aquel instante la artística 
lámpara de bronce, en consonancia con la 
majestuosa amplitud de la cuadra, ó los pri- 
morosos candelabros de plata de un período 
más reciente; porque el pavimento no estaba 
llano, liso y extendido como en los siglos 
anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agu- 
jeros, que aunque labrados por la planta no ■ 
bilísima de los señores de Meira, y en este su- 




154 



ARMANDO PALACIO VALDE3 



puesto muy dignos de veneración, no deja- 
ban de ser enemigos declarados de la inte 
gridad y salud de todas las piernas, lo mismo 
hidalgas que plebeyas. Pero D. Fernando los 
conocía muy bien, y los evitaba sin verlos, 
caminando con paso rápido de un cabo á 
otro de la estancia , en medio de las ti- 
nieblas. 

Sus pasos retumbaban huecos y profun- 
dos en el vetusto caserón; mas los ratones, 
habituados desde muy antiguo á escuchar- 
los, no mostraban temor alguno y persis- 
tían tranquilamente en su obra devastado- 
ra, rompiendo el silencio de la noche con un 
leve y continuado crugido; los murciélagos, 
con menos temor aún, volaban en danza 
fantástica sobre la cabeza del anciano con 
sordo y medroso zumbido. 

En aquel momento, D. Fernando se hu- 
biera metamorfoseado de buena gana en ra- 
tón, y acaso acaso, en murciélago. Por muy 
triste que fuese roer en la madera sepultado 
en un tétrico agujero, ó yacer aletargado 
durante el día sobre la cornisa de una puer- 
ta, para volar únicamente en las lúgubres 
horas de la noche, ¿lo era menos, por ven- 
tura, verse privado de salir á la luz del sol 



JOSÉ 



155 



y caminar al aire libre después de conocer 
las dulzuras de uno y otro? Pues esto, ni 
más ni menos, era lo que le acaecía al no- 
ble vástago de la casa de Meira, hacía ya 
cerca de un mes. ¿Y todo por qué? Por una 
cosa tan sencilla y corriente, como no tener 
camisa. 

Hacía ya bastante tiempo que D. Fer- 
nando sólo tenía una; pero con ella se daba 
traza para ir tirando; cuando estaba sucia la 
lavaba con sus propias manos, y la tendía en 
un patinejo que había detrás de la casa, y 
después que se secaba, bien aplanchada con 
las manos, se la ponía. Mas sucedió que una 
mañana, estando la camisa tendida al sol, y el 
señor de Meira esperando en su mansión que 
se secase, acertó á entrar en el patio, por 
una de sus múltiples brechas, el asno de un 
vecino; el señor de Meira le vio acercarse á la 
camisa, sin sospechar nada malo; le vió lle- 
gar el hocico á ella, y todavía no compren- 
dió sus planes; sólo al contemplarla entre 
los dientes del pollino se hizo cargo de su 
imprevisión, y sintió el corazón desgarrado; 
y la camisa también. Desde entonces don 
Fernando no puso más los pies en la calle á 
las horas del día; repugnaba mucho, y no 



iS6 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sin razón, á sus altos sentimientos feudales, 
presentarse sin una prenda tan indispensa- 
ble ante los hijos de aquellos antiguos villa- 
nos, sobre quienes sus antepasados ejercían 
el derecho de pernada y otros privilegios tan 
despóticos, aunque menos ominosos. 

Entre los hijos de aquellos villanos corría 
como muy cierta la voz de que D. Fernan- 
do estaba pasando «las de Caín.» Y aunque 
el hambre se cernía como águila rapaz so- 
bre la cabeza de casi todos los vecinos de 
Rodillero, no faltaban corazones compasi- 
vos que procuraban socorrer al noble caba- 
llero sin ofender su extraordinaria y delica- 
dísima susceptibilidad. El que más se distin- 
guía en esta generosa tarea era nuestro José, 
el cual apelaba á mil ardides y- embustes 
para obligar al señor de Meira á que acep- 
tase sus auxilios: unas veces le venía hablan- 
do de una deuda antigua que su madre tenía 
con la casa de Meira; otras muchas le man- 
daba pescado de regalo; otras, llevando las 
viandas en un cesto, se iba á cenar con él 
en grata compañía. D. Fernando, que cono- 
cía la precaria situación del marinero, recha- 
zaba con heroísmo aquellos tan apetecidos 
socorros, y sólo después de largo pugila- 



JOSÉ 



157 



to, lograba José que los aceptase, volviendo 
la cabeza para no ver las lágrimas de agrade- 
cimiento que el anciano caballero no era po- 
deroso á contener. Pero estos y otros soco- 
rros no bastaban algunas veces: había días 
en que nadie parecía por el lóbrego caserón, 
y entonces era cuando D. Fernando pasaba 
«aquellas de Caín» á que la voz pública se 
refería. 

Ahora las está pasando más terribles y 
crueles que nunca. Hace veinticuatro horas 
que no ha entrado alimento alguno en el es- 
tómago del noble caballero; y según se pue- 
de colegir, no es fácil que entre todavía en 
algunas más, pues son las doce de la noche 
y se encuentran todos los vecinos reposan- 
do. A medida que el tiempo pasa crece su 
congoja: los paseos no son tan vivos; de vez 
en cuando se pasa la mano por la frente, don- 
de corren ya algunas gotas de sudor frío, y 
deja escapar algunos suspiros que mueren 
tristemente sin llegar á todos los ámbitos 
del tenebroso salón. El último vástago de la 
alta y poderosa casa de Meira está á punto 
de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo 
cuenta cabal de lo que hace, movido sin du- 
da del puro instinto de conservación, aban- 



i 5 8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dona rápidamente la estancia, baja las ruino- 
sas escaleras en pocos saltos y se lanza á 
la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil 
sin saber á dónde dirigirse. 

Era una noche templada y oscura de pri - 
mavera : espesos nubarrones velaban por 
completo el fulgor de las estrellas. D. Fer- 
nando gira la vista en torno con dolorosa 
expresión de angustia, y después de vacilar 
unos instantes, empieza á caminar lentamente 
á lo largo de la calle en dirección de la salida 
del pueblo. Al pasar por delante de las ca- 
sas vacila, medita si llamará en demanda de 
socorro; pero un vivo sentimiento de ver- 
güenza se apodera de él en el momento de 
acercarse á las puertas y sigue su camino; 
sigue siempre, bien convencido, sin embar- 
go, de que pronto caerá rendido á la mise- 
ria. Empieza á sentir vértigos y nota que la 
vista se le turba. Al llegar delante de la ca- 
sa de la señá Isabel, que es una de las últimas 
del lugar, se detiene... ¿A dónde va? ¿A mo- 
rir quizá como un perro en la carretera so- 
litaria? Entonces vuelve á mirar en torno 
suyo y ve á su izquierda blanquear la ta- 
pia de la huerta del maestro: es una huer- 
ta amplia y feraz, llena de frutas y legum- 



JOSÉ 



iS9 



bres; la mejor que hay en el pueblo, ó por 
mejor decir, la única buena. El pensa- 
miento criminal de entrar en aquella huerta 
y apoderarse de algunas legumbres asalta al 
buen hidalgo; lo rechaza al instante; le aco- 
mete otra vez; torna á rechazarlo. Finalmen- 
te, después de una lucha tenaz, pero des- 
igual, vence el pecado. D. Fernando se dijo 
para cohonestar el proyecto de robo : — 
«¿Pues qué, voy á dejarme morir de hambre? 
Unas cuantas patatas más ó menos no supo- 
nen nada á la maestra; bastante tiene... mal 
adquirido á costa de los pobres pescadores.» 

Y he aquí cómo el hambre hizo socialista 
en un instante al último vástago de la gran 
casa de Meira. 

Siguió la tapia á lo largo, torció á la iz- 
quierda y buscó por detrás de la casa el si- 
tio más accesible para entrar. La pared por 
aquel sitio no era tan alta y estaba descas- 
cada y ruinosa en algunos trozos. D. Fer- 
nando apoyando los pies en los agujeros lo- 
gró colocarse encima; una vez allí se agarró 
á las ramas de un pomar y descendió por 
ellas lentamente y con mucha cautela hasta 
el suelo. Después de permanecer algunos 
momentos inmóvil para cerciorarse de que 



ióo 



ARMANDO PALACIO VALDES 



nadie le había sentido, se introdujo muy des- 
pacito en la huerta. Lo primero que hizo en 
cuanto se halló entre los cuadros de las le- 
gumbres, fué arrancar una cebolla y echarle 
los dientes. En cuanto la engulló, arrancó 
otras tres ó cuatro y se las metió en los bol- 
sillos; después se volvió otra vez á paso de 
lobo hacia la tapia. Mas antes de llegar á 
ella percibió con terror que se movían las 
ramas del pomar por donde había saltado, 
y á la escasísima claridad de la noche ob- 
servó que el bulto de un hombre se agitaba 
entre ellas y se dejaba caer al suelo, como él 
había hecho. D. Fernando quedó petrificado; 
y mucho más creció su miedo y su vergüen- 
za cuando el hombre dió unos cuantos pa- 
sos por la huerta y se vino hacia él: lo pri- 
mero que se le ocurrió fué echarse al suelo: 
el hombre pasó rozando con él: era José. 

¿Vendrá también á robar? — pensó don 
Fernando; pero José dejó salir de su boca 
un silbido prolongado, y el señor de Meira 
vino á entender que se trataba de una. cita 
amorosa, cosa que le sorprendió bastan- 
te, pues creía, como todo el pueblo, que las 
relaciones de Elisa y el marinero estaban ro- 
tas hacía ya lago tiempo. No tardó en apa- 



JOSÉ 



161 



recer otro bulto por el lado de la casa, y am- 
bos amantes se aproximaron y comenzaron 
á hablar en voz tan baja que D.Fernando no 
oyó más que un levísimo cuchicheo. La situa- 
ción del caballero era un poco falsa; si á los 
jóvenes les diese por recorrer la huerta ó 
estuviesen en ella hasta que el día apuntase 
y le viesen, ¡qué vergüenza! Para evitar este 
peligro se arrastró lenta y suavemente hasta 
el pomar y se ocultó entre unas malezas que 
cerca de él había, esperando que José se 
marchase para escalar de nuevo el árbol y 
retirarse á su casa. Mas al poco rato de es- 
tar allí comenzaron á caer algunos gotero» 
nes de lluvia, y los amantes vinieron también 
á refugiarse debajo del pomar, que era uno 
de los pocos árboles copudos y frondosos 
de la huerta, y el más lejano de la casa. Don 
Fernando se creyó perdido y comenzó á su- 
dar de miedo; ni un dedo se atrevió á mo- 
ver. Elisa y José se sentaron en el suelo uno 
al lado de otro dando la espalda al caballe- 
ro, sin sospechar su presencia. 

— ¿Y por qué crees que tu madre presume 
algo? — dijo José en voz baja. 

— No sé decirte; pero de algunos días á 
esta parte me mira mucho y no me deja 



IÓ2 



ARMANDO PALACIO VALDES 



un instante sola. El otro día, mientras estaba 
barriendo la sala, me puse á cantar; al ins- 
tante subió ella y me dijo: «¡Parece que estás 
contenta, Elisa! Hacía ya mucho tiempo que 
no te salía la voz del cuerpo.» Me lo dijo de 
un modo y con una sonrisa tan falsa, que 
me puse colorada y me callé. 

— ¡Bah, son cavilaciones tuyas! — replicó 
el marinero. 

Guardó silencio, sin embargo, después de 
esta exclamación y al cabo de un rato lo 
rompió, diciendo: 

— Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, 
no te sorprenda. 

— ¡Desgraciada de mí entonces! Más me 
valiera no haber nacido — repuso la joven 
con acento de terror. 

Ambos volvieron á quedar silenciosos. 
Elisa, cabizbaja y distraída, jugaba con las 
hierbas del suelo. José alargó la mano tímida- 
mente, y, simulando también jugar con el 
césped, consiguió rozar suavemente los de • 
dos de su novia. La lluvia, que comenzaba á 
arreciar, batía las hojas del pomar con re- 
doble triste y monótono; la huerta exhalaba 
ya un olor penetrante de tierra mojada. 

— ¿Pensáis salir mañana á la mar? — pre 



JOSÉ 



63 



guntó Elisa al cabo de un rato, levantando 
sus hermosos ojos rasgados hacia el mari- 
nero. 

— Me parece que no — repuso éste. — ¿Para 
que? — añadió con amargura. — Hace ocho 
días que no traemos valor de cinco duros. 

— Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay 
merluza en la mar. 

— ¡Este año no ha habido nada! — exclamó 
José con rabia. 

Otra vez quedaron silenciosos. Elisa se 
guía jugando con las hierbecitas del suelo. 
El marinero le había aprisionado un dedo 
entre los suyos y lo estrechaba suavemente, 
sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de 
un rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comen- 
zó á decir, en voz baja y temblorosa: 

— Yo creo, José, que la causa de todo lo 
que nos está pasando, es la maldición que te 
ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas á 
pedirla que te la levante?... Desde que esa 
mujer te maldijo no te ha salido nada bien. 

— Y antes tampoco — apuntó José con son- 
risa melancólica. 

— Otros muchos lo han hecho antes que 
tú — siguió diciendo la joven, sin hacer caso 
de la observación de su amante. — Mira, Pe- 



i6 4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dro el de la Matiella, ya sabes cómo estaba, 
flaco y amarillo que daba lástima verlo... 
todo el mundo pensaba que se moría. En 
cuanto pidió perdón á la sacristana, empezó 
á ponerse bueno y ya ves hoy cómo está. 

— No creas esas brujerías, Elisa — dijo el 
marinero, con una inflexión de voz en que 
se adivinaba que él andaba muy cerca de 
creerlas también. 

Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente 
á su brazo con un movimiento de terror. 

— ¿No has oído? 

-¿Qué? 

— ¿Ahí entre las zarzas? 
— No he oído nada. 

— Se me figuró escuchar la respiración de 
una persona. 

Ambos quedaron un momento inmóviles 
con el oído atento. 

— ¡Qué miedosa eres, Elisa! — dijo riendo 
el marinero. — Es el ruido de la lluvia al 
pasar entre las hojas hasta el suelo. 

— |Me parecía!... — repuso la joven sin 
quitar los ojos de la maleza donde estaba 
oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco á 
poco el brazo de su novio. 

Mientras tanto, aquél sudaba copiosamen- 



JOSÉ 



I6 5 



te temiendo que José viniese á explorar las 
zarzas. Afortunadamente, no fué así: Elisa 
se tranquilizó pronto, y viendo á su amantt 
triste y cabizbajo, cambió de conversación 
con ánimo de alegrarle. 

—¿Cuándo comenzaréis á salir al bonito?... 
Tengo ya deseos de que empiece la costera... 
Me da el corazón que va á ser muy buena... 

— Allá veremos — repuso José moviendo 
la cabeza en señal de duda. — Creo que sal- 
dremos dentro de quince ó veinte días... ¿Qué 
vamos á hacer si no?... 

— Comienza el buen tiempo... y vendrán 
en seguida las romerías... ¡Qué gusto!... La 
de la Luz es ya de mañana en un mes — di- 
jo Elisa esforzándose por aparecer alegre. 

— ¡Qué importa que comiencen las ro- 
merías si yo no puedo acompañarte en ellas! 
— exclamó el marinero con acento dolorido. 

— No te dejes acobardar, José, que todo se 
arreglará... Hay que tener confianza en Dios... 
Yo todos los días le pido al Santo Cristo 
que te dé buena suerte, y que le toque en el 
corazón á mi madre. 

— Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no 
me ha querido cuando tenía algunos cuartos, 
¿cómo me ha de querer hoy que soy un po- 



i66 



ARMANDO PALACIO VALDES 



brete, y tengo sobre los hombros tanta fa- 
milia? 

Elisa comprendió la justicia de esta obser- 
vación; pero repuso con la tenacidad sublime 
que el amor comunica á las mujeres: 

— No importa... yo creo que se ablandará. 
Tengamos confianza en el Santo Cristo de 
Rodillero, que otros milagros mayores ha 
sabido obrar... 

La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal 
suerte, que ya el árbol no bastaba á prote- 
ger á los amantes: las hojas se doblaban al 
peso del agua, y la dejaban caer en abun- 
dancia sobre sus cabezas. Pero ellos, ni lo 
advertían siquiera, embargados enteramente 
por el deleite de hallarse juntos; las manos 
enlazadas, los ojos en estática contempla- 
ción. 

Elisa logró al cabo ahuyentar la melan- 
colía de su novio; su plática tomó un sesgo 
risueño; hablaron de los incidentes ocurri- 
dos en pasadas romerías, y rieron de buena 
gana recordándolos. 

— ¿Te acuerdas cuando Nicolás nos con- 
vidó en la romería de San Pedro?... Tú me 
dijiste por lo bajo: — «Hay que beberle todo 
el vino que saque...» 



JOSÉ 



I67 



— Porque en seguida vi que el gran taca- 
ño lo que quería era echársela de rumboso 
á poca costa. 

— jQué trabajo me costó echar todo el 
vaso al cuerpo! Tú te lo bebiste en un de- 
cir Jesús... y anda que Ramona tampoco se 
portó mal del todo. 

— Pero, cuando vió que Bernardo se lo 
iba á tragar entero también, ¿qué deprisa le 
echó mano, verdad? 

— ¡Como que ya no podía resistir más el 
pobre! — dijo Elisa rompiendo á reir. — Lo 
mejor de todo fué lo que decía para disculpar 
la porquería... «¡Esa es una broma!.... ¡yo no 
quiero bromas!....» Cuando se me representa 
la cara que ponía el infeliz al vernos apurar 
el vaso, me río como una loca, aunque esté 
sola... 

Ambos reían en efecto, procurando no 
hacer ruido. 

— Por cierto — siguió Elisa, fingiendo se- 
riedad, — que tú más tarde te pusiste un 
poco alegre, y le diste un beso á mi prima 
Ramona. 

— No me acuerdo. 

— Sí; no te acuerdas de lo que no 
quieres. 



i68 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— De todos modos, estando borracho, no 
sabe uno lo que hace. 

— No se te ocurriría, sin embargo, echarte 
al agua. 

— ¡Claro! 

— Pero se te ocurre besar á las muchachas. 

— No estando borracho, jamás — afirmó 
resueltamente José. 

— ¡Madre mía, si en la hora de la muerte 
me pusieran á la cabecera tantos angelitos 
como besos habrás dado! 

— Te irías sola para el cielo — repuso el 
marinero riendo. 

La plática se trocaba en alegre disputa: 
los amantes se embriagaban con aquella 
charla sencilla hallando tan chistoso lo que 
mutuamente se decían, que no cesaban de 
soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban lle- 
vando la mano á la boca. La noche, oscura 
y lluviosa, era para ellos plácida y grata 
como pocas. 

Pero Elisa creyó percibir otra vez la res- 
piración que antes la asustara. Se quedó al- 
gunos instantes distraída; y no queriendo 
decir nada á José porque no la llamase otra 
vez medrosa, optó por separarse. 

— Ya debe de ser muy tarde, José — dijo 



JOSÉ 



I6 9 



levantándose. — Mañana tengo que madru- 
gar.... además, nos estamos poniendo como 
una sopa. 

El marinero se levantó también, aunque 
no de buen grado. 

— ¡Qué bien se, pasa el tiempo á tu lado, 
Elisa! — dijo tímidamente. 

La joven sonrió con dulzura oyendo aque- 
lla declaración que el marinero no había 
osado pronunciar hasta entonces, y un poco 
ruborizada le tendió la mano. 

— Hasta mañana, José. 

José tomó aquella mano, la estrechó tierna 
y largamente, y contestó con melancolía: 

— Hasta mañana. 

Pero no acababa de soltarla: fué necesa- 
rio que Elisa dijese otra vez: 

— Hasta mañana, José. 

Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápida- 
mente en dirección á la casa. El marinero 
no se movió, hasta que calculó que estaba 
ya dentro: luego escaló cautelosamente la 
cerca, montó sobre ella, y desapareció por 
el otro lado. 

Algunos instantes después, salía de su es- 
condite el Sr. de Meira mojado hasta los 
huesos. 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¡Pobres muchachos! — exclamó sin acor- 
darse de su propia miseria y trepando con 
trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, 
enderezó los pasos hacia su mansión feudal 
acariciando en la mente un noble, cuanto 
singular proyecto. 




XI 



OCOS días después, D. Fernando 
de Meira se personó en casa de Jo- 
sé, muy temprano, cuando éste aún 
no había salido á la mar. 
— José, necesito hablar contigo á solas; 
ven á dar una vuelta conmigo. 

El marinero pensó que llegaba en deman- 
da de socorro, aunque hasta entonces jamás 
se lo había pedido directamente: cuando el 
hambre más le apuraba, solía llegarse á él, 
diciéndole: 

— José, á Sinforosa se le ha concluido el 
pan, y no quisiera tomárselo á la otra pana- 




I 72 ARMANDO PALACIO VALDES 



dera... Si me hicieses el favor de prestarme 
una hogaza... 

Mas para que á esto llegase, era necesario 
que el caballero estuviese muy apurado; de 
otra suerte, ni directa ni indirectamente se 
humillaba á pedir nada. No obstante, José lo 
pensó así, porque no era fácil pensar otra 
cosa, y tomando el puñado de cuartos que 
tenía y metiéndolos en el bolsillo, se echó á 
la calle en compañía del anciano. 

Guióle D. Fernando fuera del pueblo, y 
cuando estuvieron á alguna distancia, cerca 
ya de la gran playa de arena, rompió el si- 
lencio diciendo: 

— Vamos á ver, José, tú debes de andar 
algo apuradico de dinero, ¿verdad? 

José pensó que se confirmaba lo que ha- 
bía imaginado; pero le sorprendió un poco 
el tono de protección con que el hidalgo le 
hacía aquella pregunta. 

— Phs... así, así, D. Fernando.. No estoy 
muy sobrado... pero en fin, mientras uno es 
joven y puede trabajar, no suele faltar un 
pedazo de pan. 

— Un pedazo de pan es poco... No sólo 
de pan vive el hombre — manifestó el señor 
de Meira sentenciosamente; y después de ca- 



JOSÉ 



173 



minar algunos instantes en silencio, se detu- 
vo repentinamente, y encarándose con el 
marinero le preguntó: 

— ¿Tú te casarías de buena gana con Eli- 
sa, verdad? 

José quedó sorprendido y confuso. 

— ¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya 

Todo el mundo lo sabe... 

— Pues sabe una gran mentira, porque 
estás en amores con Elisa; me consta — afir- 
mó el caballero resueltamente. 

José le miró asustado, y empezaba á bal- 
bucir ya otra negación cuando D. Fernando 
le atajó diciendo: 

— No te molestes en negarlo, y dime con 
franqueza si te casarías gustoso. 

— ¡Ya lo creo! — murmuró entonces el ma 
rinero bajando la cabeza. 

— Pues te casarás — dijo el Sr. de Meira 
ahuecando la voz todo lo posible y exten- 
diendo las dos manos hacia adelante. 

José levantó la cabeza vivamente y le 
miró, pensando que se había vuelto loco; 
después, bajándola de nuevo, dijo: 

— Eso es imposible, D. Fernando No 

pensemos en ello. 

— Para la casa de Meira no hay nada im- 



174 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



posible — respondió el caballero con mucha 
mayor solemnidad. 

José sacudió la cabeza, atreviéndose á 
dudar del poderío de aquella ilustre casa. 

— Nada hay imposible — volvió á decir 
D. Fernando lanzándole una mirada altiva, 
propia de un guerrero de la reconquista. 

José sonrió con disimulo. 

— Atiende un poco — siguió el caballero: 
— en el siglo pasado, un abuelo mío, don 
Alvaro de Meira, era corregidor de Oviedo. 
Había allí una casa perteneciente al clero 
que estorbaba mucho en la vía pública, y el 
corregidor se propuso echarla abajo. Tro- 
pezó en seguida con la oposición del Obispo 
y cabildo catedral, los cuales le manifes- 
taron que de ningún modo lo intentase, so 
pena de excomunión; pero el corregidor, sin 
hacer caso de amenazas, cierto día manda 
á ella una cuadrilla de albañiles y comienzan 
á derribarla. Dan parte del hecho al Obispo, 
alborótase su ilustrísima, convoca al cabildo 
y deciden ir revestidos á excomulgar á todo 
el que se atreva á tocar en ella; pero mi 
bisabuelo lo supo, ¿y qué hace entonces? Va 
y manda á allá al verdugo á leer un pregón 
en que se impone la pena de cien azotes á 



JOSÉ 



175 



todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni 
uno solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino 
al suelo. 

D. Fernando, con un movimiento enérgico 
de la mano, derribó de golpe el edificio 
clerical; mas José pareció enteramente in- 
sensible á esta proeza de los Meiras: seguía 
cabizbajo y triste, considerando tal vez que 
era lástima que tal poder de infligir azotes 
no quedase anejo á todos los señores deMei- 
ra, en cuyo caso no sería imposible que pi- 
diese unos cuantos para la señá Isabel. 

— Cuando á un Meira se le mete algo en- 
tre ceja y ceja — siguió el hidalgo, — ¡hay que 
temblar!... Toma — añadió sacando del bol- 
sillo un paquetito y ofreciéndoselo: — Ahí 
tienes, diez mil reales: cómprate una lancha, 
y deja lo demás de mi cuenta. 

El marinero quedó pasmado, y no se 
atrevió á alargar la mano pensando que 
aquello era una locura del Sr. de Meira, á 
quien ya muchos no suponían en su cabal 
juicio. 

— Toma, te digo; cómprate una lancha... 
y á trabajar. 

José tomó el paquete, lo desenvolvió y 
quedó aún más absorto al ver que eran mo- 



176 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nedas de oro. D. Fernando, sonriendo or- 
gullosamente continuó: 

— Vamos á otra cosa ahora. Dime: 
¿cuántos años tiene Elisa? 

— Veinte. 

— ¿Los ha cumplido ya? 

— No señor; me parece que los cumple el 
mes que viene. 

— Perfectamente: el mes que viene te diré 
lo que has de hacer. Mientras tanto, procura 
que nadie se entere de tus amores... mucho 
sigilo y mucha prudencia. 

D. Fernando hablaba con tal autoridad, y 
arqueaba las cejas tan extremadamente, que 
apesar de su figurilla menuda y torcida, con- 
siguió infundir respeto al marinero; casi llegó 
á creer en el misterioso é invencible poder 
de la casa de Meira. 

— A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de 
la lancha esta noche? 

— ¿Qué lancha? ¿la de mi patrón? 

—Sí. 

— ¿Para ir á dónde? 
— Para dar un saleo. 
— Si no es más que para eso... 
— Pues á las doce de la noche, pásate por 
mi casa dispuesto á salir á la mar: necesito 



JOSÉ 



177 



de tu ayuda para una cosa que ya sabrás... 
Ahora vuélvete á casa y comienza á gestio- 
nar la compra de la lancha; ve á Sarrio por 
ella, ó construyela aquí; como mejor te pa- 
rezca. 

Confuso y en grado sumo perplejo se 
apartó nuestro pescador del señor de Meira; 
todo se volvía cavilar mientras caminaba la 
vuelta de su casa de qué modo habría llegado 
aquel dinero á manos del arruinado hidalgo, 
y se propuso no hacer uso de él en tanto 
que no lo averiguase. Pero como los enigmas, 
particularmente los enigmas de dinero, duran 
en las aldeas cortísimo tiempo, no se pa- 
saron dos horas sin que supiese que D. Fer- 
nando había vendido su casa el día anterior 
á D. Anacleto, el cual la quería para hacer 
de ella una fábrica de escabeche, no para 
otra cosa, pues en realidad estaba inhabitable- 
El señor de Meira la tenía empeñada ya hacía 
algún tiempo á un comerciante de Peñascosa 
en nueve mil reales. D. Anacleto pagó esta 
cantidad y le dio además otros catorce mil. 
En vista de esto, José se determinó á de- 
volver los cuartos al generoso caballero tan 
pronto como le viese, porque le pareció in- 
decoroso aceptar, aunque fuese en calidad 

12 



178 



ARMANDO PALACIO VALDES 



de préstamo, un dinero de que tan necesitado 
estaba su dueño. 

Todavía le seguía preocupando, no obs- 
tante, aquella misteriosa cita de la noche, y 
aguardaba con impaciencia la hora, para ver 
lo que era. Un poco antes de dar las doce 
por el reloj de las Consistoriales enderezó 
los pasos hacia el palacio de Meira; llamó 
con un golpe á la carcomida puerta y no 
tardó mucho el propio D. Fernando en 
abrirle. 

— Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha á 
flote? 

— Debe de estar, sí señor. 

— Pues bien; ven aquí y ayúdame á llevar 
á ella esto. 

D. Fernando le señaló á la luz de un can 
dil un bulto que descansaba en el zaguán de 
la casa, envuelto en un pedazo de lona y 
amarrado con cordeles. 

— Es muy pesado, te lo advierto. 

Efectivamente, al tratar de moverlo se vió 
que era casi imposible llevarlo al hombro. 
José pensó que era una caja de hierro. 

— En hombros no podemos llevarlo, don 
Fernando. ¿No será mejor que lo arrastremos 
poco á poco hasta la ribera? 



JOSÉ 



179 



— Como á ti te parezca. 

Arrastráronlo, en efecto, fuera de la 
casa; apagó D. Fernando el candil, cerró la 
puerta y, dándole vueltas, no con poco tra- 
bajo, lo llevaron lentamente hasta colocarlo 
cerca de la lancha. El señor de Meira iba 
taciturno y melancólico, sin despegar los 
labios: José le seguía el humor, pero sentía 
al propio tiempo bastante curiosidad por 
averiguar lo que aquella pesadísima caja con- 
tenía. 

Fué necesario colocar dos mástiles desde 
el suelo á la lancha y, gracias á ellos, hicie- 
ron rodar la caja hasta meterla á bordo. En- 
traron después, y con el mayor silencio po- 
sible se fueron apartando de las otras em- 
barcaciones. 

La noche era de luna, clara y hermosa; el 
mar tranquilo y dormido como un lago; el 
ambiente, tibio como en estío. José empuñó 
dos remos, contra la voluntad del hidalgo, 
que pretendía tomar uno, y apoyándolos 
suavemente en el agua se alejó de la tierra. 

El señor de Meira iba sentado á popa, tan 
silencioso y taciturno como había salido de 
casa. José, tirando acompasadamente de los 
remos, le observaba con interés. Cuando es- 



l8o ARMANDO PALACIO VALDES 



tuvieron á unas dos millas de Rodillero, 
después de doblar la punta del Cuerno, don 
Fernando se puso en pie. 
— Basta, José. 

El marinero soltó los remos. 

— Ayúdame á echar este bulto al agua. 

José acudió á ayudarle; pero deseoso, 
cada vez más, de descubrir aquel extraño 
misterio, se atrevió á preguntar sonriendo: 

— ¿Supongo que no será dinero lo que V. 
eche al agua, D. Fernando? 

Este, que se hallaba en cuclillas preparán- 
dose á levantar el bulto, suspendió de pronto 
la operación, se puso en pie y dijo: 

— No; no es dinero... es algo que vale más 
que el dinero... Me olvidaba de que tú tienes 
derecho á saber lo que es, puesto que me 
has hecho el favor de acompañarme. 

—No se lo decía por eso, D. Fernando: 
á mí no me importa nada lo que hay ahí 
dentro. 

— Desátalo. 

— De ningún modo, D. Fernando; yo no 
quiero que V. piense... 

— ¡Desátalo, te digo! — repitió el señor de 
Meira, en un tono que no daba lugar á 
réplica. 



JOSK 



181 



Obedeció José y, después de separar la 
múltiple envoltura de lona que le cubría, 
descubrió, al cabo, el objeto, el cual no era 
otra cosa que un trozo de piedra toscamente 
labrado. 

— ¿Qué es esto? — preguntó con asombro. 

D. Fernando, con palabra arrastrada y 
cavernosa, contestó: 

— El escudo de la casa de Meira. 

Hubo después un -silencio embarazoso. 
José no salía de su asombro y miraba de hito 
en hito al caballero, esperando alguna expli- 
cación; pero éste no se apresuraba á dársela: 
con los brazos cruzados sobre el pecho y la 
cabeza doblada hacia adelante, contemplaba 
sin pestañear la piedra que el marinero aca- 
baba de poner al descubierto. Al fin dijo en 
voz baja y temblorosa: 

— He vendido mi casa á D. Anacleto 

porque un día ú otro yo moriré, y ¿qué im- 
porta que pare en manos extrañas antes ó 
después?... Pero se la vendí bajo condición 

de arrancar de ella el escudo Hace unos 

cuantos días que trabajo por las noches en 
separar la piedra de la pared...: al fin lo he 
conseguido... 

Como D. Fernando se callase después de 



182 



ARMANDO PALACIO VAJLDES 



pronunciar estas palabras, José se creyó en 
el caso de preguntarle. 

— ¿Y por qué lo echa V. al agua? 

El anciano caballero le miró con ojos de 
indignación. 

— ¡Zambombo! ¿Quieres *que el escudo de 
la gran casa de Meira esté sobre una fábrica 
de escabeche? 

Y aplacándose de pronto, añadió: 

— Mira, esas armas repáralas bien 

Desde el siglo XV están colocadas sobre la 
puerta déla casa de Meira... (no esta mismá 
piedra, porque según se ha ido enlazando 
con otras casas fué necesario mudarla y po- 
ner en el escudo nuevos cuarteles, pero otra 
parecida). En el siglo pasado quedó definiti- 
vamente fijada con la alianza de los Meiras 
y los Mirandas... Son cinco cuarteles; el del 
centro es el de los Meiras: está colocado en 
lo que se llama en heráldica punto de honor... 
Sus armas son: azur y banda de plata, con 
dragantes de oro; bordura de plata y ocho 
arminios de sable... Tú dirás — añadió don 
Fernando con sonrisa protectora, — ¿dónde 
están esos colores?... Es muy natural que 
lo preguntes, no teniendo nociones de he- 
ráldica... Los colores en la piedra se repre- 



JOSÉ 



I8 3 



sentan por medio de signos convenciona- 
les: el oro, míralo aquí en este cuartel, se 
representa por medio de puntitos trazados 
con buril; la plata, por un fondo liso y 
unido; el azur, por rayitas horizontales; los 
gules, por rayas perpendiculares, etc., etc.... 
es muy largo de explicar... Los Meiras se 
unieron primeramente á los Viedmas, y aquí 
está su escudo en este primer cuartel de gu- 
les y una puente de plata de tres arcos, por 
los cuales corre un caudaloso río; y una to- 
rre de oro levantada en medio de la puente; 
bordura de plata y ocho cruces llanas de 
azur... Después se unieron á los Carrascos, 
y aquí tienes á la izquierda su cuartel, par- 
tido en dos partes iguales: la primera de pla- 
ta y un león rapante de sable; la segunda de 
oro y un árbol terrazado y copado, con un 
pájaro puesto encima de la copa y un perro 
ladrante al pie del tronco... Ni el pájaro ni 
el perro se notan bien, porque los ha des- 
truido la intemperie... pero aquí están... 
Más tarde se unieron á los Angulos: su 
cuartel es de plata y cinco cuervos de sable 
puestos en sautor... Tampoco se notan bien 
los cuervos... Por último, se unieron á los 
Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un casti- 



i3 4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



lio de gules en abismo, sumado de un gue- 
rrero armado con alabarda, naciente de las 
almenas, acompañado de seis róeles de sino- 
pie y plata, puestos dos de cada lado y uno 
en la punta... Todo el escudo, como ves, 
está coronado por un casco de acero bruñi- 
do de cinco rejas. 

Nada entendió el marinero del discurso 
del señor de Meira; mirábale de hito en hito 
con asombro. El mar balanceaba suavemen 
te la barca. 

— De la casa de Meira — siguió D. Fernan- 
do con voz enfática — han salido en todas las 
épocas hijos muy esclarecidos; hombres muy 
calificados... Demasiado sabrás tú que en el 
siglo XV D. Pedro de Meira fué comenda- 
dor de Villaplana, en la orden de Santiago, 
y que D. Francisco fué jurado en Sevilla y 
procurador en las Cortes de Toro. También 
sabrás que otro hijo de la misma familia fué 
presidente del Consejo de Italia: se llamaba 
D. Rodrigo: otro, llamado D. Diego, fué 
oidor de la real Audiencia de la ciudad de 
Méjico y después presidente de la de Gua- 
dalajara. En el siglo pasado, D. Alvaro 
de Meira fué regidor de Oviedo y fundó 
en Sarrio una colegiata y un colegio de 



JOSÉ 



18 5 



primeras letras y latinidad; bien lo sabrás. 

José no sabía absolutamente nada de todo 
aquello; pero asentía con la cabeza para 
complacer al desgraciado caballero, el cual 
se quedó repentinamente silencioso, y así es- 
tuvo buen rato, hasta que comenzó á decir, 
bajando mucho la voz y con acento triste: 

— Mi hermano mayor, Pepe, fué un per- 
dido... bien lo sabrás... 

En efecto, era lo único que José sabía de 
la familia de Meira. 

— Le arruinó una bailarina. .. Los pocos 
bienes que á mí me habían tocado, me los 
llevó amenazándome con casarse con ella si 
no se los cedía.... Yo, para salvar el honor 
de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice 
bien? 

José, asintió otra vez. 

— Desde entonces, José, ¡cuánto he sufri- 
dol... ¡cuánto he sufrido! 

El hidalgo, se pasó la mano por la frente 
con abatimiento. 

— La gran casa de Meira muere conmi- 
go... pero, no morirá deshonrada, José; ¡te lo 
jurol 

Después de hacer este juramento, quedó 
de nuevo silencioso en actitud melancólica. 



i86 



ARMANDO PALACIO VALDES 



El mar seguía meciendo la lancha. La luna 
rielaba su pálida luz en el agua. 

Al cabo de un largo espacio, D. Fernan- 
do salió de su meditación, y volviendo sus 
ojos rasados de lágrimas hacia José, que le 
contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un 
suspiro: 

— Vamos allá... Suspende por ese lado la 
piedra: yo tendré por este... 

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre 
el carel. Después, D. Fernando la dió un 
fuerte empujón: el escudo de la casa de 
Meira rompió el haz del agua con estrépito, 
y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas 
amargas que salpicó bañaron el rostro del 
anciano , confundiéndose con las lágrimas 
no menos amargas que en aquel instante 
vertía. 

Quedóse algunos instantes inmóvil, con el 
cuerpo doblado sobre el carel mirando al 
sitio por donde la piedra había desapareci- 
do; levantándose después, dijo sordamente: 

— Boga para tierra, José. 

Y fué á sentarse de nuevo á la popa. 

El marinero comenzó á mover los remos 
sin decir palabra. Aunque no comprendía el 
dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, 



JOSÉ 



I8 7 



como los demás vecinos, que no estaba sano 
de la cabeza, al verle llorar sentía profunda i 
lástima y no osaba turbar su triste enajena- 
miento. Mas el propósito de devolverle el 
dinero, no se apartaba de su cabeza, porque 
veía claramente que tal favor en las circuns- 
tancias en que se hallaba D. Fernando, era 
una verdadera locura: le bullía el deseo de 
acometer el asunto, pero no sabía de qué 
manera comenzar: tres ó cuatro veces tuvo 
la palabra en la punta de la lengua, y otras 
tantas la retiró por no parecerle adecuada. 
Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no 
halló traza mejor para salir del aprieto que 
sacar los diez mil reales del bolsillo y pre- 
sentárselos al caballero diciendo algo aver- 
gonzado: 

— D. Fernando.... V., por lo que veo, no 
está muy sobrado de dinero.... Yo le agra- 
dezco mucho lo que quiere hacer por mí, 
pero no debo tomar esos cuartos haciéndo- 
le falta... 

D. Fernando, con ademán descompuesto 
y soltando chispas de indignación por los 
ojos, le interrumpió gritando: 

— ¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que 
te hice el honor de confesarte mi ruina, me 



i88 



ARMANDO PALACIO VALDES 



insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, ó 
lo tiro al agua... 

José comprendió que no había más reme- 
dio que guardarlo otra vez; y así lo hizo 
después de pedirle perdón por el supuesto 
insulto. Formó intención, no obstante, de 
vigilar para que nada le faltara y devolvér- 
selo en la primera ocasión favorable. 

Saltaron en tierra y se separaron como 
buenos amigos. 



XII 



UARDÓ el secreto de todo aquello 
José: así se lo había pedido con ins- 
tancia D. Fernando. Volvió éste á 
prometerle que se casaría con Eli- 
sa si ejecutaba punto por punto cuanto le 
ordenase, y le hizo creer que del sigilo con 
que se llevase el asunto pendía enteramente 
el suceso de él. 

Mediante la cantidad de seis reales cada 
día, halló el buen caballero hospedaje, si no 
adecuado á la antigüedad y nobleza de su 
estirpe, suficiente para no perder la vida de 
hambre, como no había estado lejos de acon- 
tecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde 




190 



ARMANDO PALACIO VALDES 



que se vió con algunos cuartos en el bolsi- 
llo, subió todavía algunos palmos su orgullo 
nobiliario: andaba por el pueblo con la ca- 
beza erguida, el paso sosegado y firme, 
echando á los vecinos miradas muy más pro- 
pias del Renacimiento que de nuestros días, 
saludando á las jóvenes con una sonrisa 
galante y protectora, como si aún ejer- 
ciese sobre ellas el ominoso derecho de per- 
nada. 

Donde quiera que la ocasión se ofrecía, 
brindaba á sus vasallos con alguna copa de 
vino, y á las vasallas con golosinas de la 
confitería. Pero hay que declarar á fuer de 
verídicos que los villanos y las villanas de 
Rodillero no aceptaban los favores de don 
Fernando con aquel respeto y sumisión con 
que sus mayores en otros tiempos recibían 
los desperdicios feudales de la gran casa de 
Meira; antes parecía que al beber el vino y 
al tomar los confites lo hacían por pura con- 
descendencia, por no herir la delicada sus- 
ceptibilidad del hidalgo: y aun se advertía 
en todos ellos una cierta sonrisa de compa- 
sión, que á poderla ver, hubiera hecho es- 
tremecerse en sus tumbas á todos los hijos 
de aquella ilustre casa, al comendador de 



JOSÉ 



191 



Villaplana, al procurador de las Cortes de 
Toro, al presidente del Consejo de Ita- 
lia, etc., etc. Y por si esta sonrisa de com- 
pasión no fuese bastante para ajar el presti- 
gio de su linaje, los comentarios que se ha- 
cían á espaldas del caballero eran mucho 
más humillantes todavía: — «Este pobre don 
Fernando se figura que catorce mil reales no 
se concluyen nunca. — ¡Cuánto mejor sería 
que con ese dinero pusiese una tiendecita y le 
sacase un rédito! — Nada; se lo va á gastar en 
cuatro días, y luego vamos á tener que man- 
tenerlo de limosna. » 

Elisa, una de las feudatarias más hermo- 
sas que el señor de Meira tenía en Rodillero, 
era asimismo una de las más rebeldes. En 
vano el noble señor se esforzaba en brindar- 
la protección siempre que la hallaba al paso; 
en vano la ofreció repetidas veces un cartu- 
chito de almendras traídas exprofeso de Sa- 
rrio; en vano desenvolvía con ella todos los 
recursos de la más refinada galantería que 
recordaba los buenos tiempos de la casa de 
Austria. La linda zagala acogía aquellos ho- 
menajes con sonrisa dulce y benévola, don- 
de no se advertía ni rastro de admiración ó 
temor; y algunas veces, cuando los acata- 



192 



ARMANDO PALACIO VALDES 



mientos ceremoniosos y las frases melifluas 
subían de punto, hasta se vislumbraba de- 
trás de sus ojos tristes y suaves cierta leve 
expresión de burla. La verdad es que la na- 
turaleza no había secundado poco ni mucho 
las disposiciones feudales de D. Fernando; 
al verle con su cuerpecillo contrahecho de- 
lante de la figura elevada y gentil de Elisa, 
la imaginación más poderosa y amiga de 
forjarse quimeras no podría seguramente 
representarse al señor del castillo delante de 
una tímida villana. 

Por dos ó tres veces la había preguntado, 
rompiendo súbitamente el hilo de sus dis- 
creteos clásicos: * • 

— ¿Cuántos años tienes? 

— Veinte. 

La última vez le dijo: 

— ¿Tienes tú fe de bautismo? 

— Me parece que sí, señor. 

— Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado 
que nadie sepa nada! Yo he resuelto que tú 
y José os caséis á la mayor brevedad. 

Al escuchar estas palabras volvió á apa- 
recer en los labios de Elisa aquella sonrisa 
benévola y compasiva de que hemos hecho 
mención, y al separarse del caballero, des 



JOSÉ 



193 



pués de un rato de plática, no pudo menos 
de murmurar: 

— ¡Pobre D. Fernando; qué rematado 
está! 

Sin embargo, por consejo de José, que 
algo, aunque no mucho, fiaba en el poder 
de la casa de Meira, le llevó al día siguiente 
el documento. Nada se perdía en ello y se 
complacía al buen señor. La joven, que no 
tenía motivo alguno para fiar en aquel poder, 
como su novio, tomó el asunto en chanza. 

Lo que tomaba muy en serio -era la 
maldición de la sacristana; cada día más. En 
su alma candorosa, siempre había echado 
raíces la superstición: al ver ahora la cons- 
tancia implacable con que la suerte se em- 
peñaba en estorbar su felicidad, era natural 
que lo achacase á una potencia oculta y mis- 
teriosa, la cual, bien considerado, no podía 
ser otra que la malquerencia de aquella 
bruja. Para deshacer ó contrarrestar su poder 
acudía á menudo en oración al camarín del 
Santísimo Cristo de Rodillero, famosa ima- 
gen, encontrada en medio de la mar por unos 
pescadores hace algunos siglos. 

Pero en vano fué que en poco tiempo le 
pusiese más de una docena de cirios y le re- 

13 



194 ARMANDO PALACIO VALDES 



zase más de un millón de padrenuestros; en 
vano, también, que se ofreciese á pasar un 
día entero en el camarín sin probar bocado, 
y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, ó no la 
escuchaba ó quería experimentar aún más 
su fortaleza. El negocio de sus amores iba 
cada día peor: pensando serenamente, podía 
decirse que estaba perdido: José cada vez 
más azotado por la desgracia; ella cada vez 
más sometida al yugo pesado de su madre, 
sin osar moverse sin su permiso ni replicarle 
palabra. 

En tan triste situación, comenzó á acariciar 
la idea de desagraviar á la sacristana, y ven- 
cer de esta suerte el influjo desgraciado que 
pudiera tener en su vida. Lo primero que se 
le ocurrió fué que José le pidiese perdón, y 
repetidas veces se lo aconsejó con instancia; 
pero viendo que aquél se negaba resuelta- 
mente á ello, y conociendo su carácter tenaz 
y decidido, se determinó ella misma á humi- 
llarse. 

Una tarde, á la hora de la siesta, dejando 
la casa sosegada, salióse sin ser vista y en- 
derezó los pasos por el camino escarpado 
que conducía á la casa del sacristán, la cual 
estaba vecina de la iglesia y, una y otra, 



JOSÉ 



195 



apartadas bastante del pueblo, sobre una 
meseta que formaba hacia la mitad la mon- 
taña. Como iba tan preocupada y confusa, 
no vió á la madre de José, que estaba cor- 
tando tojo para el horno, no muy lejos del 
camino. Esta levantó la cabeza y se dijo con 
sorpresa: — ¡Calle! ¿á dónde irá Elisa á estas 
horas? — Siguióla con la vista primero y, 
llena de curiosidad, echó á andar en pos de 
ella para no perderla. Vió que se detenía á 
la puerta de la casa del sacristán, que lla- 
maba y que entraba. 

— ¡Ah, grandísima picara! — dijo con voz 
irritada. — ¡Conque eres uña y carne de la 
sacristana! ¡Ya me parecía á mí que con esa 
cara de mosquita muerta no podías ser cosa 
buena!... ¡Yo te arreglaré, buena pieza; yo 
te arreglaré! 

Sólo porque Elisa entraba en casa de la 
sacristana, ya era uña y carne de ella. Esta 
falta de lógica, siempre había sido caracte- 
rística de Teresa: la cólera ofuscaba entera- 
mente el escaso juicio que Dios la había 
dado. Aparentaba despreciar la maldición 
de la sacristana, y su orgullo salvaje la im- 
pulsaba á desatarse en insultos siempre que 
de ésta se hablaba; pero en realidad, no ha- 



196 



ARMANDO PALACIO VALDES 



bía en Rodillero quien creyese más á pie 
j tintillas en tales hechicerías. 

Salió Eugenia á recibir á la joven, y se 
quedó grandemente sorprendida de su visi- 
ta; pero al saber el objeto de ella, mostróse 
muy satisfecha y triunfante. Elisa se lo ex- 
plicó ruborizada y balbuciendo. La sacrista 
na, hinchándose hasta un grado indecible, se 
negó á otorgar su perdón mientras la misma 
Teresa y José no viniesen á pedírselo. En 
vano fué que Elisa se lo suplicase con lá- 
grimas en los ojos; en vano que se arroja- 
se á sus pies y con las manos cruzadas le 
pidiese misericordia; nada pudo conseguir. 
La sacristana, gozándose en aquella humi- 
llación y casi creyendo en el poder sobreña 
tural que los sencillos pescadores le daban, 
repetía siempre en actitud soberbia: 

— No hay perdón, mientras la misma Te- 
resa no venga á pedírmelo de rodillas.... así 
como tú estás ahora. 

Elisa se retiró con el alma acongojada: 
bien comprendía que era de todo punto im- 
posible decidir á la madre de su novio á dar 
este paso; y viendo que la sacristana se ne- 
gaba á levantarla, creyó aún con más firme- 
za en la virtud de su maldición. 



JOSÉ 197 



Caminaba con paso vacilante, los ojos en 
el suelo, meditando en la desgracia que ha- 
bía acompañado siempre á sus amores: sin 
duda, Dios no los quería, á juzgar por los 
obstáculos que sobre ellos había amontona- 
do en poco tiempo. El camino por donde 
bajaba era revuelto y pendiente-, de trecho 
en trecho tenía algunos espacios llanos á 
manera de descansos. 

Al llegar á uno de ellos, salióle inopinada- 
mente al encuentro Teresa. Como apesar 
del desabrimiento de las dos familias nunca 
le había demostrado la madre de José anti- 
patía, Elisa sonrió para saludarla: pero Te- 
resa acercándose, contestó al saludo con una 
terrible bofetada. 

Al verse maltratada tan inesperadamen- 
te, la pobre Elisa quedó sobrecogida, y en 
vez de defenderse, se llevó las manos á los 
ojos y rompió á sollozar con gran senti- 
miento. 

Teresa, después de este acto de barbarie, 
quedó á su vez suspensa y descontenta de sí 
misma: la actitud humilde y resignada de Eli- 
sa la sorprendió. Y para cohonestar su ac- 
ción indigna, ó por ventura, para aturdirse 
y escapar al remordimiento, comenzó á vo- 



I98 ARMANDO PALACIO YALDES 



ciferar como tenía por costumbre injuriando 
á su víctima. 

— ¡Anda, picara, ves á reunirte otra vez 
con la sacristana! ¿Estás aprendiendo para 
bruja? Yo te regalaré el palo de la escoba. 
¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y 
cómo saca los pies de las alforjas! ¡Yo pen- 
sé que no necesitabas salir fuera de casa para 
aprender brujerías! 

Tal efecto hicieron sobre la infeliz mucha- 
cha estos insultos injustificados después de 
los golpes, que no pudiendo resistir á la emo- 
ción, se dejó caer desmayada en el suelo. 
Esto acabó enteramente de desconcertar á 
la viuda; y por un impulso del corazón, muy 
natural en su carácter arrebatado, pasó repen- 
tinamente de la cólera á la compasión, y co- 
rriendo á sostener á Elisa en sus brazos, co- 
menzó á decirla al oído: 

— |Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso 
de mí, pichona!... ¿Te he hecho daño, ver- 
dad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pe- 
garte, siendo tan buena y tan hermosa!... 
¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!... 

Y viendo que Elisa no volvía en sí, co- 
menzó á mesarse el cabello con desespe - 
ración. 



JOSÉ 



199 



— ¡Bestia, bestial ¡No hay mujer más bes- 
tia que yo! ¡Santo Cristo bendito, ayúdame 
y socorre á esta niña!.,. ¡Elisa, Elisina, vuel- 
ve en ti, por Dios, mi corazón! 

Pero la joven no acababa de salir del sín- 
cope. Teresa giraba la vista en torno bus- 
cando agua para echarle á la cara. Al fin, no 
viéndola por ninguna parte y no atreviéndo- 
se á dejar sola á Elisa, tomó el partido de 
levantarla en sus robustos brazos y llevarla 
á cuestas hasta una fuente que había algo 
más abajo. Cuando la hubo rociado las sie- 
nes con agua, recobró el conocimiento; la 
viuda se apresuró á besarla y pedirla per- 
dón; pero aquellas vivas y extremadas cari- 
cias, en vez de tranquilizarla, estuvieron á 
punto de hacerla perder de nuevo el sentido; 
tanto la sorprendieron. Por fin , entre sollo- 
zos y lágrimas, pudo decir: 

— Muchas gracias... Es V. muy buena... 

— ¡Qué he de ser buena! — prorrumpió 
Teresa con gran vehemencia. — Soy una loca 
rematada... La buena eres tú, mi palomita... 
¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... 
¡Qué dirá mi José cuando' lo sepa! 

— Fui á casa de la sacristana á pedirla 
que le levantase la maldición... 



200 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Teresa al oír esto comenzó otra vez á me- 
sarse el cabello. 

— ¡Si soy una bestial ¡Si soy una loca! 
Razón tienen en decir que debiera estar 
atada... ¡Pegar á esta criatura por hacerme 
un beneficio! 

Fué necesario que Elisa la consolase, y 
sólo después de afirmar repetidas veces que 
no la había hecho daño, que ya le había pa- 
sado el susto y que la perdonaba y la que- 
ría, logró calmarla. 

En esto ya la joven se había levantado del 
suelo: Teresa le sacudió la ropa cuidadosa- 
mente, le enjugó las lágrimas con su delantal, 
y abrazándola y besándola con efusión gran 
número de veces, la fué acompañando por 
la calzada de la iglesia , llevándola abrazada 
por la cintura, hasta que dieron en el pueblo. 
Por el camino hablaron de José (¿de qué otra 
cosa podían hablar de más gusto para las 
dos?); Elisa manifestó á Teresa que ó se casa- 
ría con su hijo ó con ninguno; ésta se mos 
tró altamente satisfecha y lisonjeada de este 
cariño; se hicieron mutuas confidencias y re- 
velaciones; se prometieron trabajar con al- 
ma y vida para que aquella unión se realiza- 
se, y, por último, al llegar al pueblo, se des- 



JOSÉ 



20I 



pidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía 
avergonzada de lo que había hecho, pregun- 
tó á la joven antes de separarse: 

—¿No es verdad, Elisina, que me perdo- 
nas de corazón? 

— ¡Bah! — repuso ésta con sonrisa dulce y 
graciosa. — Si V. me ha pegado, es por- 
que puede hacerlo... ¿No soy ya su hija? 

Teresa la abrazó de nuevo, llorando. 




XIII 



L suceso anterior, que pudo muy 
bien desbaratar los planes tene- 
brosos de la casa de Meira respecto 
á la suerte de Elisa y José, vino 
por su dichosa resolución á secundarlos. 
Porque á partir de este día, se entabló una 
firme amistad entre Elisa y la madre de su 
novio, la cual procuraron ambas mantener 
oculta por necesidad: veíanse furtivamente, 
cambiábanse rápidamente la palabra y se 
daban recados de José y para José; las en- 
trevistas de éste con la joven continuaban 
siendo en las horas más silenciosas de la 
noche. En el pensamiento de los tres estaba 




204 



ARMANDO PALACIO VALDES 



el escogitarlos medios de realizar el apetecido 
matrimonio contra la voluntad de la maestra, 
pues ya estaban bien convencidos de que 
nada lograrían de ella. Elisa se representaba 
bien claramente que la causa de aquella 
ruda oposición no era otra que la avaricia, 
el disgusto de entregar los bienes que per- 
tenecían á su difunto padre; pero no sólo no 
lo confesaba á nadie, sino que hacía es- 
fuerzos por no creerlo, y alejar de sí tal pen- 
samiento: y aun se prometía muchas veces 
despojarse de su hacienda cuando llegase el 
caso, para no causar pesadumbre alguna á 
su madre. 

Mas aunque en ella y en José tal pensamien- 
to estuviese presente, no acertaban á dar un 
paso para ponerlo en vías de obra; la rudeza 
del pobre marinero, y la supina ignorancia 
de las mujeres, no les consentía ver en aquel 
asunto un solo rayo de luz. En esta ocasión, 
como en tantas otras durante la Edad Media, 
fué necesario que el castillo viniese en so- 
corro del estado llano. La casa de Meira, sin 
que ellos lo supiesen, ni menos persona al- 
guna de Rodillero, trabajaba en favor suyo 
silenciosamente, con el misterio y sigilo di- 
plomáticos que ha caracterizado siempre á 



JOSÉ 



205 



los grandes linajes, á los Atridas, á los Mé- 
dicis, á los Austrias. Más de media docena 
de veces había ido D. Fernando á Sarrio y 
había vuelto sin que nadie se enterase del 
verdadero negocio que allá le llevaba: unas 
veces era para comprar aparejos de pesca, 
otras para encargarse unos zapatos, otras á 
ver un pariente enfermo, etc., etc.; siempre 
mintiendo y engañando sutilmente á todo el 
mundo con un refinamiento verdaderamente 
florentino. Lo mismo Teresa que Elisa, no 
dejaban de advertir que la sombra del noble 
vástago las protegía; había señales ciertas 
para pensarlo: cuando cruzaba á su lado las 
dirigía hondas miradas de inteligencia acom 
pañadas á veces de ciertos guiños inexplica- 
bles, otras de alguna palabra misteriosa como 
«esperanza;» «los amigos velan;» «silencio y 
reserva; » y así por el estilo otras varias des- 
tinadas á conmoverlas y sobresaltarlas; pero 
ellas la mayor parte de las veces no se daban 
por entendidas, ó porque no las entendieran 
realmente, ó porque no concediesen á los 
manejos diplomáticos del caballero toda la 
importancia que tenían. Sólo José estaba al 
tanto de ellos en cierta manera, aunque no 
mucho confiaba en su eficacia. 



206 ' ARMANDO PALACIO VALDES 



Un día D. Fernando le llamó á su posa- 
da, y presentándole un papel le 'dijo: 

— Es necesario que firme Elisa este docu- 
mento. 

— ¿Pero, cómo?... 

— Llévalo en el bolsillo; provéete de un 
tintero de asta y una pluma... y á la prime- 
ra ocasión... ¿entiendes? 

: — Sí, señor. 

— Quedamos en eso. 

Devuelto el papel al cabo de algunos días 
con la firma, el caballero le dijo: 

— Es necesario que preguntes á Elisa si 
está dispuesta á todo ; á desobedecer á su 
madre y á vivir fuera de su casa algunos 
meses, para casarse contigo. 

Esta comisión fué de mucho mayor em- 
peño y dificultad para el marinero. Elisa no 
podía decidirse á dar un paso tan atrevido. 
No el temor de cometer un pecado y faltar 
á sus deberes filiales la embarazaba, pues 
por el cura que la confesaba sabía que sien- 
do la oposición de los padres irracional ó 
fundada únicamente sobre motivos de inte- 
reses, estaba en su derecho faltando á la 
obediencia : pero siempre había vivido tan 
supeditada á su madre, tenía tantísimo mié- 



JOSÉ 



207 



do á su cólera fría y cruel, que la idea de 
aparecer en plena rebelión ante ella, la ate- 
rraba. Fué necesario que pasasen muchos 
días, que José la suplicase infinitas veces 
hasta con lágrimas en los ojos, y que ella 
se persuadiese á que no había absolutamen- 
te otro recurso ni otro medio de salir de 
aquella angustiosa situación y alcanzar lo 
que tan ardientemente deseaba , para que al 
fin viniese á consentir en ello. 

Noticioso el Sr. de Meira de esta conce- 
sión, dijo á José en el tono imperativo pro- 
pio de su rango: 

— Esta tarde ven á buscarme; tenemos 
que hacer juntos. 

José inclinó la cabeza en testimonio de 
sumisión. 

— ¿Te encuentras resuelto á todo? 

La misma señal de respeto. 

Perfectamente: no desmereces del alto 
concepto que de ti había formado. En los 
asuntos arduos es menester que se aunen la 
diplomacia y el valor...; entiéndelo bien. Tal 
ha sido lo que caracterizó siempre á mi fa- 
milia: prudencia y decisión. El adelantado 
D. Alonso de Revollar, un ascendiente mío 
por la línea femenina, pasó en su época, y 



208 



ARMANDO PALACIO VALDES 



durante la guerra de 'América, por un con- 
sumado diplomático, y sin embargo, esto no 
dañaba poco ni mucho á su valor, que en 
ocasiones rayó en temeridad... 

— ¿Y á qué hora quiere que vaya á bus- 
carle? — preguntó José temiendo con razón 
que el caballero se descarriase, como solía 
acontecer. 

— Después de comer... á la una. 

— Pues con su permiso, D. Fernando... 
tengo que componer una red... 

— Bien, bien, hasta la vista. 

A la hora indicada fué el marinero á la 
posada del Sr. de Meira: al poco rato salie- 
ron juntos y enderezaron los pasos por la 
calle abajo en dirección de la ribera. Antes 
de llegar á ella, D. Fernando se detuvo de- 
lante de una casa algo más decente que las 
contiguas. 

— Alto; vamos á entrar aquí. 

— ¿En casa de D. Cipriano? 

— En casa de D. Cipriano. 

El Sr. de Meira llamó á la puerta y pre- 
guntó si se podía ver al señor juez munici- 
pal. La vieja que les salió á abrir, hermana 
de éste, les dijo que estaba durmiendo la 
siesta. D. Fernando insistió: era un negocio 



JOSÉ 



urgente. La vieja, mal humorada y gruñen- 
do, porque estaba lejos de reconocer en el 
señor de Meira derechos señoriales, se fué al 
cabo á despertar á su hermano. 

D. Cipriano, á quien ya tenemos el honor 
.de conocer por haberle visto en la tienda de 
la maestra, los recibió afablemente, aunque 
mostrando sorpresa. 

— ¿Qué hay de nuevo, D. Fernando? 

Este sacó del bolsillo de su raidísima levi- 
ta un papel, lo desdobló con lentitud aca- 
démica y lo presentó gravemente al juez. 

— ¿Qué es esto? 

— Una solicitud de D. a Elisa Vega pidien- 
do que se la saque del poder de su madre y 
se la deposite con arreglo á la ley, para 
contraer matrimonio. 

D. Cipriano dió un salto atrás. 

— ¿Cómo... Elisita... la hija de la maestra? 

D. Fernando inclinó la cabeza en señal de 
asentimiento. 

El juez municipal se apresuró á coger las 
gafas de plata que tenía sobre la mesa y á 
ponérselas, para leer el documento. 

La lectura fué larga, porque D. Cipriano, 
en achaque de letras, se había andado toda 
su vida con pies de plomo. Mientras duró, 

14 



ARMANDO PALACIO VALDES 



José tenía los ojos clavados ansiosamente en 
él. El señor de Meira se acariciaba distraída- 
mente su luenga perilla blanca. 

— ¡No sospechaba estol — exclamó el juez 
levantando al fin la cabeza — Y á la verdad 
no puedo menos de confesar que lo siento... 
porque al cabo la maestra y su marido son 
amigos... y van á llevar un disgusto gran- 
de... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fer- 
nando? 

— ¿Está en regla, señor juez? — respondió 
éste gravemente. 
— Sí, señor. 

— Pues basta; no hay necesidad de más. 

D. Cipriano se puso pálido; después rojo. 
No había hombre de más extraña suscepti- 
bilidad en todo el mundo: una mirada le he- 
ría; una palabra le ponía fuera de sí: pensó 
que D. Fernando había querido darle una 
lección de delicadeza y se inmutó notable- 
mente. 

— Sr. D. Fernando... yo no pretendía... 
esas palabras... me parece... 

— No ha sido mi ánimo ofender á V., se- 
ñor juez. Quería solamente hacer constar 
mis derechos á callarme delante del funcio- 
nario... Por lo demás, V. es mi amigo hace 



JOSÉ 



211 



tiempo y he tenido siempre un gran placer 
en tenderle mi mano. Basta que V. haya 
pertenecido á los ejércitos de su majestad, 
para que sea acreedor á la más alta conside- 
ración por parte de todos los hombres bien 
nacidos. 

El tono y la actitud con que D. Fernando 
pronunció estas palabras debía semejar mu- 
cho al que usaban en tiempos remotos los 
nobles al dirigirse á algún miembro del es- 
tado llano, cuando éste entró á deliberar con 
ellos en los negocios del gobierno. Pero don 
Cipriano, que no estaba al tanto de estos 
ademanes puramente históricos, en vez de 
ofenderse más, se tranquilizó repentina- 
mente. 

— Gracias, D. Fernando..., muchas gra- 
cias. Como yo aprecio tanto á esa familia... 

— Yo la aprecio también. Pero vamos al 
caso: Elisa se quiere casar con este mucha- 
cho; su madre se lo impide sin razón algu- 
na... porque es pobre, ta) vez... ó tal vez 
(esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis) 
por no entregar la herencia del difunto Ve- 
ga, con la cual comercia y se lucra. No hay 
otro medio que acudir pidiendo protección 
á la ley; y la muchacha ha acudido. 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Está muy bien. Ahora lo que procede, 
es que yo vaya á preguntar á la chica si se 
ratifica en lo que aquí demanda. En caso 
afirmativo, procederemos al depósito. 

— ¿Y cuándo? 

— Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. 
quieren. 

— Por la tarde, señor juez — apuntó 
José, — se va á enterar todo el pueblo y habrá 
un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para 
después que oscurezca... 

— Como quieras; á mí me es igual. Pero 
te advierto que es necesaria la presencia del 
secretario, y está hoy en Peñascosa. 

— D. Telesforo estará aquí entre luz y luz 
— dijo el señor de Meira. 

— Entonces no tengo nada que objetar. 
Al oscurecer les espero á VV. 

— Ahora, D. Cipriano — dijo el señor de 
Meira, inclinándose gravemente, — yo espero 
que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí... 

— ¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fer- 
nando? — preguntó el juez, poniéndose otra 
vez pálido. 

D. Fernando sonrió con benevolencia. 

— Nada que pueda ofender á V., señor 
juez... Usted es un hombre de honor y no ne- 



JOSE 



213 



cesita que le recomienden el secreto en los 
negocios que lo exigen. Quería decir única- 
mente que en este asunto necesitamos el 
mayor sigilo; que nadie sospeche nuestro 
propósito, ni se trasluzca absolutamente 
nada. 

— Eso es otra cosa — repuso D. Cipriano 
sosegándose. 

— Quedamos, pues, en que después que 
anochezca nos espera V., ¿no es eso? 

— Sí señor. 

— Hasta la vista, entonces. 

El procer alargó su mano al representan- 
te del tercer estamento. 

— Adiós, D. Fernando: adiós, José. 

Así que cerró la noche, una noche de Agos- 
to calurosa y estrellada, D. Fernando, don 
Telesforo (que había llegado oportunamente 
pocos momentos antes) y José, se dirigieron 
otra vez á casa del juez: subió D. Telesforo 
únicamente: aguardaron á la puerta el noble 
y el marinero: al poco rato salió D. Cipriano 
acompañado de cerca por su notable bastón 
con puño de oro y borlas, y algo más lejos 
por el secretario del juzgado. Los cuatro, 
después de cambiar un saludo amical en 
tono de falsete, enderezaron los pasos silen- 



214 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ciosamente por la calle arriba en dirección á 
la casa del maestro. 

Las tabernas estaban, como siempre á 
tal hora, atestadas de gente: por sus puertas 
abiertas se escapaba la luz y rumor confuso 
y desagradable de voces y juramentos: nues- 
tros amigos se alejaban de ellas cuanto po- 
dían para no ser notados. El pobre José iba 
temblando de miedo: él, tan sereno y tan 
bravo ante los golpes de mar, sentía enco- 
gérsele el corazón y doblársele las piernas 
al imaginar cómo se pondría la maestra vién- 
dose burlada. Más de veinte veces estuvo 
para huir, dejar que aquellos señores des- 
empeñasen su tarea solos; pero siempre le 
detenía la idea de que Elisa iba á necesitar 
de su presencia para animarse. ¿Cómo esta- 
ría la pobrecilla en aquel momento? Al pre- 
guntarse esto José tomaba fuerzas y seguía 
caminando quedo en pos délos tres ancianos. 

Cuando llegaron frente á la casa de la 
maestra, el juez se detuvo y les dijo bajan- 
do cuanto pudo la voz: 

— Ahora voy á entrar yo solamente con 
D. Telesforo. Usted, D. Fernando, puede 
quedarse con José cerca de la puerta, por si 
hacen falta para dar valor á la chica. 



JOSE 



Asintió el marinero de todo corazón, pues 
en aquel instante podía ahogársele con un 
cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apar- 
taron de ellos; la luz de la tienda les iluminó 
por un momento: entraron. Un estremeci- 
miento de susto y pavor sacudió fuertemen- 
te el cuerpo de José. 




XIV 



N la tienda de la maestra se habían 
congregado, como todas las no- 
ches á primera hora, unos cuantos 
marineros y algunas mujerucas, 
que rendían parias á la riqueza y á la impor- 
tancia de la seña Isabel: estaban además el 
cabo de mar y un maragato que traficaba 
con el escabeche. La tertulia se mantenía 
silenciosa y pendiente de los labios del ve. 
nerable D. Claudio, el cual, sentado detrás 
del mostrador en un antiguo sillón de ba- 
queta, leía en alta voz" á la luz del velón por 
un libro manoseado y grasiento. 

Era costumbre entre ellos solazarse en las 




218 



ARMANDO PALACIO VALDES 



noches de invierno con la lectura de alguna 
novela: las mujeres, particularmente, goza 
ban mucho siguiendo sus peripecias doloro- 
sas. Porque era siempre una historia tristísi 
ma la que se narraba, y si no los tertulianos 
se aburrían: una esposa abandonada de su 
marido, que á fuerza de paciencia y dulzura 
consigue traerle de nuevo á sus brazos; las 
aventuras de un niño expósito, que al fin re- 
sulta hijo de un duque ó cosa que lo valga; los 
trabajos de dos enamorados á quienes la suer- 
te persigue cruelmente muchos años. Había 
dos ó tres docenas de estas novelas en Ro- 
dillero, que habían dado ya varias veces la 
vuelta al pueblo, siempre con el mismo éxi- 
to lisonjero y con un poquito más de grasa 
cada día en sus folios: todas «concluían 
bien:» era requisito indispensable. D. Clau- 
dio, que era muy sensible á las desgracias 
narradas y solía llorar con ellas, cuando es- 
taba constipado nunca dejaba de proponer 
que se leyese, con objeto de desahogar un 
poco la cabeza. 

Titulábase la novela que ahora tenía en- 
tre las manos, Maclovia y Federico, ó las 
minas del Tirol: era una relación conmove- 
dora de las desdichas de dos amantes que, 



JOSÉ 



219 



habiendo nacido en egregia cuna, por el ri- 
gor de sus padres se ven precisados á ga- 
narse el sustento con las manos. Federico y 
Maclovia se casan en secreto : el padre de 
ésta, que es un príncipe de malísimas pul- 
gas, los persigue: huyen ellos, y Federico 
entra de bracero en una mina; su joven es- 
posa le sigue con admirable valor; tienen un 
hijo; padecen mil dolores é injusticias: al 
fin el príncipe se ablanda y los redime de 
tanta desgracia, llevándolos en triunfo á su 
palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, 
estaban sumamente interesados y ansiaban 
saber en qué paraba. De vez en cuando al- 
guna de aquéllas exclamaba en tono las- 
timero: 

— ¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó! 

La compasión era siempre para el elemento 
femenino de la obra. 

La señá Isabel cosía como de costumbre 
detrás del mostrador al lado de su fiel esposo; 
no parecía muy apenada por las desgracias 
de los jóvenes amantes. Elisa también estaba 
sentada cosiendo; pero á menudo se le- 
vantaba de la silla con distintos pretextos, 
•descubriendo cierta inquietud que desde lue- 
go llamó la atención de la sagaz maestra. 



220 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¡Pero muchacha, hoy tienes azogue! 

No azogue, sino miedo y muy grande 
tenía la pobre. ¡Cuántas veces se arrepintió 
de haber cedido á los ruegos de José! Pen- 
sando en lo que iba á suceder aquella noche, 
sentía escalofríos; el corazón le bailaba den- 
tro del pecho con tal celeridad, que se ex- 
trañaba de que los demás no lo advirtiesen. 
Había rezado ya á todos los santos del cielo 
y les había prometido mil sacrificios si la 
sacaban con bien de aquel aprieto. — ¡Dios 
mío — solía decirse, — que no vengan! — Y á 
cada instante dirigía miradas de terror á la 
puerta. La señá Isabel observó que unas 
veces estaba descolorida, y otras roja como 
una amapola. 

— Oyes, Elisa; tú estás enferma... 

— Sí, madre; me siento mal — repuso ella 
vislumbrando con alegría la idea de mar- 
charse. 

— Pues anda, vete á la cama... será prin- 
cipio de un constipado. 

La joven no lo quiso ver mejor, y soltando 
la obra que tenía en las manos, desapareció 
rápidamente por la puertecilla de la tras- 
tienda. Subió la escalera á saltos como si 
huyese de un peligro inminente; pero al lie- 



JOSÉ 



221 



gar á la sala quedó petrificada oyendo en la 
tienda la voz de D. Cipriano. 

En efecto, éste y D. Telesforo entraban 
en aquel instante. 

— Buenas noches, señores. 

— Buenas noches — contestaron todos. 

La maestra quedó muy sorprendida, por- 
que D. Telesforo hacía bastante tiempo que 
estaba reñido con ella y no frecuentaba la 
tienda. Después de un momento de silencio 
algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con 
amabilidad: 

—¿Y Elisita? 

— Ahora se ha ido á la cama: se siente un 
poco mal — repuso la señá Isabel. 

— Pues necesito hablar con ella dos pala- 
britas — replicó el juez apelando siempre á 
los diminutivos. 

La maestra se puso terriblemente pálida, 
porque adivinó la verdad. 

— Bueno, la llamaré — dijo con voz opaca 
levantándose de la silla. 

— No es necesario que V. la moleste; yo 
subiré, si es que no se ha acostado. 

— Subiremos cuando V. quiera... 

El juez extendió la mano como para de- 
tenerla, diciendo: 



222 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Permítame V., señora Isabel... El ne- 
gocio que vamos á tratar es reservado... El 
único que debe subir conmigo es D. Te 
lesforo. 

La maestra le clavó una mirada siniestra: 
D. Cipriano se puso un poco colorado. 

— Yo lo siento mucho, señora, pero es 
necesario... 

Y por no sufrir más tiempo los ojos de 
la vieja, se apresuró á subir á la casa, segui- 
do del secretario. 

El venerable D. Claudio, prodigiosamente 
afectado con aquella escena, dejó caer al 
suelo á la desdichada Maclovia, y ya no se 
acordó de recogerla. Abría los ojos de tal 
modo, mirando á su mujer, que era un mila- 
gro del cielo el que no se le escapasen de las 
órbitas. La maestra, inmóvil, clavada al sue- 
lo en el mismo sitio en que la había dejado 
D. Cipriano, no perdía de vista la puerta 
por donde éste había salido. 

— Vamos — dijo al fin con ira concentra- 
da, pasándose la mano por el rostro; — la ni- 
ña está en el celo; hay que casarla á escape. 

— ¿Cómo casarla? — preguntó D. Claudio. 

Su mujer le echó una mirada de despre- 
cio, y volviéndose á los circunstantes que 



JOSÉ 



223 



estaban pasmados sin saber lo que era 
aquello, añadió: 

— ¿Qué; no se han enterado VV. toda- 
vía?... Pues está bien claro; que ese perdido 
de la viuda necesita cuartos, y quiere llevar- 
me á Elisa. 

José oyó perfectamente estas palabras, y 
se estremeció como si le hubiesen pinchado . 
D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole • 
una mano sobre el hombro; pero él mismo 
estaba muy lejos de hallarse tranquilo; por 
más que se atusase gravemente su luenga 
perilla blanca hasta arrancársela, la proce- 
sión le andaba por dentro. 

— Yo creía — dijo uno de los tertulios — 
que eso había concluido hacía ya mucho 
tiempo. 

— En la apariencia sí — contestó la maes- 
tra; — pero ya ven VV. cómo se las ha arre- 
glado ese borrachín para engatusarla otra 
vez. 

— Pero ese es un acto de rebelión por 
parte de Elisa, que merece un castigo ejem- 
plar — saltó D. Claudio. — Yo la encerraría 
en la bodega y la tendría quince días á pan 
y agua. 

— Y yo te encerraría á ti en la cuadra por 



224 



ARMANDO PALACIO VALDES 



borrico — dijo la señá Isabel, descargando 
sobre su consorte el fardo de cólera que la 
abrumaba. 

— j Mujer!... esa severidad... ¿á qué con- 
duce?... Me parece que te ha cegado la pa- 
sión en este momento. 

El rostro del maestro, al proferir estas pa- 
labras, reflejaba la indignación y el miedo á 
un mismo tiempo, y guardaba, aunque no 
\ esté bien el decirlo, más semejanza que 
nunca con el de un perro dogo. 

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió 
hablando con aparente calma. 

— ¡Vaya, ya se le contentó el antojo á la 
viuda!... Hay que alegrarse, porque si no, el 
día menos pensado se queda en un patatús. 

— ¡Pero quién había de decir que una 
chica tan buena como Elisa!... — exclamó una 
de las mujerucas. 

— A la pobre le han llenado la cabeza de 
viento — dijo la maestra. — Se figura que hay 
en casa torres y montones y que todos son 
de ella... ¡No se van á llevar mal chasco ella 
y su galán! 

— Señora Isabel — dijo el juez, que bajaba 
en aquel momento,— Elisa ha solicitado el 
depósito para casarse y acaba de ratificarse 



JOSÉ 



225 



en su petición... No me queda más remedio 
que decretarlo... Siento en el alma darle este 
disgusto... pero la ley... yo no puedo menos... 

La maestra, después de mirarle fijamente, 
hizo un gesto despreciativo con los labios. 

— No se disguste V., D. Cipriano, que va 
á enfermar. 

Una ola formidable de sangre subió al 
rostro del susceptible funcionario. 

— Señora, tenga V. presente con quien 
habla. 

— Con el hijo de Pepa la panadera — dijo 
ella, bajando la voz y volviéndole la espalda. 

El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, 
de una humilde panadera y había ascendido 
desde soldado: no era de los que ocultasen 
su origen ni se creía deshonrado por esto; 
mas el tono de desprecio con que la maestra 
pronunció aquellas palabras, le hirió tan pro- 
fundamente, que no pudo articular ninguna. 
Después de mover varias veces los labios 
sin producir sonido alguno, al fin rompió, 
diciendo en voz temblorosa: 

— Cállese V., mala lengua... ó por vida de 
Dios, que la llevo á V. á la cárcel. 

La maestra no contestó, temiendo sin du- 
da que el juez exasperado cumpliese la amé- 
is 



226 



ARMANDO PALACIO VALDES 



naza: se contentó con reírse frente á sus ter- 
tulios. 

D. Cipriano, repuesto de su emoción do- 
lorosa, ó convaleciente por lo menos, dijo 
con acento imperativo: 

— A ver... designe V. la persona que ha 
de encargarse de su hija mientras permanez- 
ca en depósito. 

La maestra volvió la cabeza, le miró otra 
vez con desdén y se puso á cantar frente á 
sus amigas: 

Tan tarantán 1 los higos son verdes. 

Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más 
imperio aún: 

— Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique » 
usted ahora mismo que la señora no ha 
querido designar persona que se encargue de 
tener á su hija en casa mientras esté depo- 
sitada. 

Después de dar esta orden, salió de la tien- 
da y se fué al portal: allí estaba Elisa á os- 
curas y temblando de miedo. Cuando hubo 
hablado con ella algunas palabras, volvió á 
entrar. 

— En uso de la facultad que la ley me con- 
cede, designo á D. a Rafaela Morán, madrina 



JOSÉ 



22 7 



de la interesada, para que la tenga en su 
poder hasta que cese el depósito. 

Mientras D. Telesforo extendía estas dili- 
gencias, los marineros y las mujerucas co- 
menzaron á consolar á la señá Isabel y á 
poner infinitos comentarios y glosas á la es- 
cena que se estaba efectuando: repuestos 
de la sorpresa que les había producido, se 
les desató la lengua de forma, que la tienda 
parecía un gallinero. 

— ¡Pero cómo se atrevería esa chica á dar 
un paso semejante! — decía uno. 

— Después de todo, ¿qué se va á hacer?... 
Hay que tomarlo con calma, señá Isabel... — 
decía una vieja que no le pesaba nada del 
disgusto que la maestra padecía. 

— Por mí, si estuviera en su lugar — decía 
otra á quien le pesaba mucho menos — no 
me disgustaría poco ni mucho... Que la niña 
se quiere marchar de casa... ¡Vaya bendita 
de Dios!... Con darle lo que es suyo, esta- 
mos en paz. 

La maestra ta echó una rápida mirada de 
ira. La vieja sonrió con el borde de los lábios: 
ya sabía que había herido en lo más vivo. 

— Lo peor de todo es el ejemplo, D. Clau- 
dio — dijo el maragato. 



228 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Tiene V. razón, ¡el ejemplo I ¡el ejem- 
plo! — exclamó aquél elevando al cielo los 
ojos y las manos. 

— A mí me daba en la nariz que Elisa te- 
nía algún secreto — apuntó un marinero an- 
ciano. — Por dos veces la vi hablando con 
D. Fernando de Meira, camino del monte 
de San Esteban, y noté que en cuanto me 
atisbaron echaron á correr, uno para un lado 
y otro para otro. 

— Pues otra cosa me pasó á mí — dijo el 
cabo de mar. — Iba una tarde hacia Peñasco- 
sa, y á poco más de media milla de aquí me 
encontré á D. Fernando, en gran conversa 
ción con Elisa, y noté que acababa de sepa- 
rarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente. 

— ¡Ya me parecía que aquí había de andar 
la mano del señor de la gran casa de m...! 
— exclamó la maestra. 

Oyendo aquel grosero y feroz insulto, don 
Fernando no pudo contenerse y entró como 
un huracán por la puerta de la tienda, con 
las mejillas pálidas y los ojos centellantes. 

— ¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuágue- 
se V. la boca antes de hablar de la casa de 
Meira! 

— ¡No lo dije yo! — exclamó la maestra sol- 



JOSÉ 



tando al mismo tiempo una carcajada estri- 
dente. — ¡Ya pareció el marqués de los cal- 
zones rotos! — Y encarándose con él, añadió 
sarcásticamente: — ¿Cuántos zoquetes de pan 
le han dado, señor marqués, por encargarse 
de este negocio? 

Los tertulios rieron. El pobre caballero 
quedó anonadado ; la cólera y la indignación 
se le subieron á la garganta, y en poco estu- 
vo que no le ahogasen; comprendió que era 
imposible luchar con la desvergüenza y pro- 
cacidad de aquella mujer, y se salió de la 
tienda pálido y convulso. Pero la maestra, 
viendo que se le escapaba la presa, le gritó: 

— ¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado 
la panza para servir de pantalla, ¿verdad? 
Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! 
¡chupón! 

El noble señor de Meira, al recibir por la 
espalda aquella granizada de injurias, se vol- 
vió, agitó los puños y tuvo fuerzas para pre- 
guntar: 

— ¿Pero no hay quien clave un hierro can- 
dente en la lengua á esa infame mujer? 

Al decir esto recordaba, sin duda, los te- 
rribles castigos que sus antepasados infligían 
á los villanos insolentes. Pero en la tienda, 



23O ARMANDO PALACIO VALDES 



estas aterradoras palabras fueron acogidas 
con una risotada general. 

D. Telesforo, en tanto, había concluido 
de escribir. El juez, cada vez más ofendido 
con la maestra, dijo al secretario: 

— Haga V. el favor de notificar á la madre 
de la joven que debe entregar la cama y la 
ropa de su uso. 

— Yo no entrego nada, porque lo que' hay 
en casa es mío — dijo la vieja poniéndose 
seria. 

— Dígale V. á la señora — continuó el juez, 
dirigiéndose á D. Telesforo, — que eso ya se 
verá: por lo pronto, que entregue la cama y 
la ropa que la ley concede á la depositada. 

— Pues yo no entrego nada. V 

— ¡Pues se lo tomaremos! — exclamó don 
Cipriano exasperado. — A ver: dos de VV. 
que vengan conmigo á servir de testigos... 

Y señalando á un par de marineros, les 
obligó á subir con él al cuarto de Elisa. Esta 
sollozaba en el portal escuchando con terror 
los atroces insultos que á ella, á su novio y 
á la familia de éste lanzaba su madre dan- 
do vueltas por la tienda como una fiera. 

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano. 

— Elisa, sube conmigo á señalar tu ropa. 



JOSÉ 



231 



— ¡Por Dios, señor juez! ¡Déjeme V. por 
Dios! No quiero llevarme nada... 

D. Cipriano, respetando el dolor de la 
joven y su delicadeza, no quiso insistir. Pero 
se fué á la calle en busca de José, le llevó 
arriba y le hizo cargar con la ropa y la cama 
de Elisa. Después sacó á ésta del portal, la 
colocó entre D. Fernando de Meira y él, y 
se dirigieron á casa de la madrina escoltados 
por el secretario y algunas mujeres y ma- 
rineros que se habían juntado á la puerta de 
la tienda. José marchaba delante trotando 
con su grata carga. 



XV 



RASCURRIERON los tres meses que 
la ley señala para esperar el consejo 
paterno: no se pasaron tan alegres 
como podía presumirse. Elisa no 
estaba contenta en casa de su madrina: era 
una vieja egoísta é impertinente que no 
cesaba en todo el día de reñir con las galli- 
nas, con el cerdo y con los gatos. Acostum- 
brada á este gruñir y rezar constante, pronto 
consideró á su ahijada como uno de tantos 
animales domésticos, y le prodigó los mismos 
discursos: de vez en cuando le echaba en 
cara directa ó indirectamente el favor que 
la hacía; favor que la joven había prometido 




234 ARMANDO PALACIO VALDES 



pagar cuando estuviese en posesión de sus 
bienes. Además, la rebelión contra su madre 
la traía pesarosa ; sentía remordimientos; 
lloraba á menudo; más de una vez se sintió 
tentada á volverse á casa, echarse á los pies 
de señá Isabel y pedirla perdón. José la sos- 
tenía con su pasión enérgica y dulce á la 
par en estos momentos de flaqueza, tan 
propios en una hija buena y sencilla. No 
salía apenas á la calle: sólo á la hora del 
oscurecer, cuando su novio venía de la mar, 
hablaba algunos cortos instantes con él á la 
puerta de casa, delante de su madrina, quien 
no se alejaba un punto de ellos', más por el 
I gusto de estorbarles, que para guardar á su 
ahijada. Tal vez que otra, muy rara, salían 
de paseo los tres por algún camino ex- 
traviado, de suerte que nadie los viese: la 
inocente muchacha imaginaba que su con- 
ducta era juzgada severamente en Rodillero, 
y que todos la reprobaban. No era verdad: 
los vecinos del lugar, sin faltar uno, hallaban 
justificada su resolución, y se habían. alegrad o 
no poco de ella: la maestra era generalmente 
odiada. 

Hubo un suceso también que les impre- 
sionó dolorosamente, lo mismo á ella que á 



JOSÉ 



235 



José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. 
D. Fernando de la casa de Meira había des- 
aparecido de Rodillero pocos días después 
de haberse depositado á Elisa; de nadie se 
despidió, y nadie supo á dónde se había di- 
rigido: todas las indagaciones que se hicieron 
para averiguar su paradero, fueron infruc- 
tuosas. José experimentó un gran disgusto: 
precisamente tenía ya ahorrados de la cos- 
tera del bonito cerca de tres mil reales que 
pensaba darle en seguida á cuenta de los 
diez mil que de él había recibido, figurándo- 
se, no sin razón, que los dineros con que se 
había quedado de los catorce mil que don 
Anacleto le había pagado por la casa, an- 
darían muy cerca de concluirse. Volvíase 
loco pensando que acaso hostigado por la 
necesidad, y no queriendo de vergüenza pe- 
dirle nada, se habría huido por el mundo el 
buen caballero á quien tantos favores debía. 
Salió espeditamente él mismo en su busca, 
abandonando para ello lancha y trabajo; 
pero después de recorrer durante cuatro días 
todos los contornos y haber extendido la 
excursión á varios puntos distantes de la 
provincia preguntando en todos los para- 
jes, vióse necesitado á regresar sin saber 



236 



ARMANDO PALACIO V ALOES 



nada. Esto le tenía muy apesadumbrado. 

La costera del bonito había sido tan bue- 
na aquel año como el anterior: la lancha que 
José había comprado á un armador vizcaíno, 
trabajó admirablemente todo el verano: la 
compaña, en la cual figuraban como antes 
el satírico Bernardo y el tremendo Corsario» 
estaba contentísima, no sólo por las ganan- 
cias que percibía, sino por ver al pobre José, 
á quien todos apreciaban de veras, al cabo 
de sus desgracias y en vísperas de ser feliz. 
Repetíase sin notables variantes lo que pa- 
saba en el comienzo de esta historia: Bernar- 
do embromaba á sus compañeros, y en par- 
ticular al Corsario, con faramallas divertidas 
como la de la piedra de marras: José no sa- 
lía tampoco ileso de ellas. A menudo le pre- 
guntaba: — ¿Pero cuándo vemos esa comedia, 
muchacho? Mira tú que se van á marchar los 
cómicos. — Todos estaban al tanto de lo que 
aquello significaba, y reían, recordando la 
promesa que José les había hecho el año 
anterior, de darles dinero el día de su matri- 
monio para ir á Sarrio á ver una función de 
teatro. La única diferencia, y de ello no les 
pesaba nada, era que este año había mucha 
sardina: los viejos, mientras ellos corrían por 



JOSÉ 



237 



la altura aferrando bonitos, se mantenían cer- 
ca de la costa, con las barcas chicas, y ma- 
ñana y tarde solían volver á casa cargados 
de pescado. En pocos meses había entrado 
mucho dinero en el pueblo: las fábricas de 
escabeche funcionaban noche y día; no se 
veían por la calle sino maragatos y carros 
atestados de barriles. El cuerno de la abun- 
dancia se había vaciado de golpe sobre Ro- 
dillero; y, como sucedía siempre en tales 
casos, en vez de separar una parte de las 
ganancias para comer en los días de miseria, 
todas se invertían en las tabernas y en el 
mercado. Entre los pescadores no se conoce 
apenas el ahorro; pero hay disculpa para 
ello: el peligro constante en que viven les 
arranca la facultad de prever, que tan des- 
arrollada está entre los campesinos; el traba- 
jo rudo y sombrío á que se entregantes hace 
apetecer con ansia los momentos de expan- 
sión y la alegría ruidosa que el vino comunica. 

Sucedió lo que era de esperar: en pos de 
los bienes, los males. Terminada la costera 
del bonito, y también casi dando las bo- 
queadas la de la sardina, quedaron las lan- 
chas paradas algún tiempo esperando la 
merluza y el congrio. Los marineros, durante 



238 



armando palacio valdés 



este tiempo de holganza, vivían en las ta- 
bernas ó se paseaban en pandillas, según su 
costumbre, por las riberas de la mar escru- 
tando y dando su opinión sobre las velas que 
cruzaban por el horizonte. En estos días se 
comieron lo que les restaba de los pingües 
quiñones del verano. 

Pero el invierno no se presentó benigno. 
Cuando empezaron á salir al congrio y la 
merluza, volvían la mayor parte de los días 
sin nada ó con muy poco pescado. Además, 
en varias ocasiones sintieron algunos latiga- 
zos del Noroeste, que les puso en cuidado. 
Dejaron entonces de pescar, y aguardaron 
que llegase la época propicia para el besugo. 
El mes de Diciembre siguió aún más rudo y 
tornadizo que el de Noviembre; mas como 
no había otro remedio que ir á la mar, bajo 
pena de morirse de hambre ó salir á pedir 
limosna por las aldeas, cosa que solamente 
hacían en el último aprieto, comenzaron á 
trabajar en la pesca del besugo, aunque re- 
celosos y prevenidos para cualquier evento. 
El tiempo fué de mal en peor: algunos días 
serenos llegaban que les hacían concebir es- 
peranzas de mejoría; pero al instante se 
cambiaba y volvía á mostrarse con cariz feo 



JOSÉ 



239 



y huraño. Cierta especie propalada por el 
lugar les infundió aún más recelo: se decía 
que un muchacho había visto varias noches 
salir de la ribera tres de las lanchas, tripula- 
das por hombres vestidos de blanco, y que 
al cabo de dos ó tres horas las veía entrar 
de nuevo solas. No es fácil representarse el 
terror que esta noticia produjo en el pueblo, 
sobre todo entre las mujeres: los hombres 
también estaban tristes y medrosos, pero lo 
disimulaban. 

A la general tristeza que en el pueblo rei- 
naba, y de la cual participaban, no en pe- 
queña porción, Elisa y José, se añadió para 
éstos una desgracia que les conmovió hon- 
damente: se supo de modo evidente que don 
Fernando de Meira había sido encontrado 
muerto en un camino de sierra, allá hacia 
la montaña de León. Se dio por supuesto 
entre los vecinos que el caballero iría á bus- 
car dinero á réditos por la noche, según su 
costumbre, y se habría matado de una 
caída; pero algunos, sin respeto á la me- 
moria del comendador de Villaplana, del 
procurador de las Cortes de Toro, del pre- 
sidente del Consejo de Italia y del oidor de 
la Audiencia de Méjico, aseguraban que don 



240 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Fernando iba pidiendo limosna y se había 
muerto de hambre y de frío. Sea de esto lo 
que quiera, su muerte causó en todo el pue- 
blo triste impresión, porque era universal» 
mente querido. Elisa le lloró como á un pa- 
dre, y José anduvo muchos días caviloso y 
taciturno. Pero al cabo, los preparativos de 
boda consiguieron secar las lágrimas de am- 
bos y ocupar exclusivamente su atención. 
Habían pensado casarse en los primeros 
días de Diciembre; mas no fué posible por 
algunas dificultades que el cura puso y nece- 
sitaron vencer; y también porque no hallaron 
casa. José no quería de modo alguno vivir 
con su madre, pues conociéndole el genio, 
sabía que Elisa iba á tener disgustos, por 
más que aquélla ya la amase entrañable- 
mente. Quedó aplazado el matrimonio para 
año nuevo. Los preliminares, tan sabrosos 
siempre para los enamorados, no lo fueron 
tanto en esta ocasión por las particulares 
circunstancias en que se hallaban y por la 
atmósfera de tristeza que pesaba sobre el 
pueblo. 

El tiempo vino tan recio y la desconfian- 
za de la marinería era tanta, que reunidos 
los patrones de las lanchas, acordaron velar 



JOSÉ 



todas las noches tres de ellos, para recono- 
cer atentamente el estado de la mar y del 
cielo, y en vista de sus observaciones, de- 
cidir si se había de llamar á la gente ó no. 
Además, como generalmente se salía antes 
de amanecer, se previno que la lancha que 
saliese primero ó fuese delante pusiese una 
luz en la proa, en caso de que hallase peli- 
groso el continuar, la cual serviría de señal 
á las otras para volverse al puerto. Dos no 
ches antes del suceso que vamos á narrar 
le tocó á José hacer la guardia con otros 
dos; vieron malo el cariz y no quisieron avi- 
sar. Pero como hacía ya algunos días que 
estaba la pesca parada y comenzaba á dejar- 
se sentir el hambre, algunos murmuraron en 
la taberna de esta determinación ; el día ha- 
bía mejorado un poco, aunque no mucho. 
Por la noche se quedaron de vela otros tres 
patrones, los cuales vacilaron mucho tiempo 
antes de dar al muchacho la orden de revol- 
ver, porque el semblante era feo y sucio 
como pocas veces; mas al fin la dieron, pen- 
sando en la miseria de la gente ó temiendo 
acaso las murmuraciones. 

José fué uno de los primeros que llegaron 
á la ribera. 

16 



242 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¡ Ave María, qué barbaridad! — exclamó, 
mirando al cielo. — ¡Vaya una noche que han 
escogido para salir á la marl 

Pero era demasiado prudente para alar- 
mar á sus compañeros, y demasiado bravo 
para negarse á salir. Se calló, y ayudado de 
sus compañeros botó al agua la lancha: co- 
mo estaba la más próxima, quedó á flote y 
aparejada la primera. En cuanto la compa- 
ña estuvo á bordo, comenzaron á bogar. 
Eran más hombres que en el verano, lo cual 
sucede siempre, tanto porque en el invierno 
la gente no se reparte en otras faenas, cuan- 
to porque á causa de las frecuentes calmas, 
es preciso que haya bastantes remos en las 
lanchas. En la de José iban catorce. 

Después que se hubieron apartado del 
puerto una milla, José dió la orden de izar 
vela. Las lanchas asturianas llevan siempre 
cinco, que son por orden de magnitud: la 
mayor, la cebadera, el trinquete, el borrique- 
te y la unción, las cuales se combinan diver- 
samente según la fuerza del viento: la un- 
ción, que es la más pequeña, lleva este nom- 
bre terrible, porque se iza sola cuando es- 
tán á punto de perecer. 

— ¿Qué izamos, José? — preguntó uno. 



JOSÉ 



243 



— Los trinquetes — respondió éste seca- 
mente. 

Los marineros pusieron la cebadera en el 
medio y el trinquete en la proa, pues tal era 
lo que la orden significaba. 

La noche estaba oscura, pero no encapo- 
tada; el cielo se mostraba despejado á ratos; 
las nubes negras y redondas corrían con ex- 
traña velocidad, lo cual manifestaba clara- 
mente que el viento soplaba huracanado 
arriba, por más que abajo no se hubiese aún 
dejado sentir con fuerza. Esto tenía suma- 
mente inquieto y preocupado á José, quien 
no apartaba la vista del cielo. Iban todos si- 
lenciosos y tristes; el frío les paralizaba las 
manos, y el temor, que no podían ocultar, 
la lengua; echaban también frecuentes mira- 
das al firmamento, por donde corrían cada 
vez con más furia las nubes; la mar estaba 
gruesa y sospechosa. 

Así caminaron un cuarto de hora, hasta 
que José rompió de súbito el silencio lan- 
zando una interjección. 

— ¡Esto es una porquería! ¡Hoy no 

salen á la mar, ni los perros! 

Tres ó cuatro marineros se apresuraron á 
decir: 



244 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Tienes razón. — Es un tiempo cochino. 
— Está bueno para los cerdos, no para los 
hombres. 

— Por nosotros, José — concluyó diciendo 
uno,— no sigas adelante... Si te parece, da la 
vuelta... 

José no respondió : siguió callado unos 
minutos hasta que, levantándose de pronto, 
dice en tono resuelto: 

— Muchacho, enciende ese farol... A cam- 
biar. 

El rapaz encendió el farol, y lo "colocó en 
la proa con visible satisfacción. Los marine- 
ros ejecutaron la maniobra, satisfechos tam- 
bién, aunque sin mostrarlo. 

La lancha comenzó á navegar orzada ha- 
cia Rodillero. Al instante vieron encendidas, 
allá á lo lejos, unas después de otras, las lu- 
ces de todas las lanchas. Esto significaba que 
todas habían visto la señal y se volvían al 
puerto. 

— ¡Si no podía menos! — dijo uno. 
— ¡Quién va con ganas á la mar hoy!— dijo 
otro. 

— Pero esos borricos de Nicolás y Tori 
bio, ¿por qué mandaron revolver? 

Se les había desatado la lengua á todos. 



JOSÉ 



245 



Mas después de caminar un rato hablando, 
observó José por sotavento el bulto de una 
lancha que pasaba no muy lejos de la suya, 
sin luz en la proa. 

— Alto, muchachos — dijo. — ¿Qué diablos 
es esto? ¿A dónde va esa lancha? 

— Pregunta. 

El patrón se puso en pie y haciendo con 
las manos una bocina, gritó: 
— ¡Ah de la lancha! 

— ¿Qué quieres, José? — contestó el de la 
otra, que le conoció por la voz. 

— ¿A dónde vas, Hermenegildo? — pre- 
guntó José, que también le había cono- 
cido. 

— A la playa — repuso el otro acercándo- 
se cuanto pudo. 

— ¿Pero no habéis encendido los faroles 
después que yo lo puse? 

— Sí, pero conozco muy bien á este pue- 
blo: te habrán enseñado los faroles, sin ha- 
cer maldito el caso... ¿Cuánto me apuestas 
á que todos los barcos amanecen hoy en la 
playa? 

— ¡Malditos envidiosos! — exclamó José 
por lo bajo; y dirigiéndose á la tripulación: 
— A cambiar otra vez... El día menos pensa- 



246 



ARMANDO PALACIO VALDES 



do va á haber una desgracia por estas cica- 
terías... 

Los marineros ejecutaron la maniobra de 
mal humor. 

— ¿No te dije muchas veces, José — apun- 
tó Bernardo, — que en este pueblo cualquie- 
ra se queda tuerto porque el vecino ciegue? 

El patrón no contestó. 

— Lo gracioso es — observó otro — que 
esos babiecas piensan que van á engañarse, 
cuando aquí al que más y al que menos, le 
duelen los ríñones de saber con qué bue- 
yes ara. 

— La risa será cuando nos veamos todos, 
así que amanezca — añadió un tercero.. 

— Ya veréis si cualquier día sucede algo 
— dijo otra vez José, — cómo no ha de faltar 
á quien echar la culpa. 

— Eso siempre — repuso Bernardo con 
gravedad cómica. 

Después de estas palabras reinó silencio 
en la lancha. Los marineros contemplaban 
taciturnos el horizonte: el patrón observaba 
cuidadosamente el cariz y se mostraba cada 
vez más inquieto, apesar de que hubo un 
instante en que el cielo apareció despejado 
casi por entero. Pero no tardó en cubrirse 



JOSÉ 



247 



de nuevo. Sin embargo, el viento no sopla- 
ba duro sino arriba: hacia el amanecer tam- 
bién aquí se calmó. La aurora fué triste y 
sucia como pocas: la luz se filtraba con enor- 
me trabajo por una triple capa de nubes. 

Cuando llegaron á la playa, vieron en efec- 
to á casi todas las lanchas de Rodillero que 
ya habían echado al agua las cuerdas y 
pescaban no muy lejos unas de otras. Hicie- 
ron ellos otro tanto después de arriar las 
velas, y metieron á bordo durante dos ho- 
ras algunos besugos; no muchos. A eso de 
las diez se ennegreció más el cielo y cayó 
un chubasco que arrastró consigo un poco 
de viento: á la media hora vino otro y el 
viento sopló más fuerte. Entonces algunas 
lanchas recogieron los aparejos, é izaron ve- 
la poniendo la proa á tierra: las demás, unas 
primeroy otras después, siguieron el ejemplo. 

— Para este viaje no necesitábamos alfor- 
jas — dijo un compañero de José, amarrando 
de mal humor el puño del borriquete á la 
proa. 

Estaban á unas diez ó doce leguas de la 
costa. Antes de haberse acercado dos millas 
á ella, vieron que el cielo se ennegrecía fuer- 
temente hacia el Oeste: fué tal la negrura, 



2 4 8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



que los marineros se miraron unos á otros 
despavoridos. 

— ¡Madre del alma, lo que allí vienel — ex- 
clamó uno. 

José había mandado desde el principio, 
por precaución, izar los borriquetes, esto es, 
el trinquete en el medio y el borriquete á 
proa. Miró fijamente al Oeste: la negrura se 
iba acercando rápidamente. Cuando sintió en 
el rostro el fresco que precede al chubasco, 
se puso en pie gritando: 

— ¡Arriar en banda escotas y drizas! 

Los marineros, sin darse cuenta tan cabal 
del peligro, se apresuraron, no obstante, á 
obedecer. Las velas cayeron pesadamente 
sobre los bancos: y fué bien á punto, porque 
una ráfaga violentísima cruzó silbando por 
los palos y empujó con fuerza el casco de la 
embarcación. Los marineros dirigieron una 
mirada á José, que era un voto de gracias y 
confianza. 

— ¡Cómo has olido el trallazo recondena- 
do! — dijo uno. 

Pero al dirigir la vista al mar, observaron 
que una de las lanchas había zozobrado: 
otra vez volvieron los rostros á José, pálidos 
como difuntos. 



JOSÉ 



249 



— ¿Has visto, José? — le preguntó uno con 
voz ronca y temblorosa. 

El patrón cerró los ojos en señal de afir- 
mación. Pero el rapaz que estaba á proa, al 
enterarse de lo que había ocurrido, comenzó 
á lamentarse á voces. 

— ¡Ay Virgen Santísima! ¿qué va á ser de 
nosotros? ¡ Madre mía! ¿qué va á ser de 
nosotros? 

José, encarándose con él, los ojos cen- 
telleantes de cólera, gritó: 

— ¡Silencio, cochino, ó te echo al agua 
ahora mismol 

El chiquillo, asustado, se calló. 

— Traed el borriquete al medio y la unción 
á proa — ordenó después. 

Así se hizo rápidamente: José arribó cuan- 
to pudo, teniendo cuidado de no perder la 
línea de Rodillero: la lancha comenzó á na- 
vegar con extraordinaria velocidad, porque 
el viento soplaba impetuoso y cada vez más 
recio. No se pasaron muchos minutos sin 
que se levantase una formidable marejada ó 
mar del viento, que les impidió ver el rum- 
bo de las otras lanchas: á intervalos cortos 
llovía copiosamente. La salsa les incomodaba 
bastante y fué necesario que varios hombres 



250 



ARMANDO PALACIO VALDES 



se empleasen constantemente en achicar el 
agua; pero José atendía más al viento que á 
ésta: soplaba tan desigual y traidoramente, 
que al menor descuido estaba seguro de zo- 
zobrar: otras dos veces se vió precisado á 
arriar de golpe las velas para eludir la ca- 
tástrofe. Ultimamente, viendo la imposibili- 
dad de navegar con dos velas, mandó izar 
sola la unción. Los marineros le miraban cons- 
ternados: á varios de ellos les temblaban las 
manos al ejecutar la maniobra. 

— Hay que arribar del todo — dijo José, 
con la voz ronca ya por los gritos que había 
dado. — No podemos entrar en Rodillero. 
Entraremos en Sarrio. 

— Me parece que ni en Sarrio tampoco — 
repuso un viejo por lo bajo. 

— Nada de amilanarse, muchachos: ¡áni- 
mo, que esto no es nada! — replicó el patrón 
con energía. 

Desde el momento en que se resignaron á 
no entrar en Rodillero y pusieron la popa al 
viento, éste ya no dió cuidado, máxime lle- 
vando tan poquísimo trapo. Pero el mar co- 
menzaba á inspirar mucho miedo: la mare- 
jada, ayudada de la mar gruesa de la noche, 
se había convertido en verdadera mar de 



JOSÉ 



251 



fondo, terrible é imponente. Los golpes que 
recibían por la popa eran tan fuertes y con- 
tinuados, que al fin hubo necesidad de orzar 
un poco, presentando el costado á las olas: 
de otra suerte corrían peligro inminente de 
que la lancha se anegase: así y todo, muchos 
de ellos no cesaban de achicar agua. El mo- 
vimiento de ésta seguía aumentando; las 
olas eran cada vez más altas; la lancha des- 
aparecía debajo de ellas y por milagro vol- 
vía á salir. Uno de los golpes les llevó el 
timón: José tomó apresuradamente el que 
tenía de reserva; pero al engancharlo, otro 
golpe se lo arrancó de las manos y metió 
dos ó tres pipas de agua á bordo. 

El rapaz volvió á exclamar sollozando: 
— ¡Ay, madre de mi alma, estamos per- 
didos! 

José le arrojó la caña del timón, que ha- 
bía quedado sobre el banco, á la cabeza. 

— ¡Cállate, ladrón, ó te mato! 

Y viendo en los rostros de algunos com- 
pañeros señales de terror, les dijo echándo- 
les una mirada feroz: 

— | Al que me dé un grito, le retuerzo el 
pescuezo! 

Aquella ferocidad era necesaria: si el páni- 



252 



ARMANDO PALACIO VALDES 



co se apoderaba de la compaña y dejaba un 
instante de achicar, se iban á pique sin re- 
medio. 

Para sustituir al timón, puso un remo en 
la popa. Con las velas izadas, es de todo 
punto imposible gobernar con el remo; pero 
como no llevaban más que la unción, pudo, 
á costa de grandes esfuerzos, sujetar la lan- 
cha. Cada golpe que recibían, metía una can- 
tidad extraordinaria de agua á bordo; y 
apesar de que un hombre, trabajando bien, 
puede achicar con el balde una pipa en ocho 
ó diez minutos, era imposible echarla toda 
fuera; les llegaba casi siempre cerca de la ro- 
dilla. José no cesaba un momento de gritar, 
con la poca voz que le quedaba : 

— ¡Achicar, muchachos, achicarl ¡Animo, 
muchachos!... ¡achicar, achicarl 

Una oleada llevó la boina á Bernardo. 

— ¡Anda — dijo éste con rabia, — que pron- 
to irá la cabeza! 

La situación era angustiosa: aunque pro- 
curaban disimularlo, el terror se había apo- 
derado de todos igualmente. Entonces José, 
viendo que las fuerzas les iban á faltar muy 
pronto, les dijo: 

— Muchachos, estamos corriendo un tem- 



JOSÉ 



253 



poral deshecho; ¿queréis que acudamos al 
Santo Cristo de Rodillero para que nos saque 
de él? 

—Sí, José — contestaron todos con una 
precipitación que mostraba la congoja de su 
espíritu. 

— Pues bien; le ofreceremos ir descalzos 
á oír una misa, si queréis... Pero es menester 
que esto sirva para darnos valor... Nada de 
asustarse. \ Animo y achicar, achicar, mucha- 
chos! 

La oferta les dió confianza y siguieron 
trabajando con fe; de tal modo, que en pocos 
minutos echaron la mayor parte del agua 
fuera y la lancha quedó desahogada. José 
observó que el palo del medio les estor- 
baba. 

— Vamos á desarbolar del medio — dijo, y 
él mismo se abalanzó á poner las manos en 
el mástil. 

Pero en aquel instante vieron con espanto 
venir hacia ellos una ola inmensa, alta como 
una montaña y negra como una cueva. 

— ¡José, ya no hay comedia! — exclamó 
Bernardo resignado á morir. 

El golpe fué tan rudo , que hizo caer 
de bruces á José, batiéndolo contra los ban- 



254 



ARMANDO PALACIO VALDES 



eos: la lancha quedó inundada, casi entre 
aguas. Pero aquél, aunque aturdido, se alzó 
bravamente gritando: 

— ¡Achicar, achicar! Esto no es nada. 



XVI 



UÉ pasaba en Rodillero? 

Las pocas lanchas que habían 
obedecido á la señal de José, re- 
gresaron al puerto antes del ama- 
necer: sus tripulantes quedaron corridos y 
pesarosos al ver que tan ruinmente se les 
había engañado; mucho más con la matraca 
que las mujeres les dieron en casa. 

— ¡Siempre habías de ser tú el tonto! 
¿Cuándo acabarás de saber con quién tratas, 
hombre de Dios? ¡Ya verás qué marea hoy,., 
ya lo verás 1 

Ellos callaban, según su costumbre, re- 
conociendo la verdad que las asistía, y ha- 




256 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ciendo juramento interior de no caer otra 
vez en el lazo. 

Pero al entrar el día se modificó un poco 
la opinión: era tan triste el aspecto del mar, 
y el cariz tan feo, que ya no les pesó mucho 
de la holganza. Cuando envuelto en un chu- 
basco se sintió en el pueblo el primer ra- 
malazo del Noroeste, algunos se volvieron á 
sus esposas sonriendo: 

— ¿Qué te parece? ¿Te gustaría que an- 
duviese por la mar ahora, verdad? 

Les tocó entonces callar á ellas. El se- 
gundo ramalazo, mucho más fuerte que el 
primero, puso en conmoción al vecindario. 
Acudieron hombres y mujeres á la ribera, y 
desde allí, á despecho del agua que caía á 
torrentes, subieron á San Esteban. El miedo 
y la zozobra se pintó tan pronto en todos 
los semblantes, que advertía bien claramente 
del desasosiego supersticioso que había reina- 
do en el lugar todo el invierno. Las mu- 
jeres miraban con el rabillo del ojo á los ma- 
rineros viejos: estos torcían el hocico. Al- 
gunas se arrojaban á preguntar: 

— ¿Hay cuidado, tío Pepe? 

El tío Pepe, sin apartar los ojos del ho- 
rizonte, contestaba: 



JOSÉ 



257 



— Muy bueno no está... Pero la mar no 
dijo todavía «aquí estoy.» 

Lo dijo, sin embargo, más pronto de lo 
que se pensaba. La tormenta vino repentina, 
furiosa; la mar se revolvió en un instante de 
modo formidable, y comenzó á romper en 
los Huesos de San Pedro, que era el bajo 
más cercano á la costa: al poco tiempo rom- 
pió también en el Cobanín, que era el más 
próximo por el otro lado de la ensenada. La 
muchedumbre que coronaba el monte de San 
Esteban contempló con pavor los progresos 
de la borrasca: algunas mujeres comenzaron 
á llorar. 

Sin embargo, no había aún motivos para 
afligirse, al decir de los prácticos; el puerto 
se hallaba enteramente libre; con tal que no 
zozobrasen (y esto era cuenta de ellos, pues 
estaba en su mano el evitarlo), podían entrar 
sin peligro en Rodillero. Alguno apuntó: 

— ¿Y los golpes de mar? ¿Tendrán tiempo 
á achicar el agua? 

— ¡Vaya si hay tiempo!... ¡Pero no parece 
más que no hemos visto mares hasta ahora! 
No hay pueblo como este para alborotarse 
por nada — dijo un marinero bilioso. 

La energía con que pronunció estas pala- 

17 



2 5 8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



bras hizo callar á los pesimistas y tranquili- 
zó un poco á las mujeres. Desgraciadamente, 
duró poco su triunfo: á los pocos minutos 
la mar rompía en el Torno, otro délos bajos 
de la barra. 

Cerca de la capilla de San Esteban había 
una casucha que habitaba un labrador en- 
cargado por el gremio de mareantes, me- 
diante un cortísimo estipendio anual, de en- 
cender las hogueras que servían de señal en 
los días ó noches de peligro. Este labrador, 
aunque se había embarcado pocas veces, co- 
nocía la mar como cualquier práctico. Des- 
pués de observarla con atención un buen 
rato y haber vacilado muchas veces, sacó de 
la corralada de su choza una carga de retama 
seca y tojo, la colocó en lo más alto del 
monte y la dio fuego. Era el primer aviso 
para los pescadores. 

Elisa, que se hallaba entre la muchedum- 
bre, cerca de su madrina, al ver la hoguera 
sintió que el corazón se le apretaba; acordó- 
se de la terrible maldición de la sacristana, y 
todos los presentimientos tristes y terrores 
supersticiosos que dormían en su alma, des- 
pertaron de golpe. Procuró, no obstante, re- 
primirse, por vergüenza, pero comenzó á 



JOSÉ 



259 



recorrer los grupos escuchando con mal di- 
simulada ansiedad los pareceres de los ma- 
rineros: cada frase la dejaba yerta. 

Entre las gentes se hablaba poco y se mi- 
raba mucho; el viento les azotaba la cara 
con las últimas gotas del chubasco. La mar 
crecía rápidamente: después de romper en 
los Huesos de San Pedro, en el Cobanín y 
en el Tomo, rompió también en otro bajo 
más separado de la costa. 

— ¡Rompió en la Furadal... Manuel, pue- 
des encender otra hoguera — exclamó un 
marinero. 

Manuel corrió á casa de nuevo, trajo otra 
carga de tojo y la encendió cerca de la pri- 
mera. Esto era señal de peligro inminente: 
si los que estaban en la mar no se daban 
prisa á meterse en el puerto, se exponían á 
que se les cerrase pronto. 

— ¿Se ve alguna lancha, Rafael? — pregun- 
tó una joven, por cuyas mejillas rodaban 
dos gruesas lágrimas. 

— Por ahora no; la salsa nos quita mu- 
cho la vista. 

Ni una vela parecía en el horizonte: el 
afán, la angustia embargaban de tal modo á 
los espectadores, que se pasaban algunos 



26o ARMANDO PALACIO VALDES 



minutos sin que una voz se alzase entre 
ellos: todos tenían la vista clavada en el Ca- 
rrero, un corto espacio que la barra de Ro- 
dillero tenía libre, y por donde las lanchas 
entraban á seguro cuando la mar estaba pi- 
cada. Elisa sentía algunas gotas de sudor 
frío en la frente, y se agarraba fuertemente 
á su madrina para no caerse. 

Así trascurrió un cuarto de hora. De 
pronto de aquella muchedumbre salió un 
grito, un lamento más débil pero más triste 
que los rumores del Océano. Una ola aca- 
baba de romper en el Carrero. La barra no 
era ya más que una franja espumosa: el 
puerto estaba cerrado. 

Manuel, pálido, silencioso, fué á buscar 
una nueva carga y la encendió al lado de las 
otras dos. La lluvia había cesado entera- 
mente y las hogueras ardían animadas por 
el viento. 

Elisa, al escuchar aquel grito, se estre- 
meció , y por un movimiento irresistible se- 
mejante á inspiración, se alejó corriendo 
de aquella escena, bajó á saltos el sende- 
ro de los pinos, atravesó el pueblo soli- 
tario, subió la calzada de la iglesia y lle- 
gó desalada y jadeante á sus puertas. Se 



JOSÉ 



26l 



detuvo un instante á tomar aliento; después 
hizo la señal de la cruz, dobló las rodillas y 
sobre ellas entró caminando por la nave del 
templo hasta el altar mayor; pero en vez de 
parar allí torció á la derecha y comenzó á 
subir penosamente la escalera de caracol 
que conducía al camarín del Cristo. Era la 
escalera de la penitencia y sus peldaños de 
piedra estaban gastados ya por las rodillas 
de los devotos; las de Elisa cuando llegó 
arriba chorreaban sangre. 

El camarín era una pieza oscura, tapiza- 
da de retratos y ofrendas, con una ventana 
enrejada, abierta sobre la iglesia, por donde 
los fieles veían la veneranda imagen los días 
que se oficiaba en su altar. El Santo Cristo 
se hallaba, como de ordinario, tapado por 
una cortina de terciopelo: Elisa corrió con 
mano trémula esta cortina y se prosternó. 
Poco rato después, unas tras otras, fueron 
entrando en la estancia muchas mujeres y 
prosternándose igualmente en silencio. Al- 
gún sollozo, imposible de reprimir, turbaba 
de vez en cuando el misterio y la majestad 
del adoratorio. 

Por la tarde aplacó un poco la mar, y gra- 
cias á esto pudo, aunque con peligro, en- 



2Ó2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



trar un grupo numeroso de lanchas en Ro- 
dillero: más tarde entraron otras cuantas, 
pero al cerrar la noche faltaban cinco: una 
de ellas era la de José. Los marineros, que 
sabían á qué atenerse acerca de su suerte, 
porque habían visto perecer alguna, no se 
atrevían á decir palabra y contestaban con 
evasivas á las infinitas preguntas que les di- 
rigían: ninguno sabía nada; ninguno había 
yisto nada. La ribera siguió llena de gente 
hasta las altas horas de la noche; pero según 
avanzaba ésta, iba creciendo el desaliento. 
Poco á poco también la ribera se fué despo- 
blando; sólo quedaron en ella las familias de 
los que aún estaban en la mar. Al fin éstas, 
perdida casi enteramente la esperanza, aban- 
donaron la playa y entraron en el pueblo 
con la muerte en el alma. 

¡Horrible noche aquella! Aún suenan en 
mis oídos los ayes desgarradores de las es- 
posas infelices, de los niños que llamaban á 
sus padres. El pueblo ofrecía un aspecto som- 
brío, espantoso: la gente discurría por la 
calle en grupos, formaba corros á la puerta 
de las casas; todos se hablaban á voces. Las 
tabernas estaban abiertas , y en ellas los 
hombres disputaban acaloradamente, echán- 



JOSÉ 



263 



dose unos á otros la culpa de la desgracia. 
De vez en cuando, una mujer desgreñada, 
convulsa, cruzaba por la calle lanzando gri- 
tos horrorosos que erizaban los cabellos. 
Dentro de las casas también sonaban gemi- 
dos y sollozos. 

A este primer momento de confusión y 
estrépito, sucedió otro de calma, más triste 
aún y más aciago^ si posible fuera. La gente 
se fué encerrando en sus viviendas, y el do. 
lor tomó un aspecto más resignado. ¡Dentro 
de aquellas pobres chozas, cuántas lagrimas 
se derramaron! En una de ellas, una pobre 
vieja, que tenía á sus dos hijos en la mar, 
lanzaba chillidos tan penetrantes, que las 
pocas personas que cruzaban por la calle se 
detenían horrorizadas á la puerta; en otra, 
una infeliz mujer que había perdido á su 
marido, sollozaba en un rincón, mientras dos 
criaturitas de tres ó cuatro años jugaban cer- 
ca comiendo avellanas. 

Cuando Dios amaneció, el pueblo parecía 
un cementerio. El cura hizo sonar las cam- 
panas llamando á la iglesia, y concertó, con 
los fieles que acudieron, celebrar al día si- 
guiente un funeral por el reposo de los que 
habían perecido. 



264 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Pero hacia el medio día corrió la voz, sin 
saber quién la trajera, de que algunas lan- 
chas de Rodillero habían arribado al puerto 
de Banzones, distante unas siete leguas. Tal 
noticia causó una emoción inmensa en el 
vecindario: la esperanza, muerta ya, renació 
de pronto en todos los corazones. Tornaron 
á reinar la confusión y el ruido en la calle; 
despacháronse propios veloces para que in- 
dagasen la verdad; los comentarios, las hi- 
pótesis que se hacían en los corrillos eran 
infinitos. El día y la noche se pasaron en 
una ansiedad y congoja lastimosas; las po- 
bres mujeres corrían de grupo en grupo, 
pálidas, llorosas, queriendo sorprender en 
las conversaciones de los hombres algo que 
las animase. 

Por fin, á las doce llegó la nueva de que 
eran dos lanchas solamente las que habían 
arribado á Banzones. ¿Cuáles? Los propios 
no lo sabían ó no querían decirlo. Sin em- 
bargo, al poco rato comenzó á cundir secre- 
tamente la noticia de que una de ellas era 
la de José, y otra la de Toribio. 

Allá, á la tarde, un muchacho llegó desa- 
lado, cubierto de sudor y sin gorra. 

— ¡Ahí están, ahí están! 



JOSÉ 



265 



— ¿Quiénes?, 

— ¡Muchos, muchos! ¡Vienen muchos! — 
acertó á decir con trabajo, pues le faltaba 
respiración. — Estarán ahora en Antromero. 

Entonces se operó una revolución indes 
criptible en el pueblo: los vecinos todos, sin 
exceptuar uno, salieron de sus casas, se agi- 
taron en la calle breves instantes con es- 
truendo, y formando una masa compacta, 
abandonaron presurosos el lugar. Aquella 
masa siguió el camino de Antromero, orillas 
de la mar, en un estado de agitación y an- 
gustia que es difícil representarse. Los hom- 
bres charlaban, haciendo cálculos acerca del 
modo que habrían tenido sus compañeros de 
salvarse: las mujeres iban en silencio arras- 
trando á los niños que se quejaban en vano 
de cansancio. Después de caminar media le- 
gua, en cierto paraje descubierto, alcanza- 
ron á ver á lo lejos un grupo de marineros 
que hacia, ellos venían con los remos al 
hombro. Un clamor formidable salió de aque- 
lla muchedumbre. El grupo de los pescado- 
res respondió ¡hurra! agitando en el aire las 
boinas. Otro gritó de acá; otro en seguida 
de allá. De esta suerte se fueron acercando á 
toda prisa y muy pronto llegaron á tocarse. 



266 



ARMANDO PALACIO VALDES 



¡Escena gozosa y terrible á la vez! Al 
confundirse el grande y el pequeño gru- 
po, estallaron á un tiempo ayes de dolor 
y gritos de alegría. Las mujeres abrían 
los ojos desmesuradamente buscando á los 
suyos, y no hallándolos, rompían en ge- 
midos lastimeros y se dejaban caer al sue- 
lo retorciéndose los brazos con desespera- 
ción: otras, más afortunadas, al tropezar con 
el esposo de su alma, con el hijo de sus en- 
trañas, se arrojaban á ellos como fieras, y 
permanecían clavadas á su pecho sin que 
fuerza en el mundo fuera bastante á despe- 
garlas. Los pobres náufragos objeto de aque- 
lla calurosa acogida, sonreían queriendo 
ocultar su emoción, pero las lágrimas les res- 
balaban, á su pesar, por las mejillas. 

Elisa, que iba entre la muchedumbre, al 
ver á José, sintió en la garganta un nudo tan 
estrecho, que gensó ahogarse: llevóse las ma- 
nos al rostro y rompió á sollozar procurando 
no hacer ruido. El marinero sintióse sujeto, 
casi asfixiado por los brazos de su madre: 
mas por encima del hombro de ésta, buscó 
con afán á su prometida. Elisa levantó el ros- 
tro hacia él y sus ojos se encontraron y se 
besaron. 



V 



JOSÉ 267 



Pasado el primer momento de expansión, 
aquella masa de gente tornó á paso lento 
hacia el pueblo. Cada uno de los náufragos 
vióse rodeado inmediatamente por un grupo 
de compañeros, los cuales se enteraban por 
menudo y con interés de las peripecias -de 
la jornada: sus mujeres iban detrás; algunas 
veces para cerciorarse de que los tenían vi- 
vos les llamaban por su nombre, y al volver 
ellos el rostro no tenían que decirles. 

Aquella misma tarde se convino dar gra- 
cias á Dios al día siguiente con una solemne 
fiesta. Resultó que casi todos los marineros 
salvados habían ofrecido lo mismo, oír misa 
descalzos en el altar del Cristo: era una 
oferta muy común en Rodillero en los mo- 
mentos de peligro y que venía de padres á 
hijos. Y en efecto, ¿fia mañana siguiente se 
reunieron en la ribera, y desde allí, cada com- 
paña con su patrón á la cabeza, se encami- 
naron lentamente hacia la iglesia descalzos 
todos y con la cabeza descubierta. Marcha- 
ban, graves, callados, pintada en sus ojos 
serenos la fe sencilla y ardiente á la vez 
del que no conoce de esta vida más que las 
amarguras. Detrás marchaban las mujeres, 
los niños y los pocos señores que había en 



268 



ARMANDO PALACIO VALDES 



el pueblo, silenciosos también, embargados 
por la emoción al ver á aquellos hombres tan 
fuertes y tan ásperos humillarse como débi- 
les criaturas. Las viudas, los huérfanos de 
los que habían quedado en la mar iban tam- 
bién allí á rogar por el descanso de los su- 
yos: se habían puesto un pañuelo, un delan- 
tal, una boina, cualquier prenda de color ne- 
gro que les fué posible adquirir en el mo- 
mento. 

Y en la pequeña iglesia de Rodillero el 
milagroso Cristo les aguardaba pendiente de 
la cruz, con los brazos abiertos. Él era tam- 
bién un pobre náufrago, libertado de las aguas 
por la piedad de unos pescadores; había pro- 
bado como ellos la tristeza y la soledad del 
océano y el amargor de sus olas. Doblaron 
la rodilla y hundieron la cabeza en el pecho, 
mientras la boca murmuraba plegarias apren- 
didas en la niñez, nunca pronunciadas con 
más fervor. Los cirios de que estaba rodea- 
da la sacrosanta imagen chisporroteaban 
tristemente; de la muchedumbre salía un 
murmullo levísimo. La voz cascada y tem- 
blorosa del sacerdote que oficiaba rompía 
de vez en cuando el silencio majestuoso del 
templo. 



JOSÉ 



269 



Al concluirse el oficio, Elisa y José se en- 
contraron en el pórtico de la iglesia y se di- 
rigieron una tierna sonrisa; y con ese egoís- 
mo inocente y perdonable que caracteriza al 
amor, olvidaron en un punto toda la tristeza 
que en torno suyo reinaba, y en viva y alegre 
plática bajaron emparejados la calzada del 
pueblo, dejando señalado, antes de llegar á 
casa, el día de su boda. 



FIN 



/ 



ÜNIVERSITY OF TORONTO 
LIBRARY 





1